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“La ciudad es el mejor invento de la humanidad”

Fernando González Gortázar no cree en la división de áreas entre las artes, forman un continuo: la música se vincula con la danza, la danza con el teatro, el teatro con la escenografía, la escenografía con la arquitectura, la arquitectura con escultura, la escultura con la pintura, la pintura con la música

Como un deudor "eterno" e "impagable" de la cultura popular mexicana se describe Fernando González Gortázar, que nació hace 70 años en la ciudad de México. En la imagen, su obra "Gran espiga". Cortesía Fernando González Gortázar

"No creo en la división de áreas entre las artes, forman un continuo", expresa el arquitecto. En la imagen, su obra "Cementerio del sur". Cortesía Fernando González Gortázar

"Estoy convencido de que entre ser un buen arquitecto y tener trabajo como arquitecto no hay relación alguna. Son dos profesiones distintas para las que se necesitan distintas cualidades", confiesa Gortázar. En la imagen, el Centro de Seguridad Pública. Cortesía Fernando González Gortázar

La ciudad es el mejor invento de la humanidad, el más inagotable, el más rico, el más inacabable, el más diverso, es aquel en donde el tiempo y el azar se convierten en factores de composición, dice el creador de "La Gran Puerta" (en la imagen). Cortesía Fernando González Gortázar

El autor de "Parque González Gallo" (en la imagen) expresa: "La arquitectura es una maravilla como objeto de creación artística, como objeto de reflexión intelectual, como medio de vinculación del autor con una sociedad a la que sirve". Cortesía Fernando González Gortázar

"No me engaño acerca de los estragos de la edad, pero me siento en un excelente momento creativo, más libre y más capaz de ser feliz que nunca antes" concluye el autor de La Torre de los Cubos (en la imagen). Cortesía Fernando González Gortázar

“La ciudad es el mejor invento de la humanidad”

RECONOCIMIENTO. El arquitecto, escultor y urbanista fue distinguido con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de Bellas Artes. (Foto: TANYA GUERRERO EL UNIVERSAL )

Domingo 16 de diciembre de 2012 Sonia Sierra | El Universal
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ssierra@eluniversal.com.mx 

Fernando González Gortázar no separa la arquitectura de la escultura; no concibe la estética sin ética, tampoco la arquitectura sin la naturaleza, la ciudad sin la jardinería ni la escultura sin música:

“No sé de qué manera, pero no me cabe duda de que José Alfredo Jiménez y el Trío Calaveras están en mi trabajo”.

Como un deudor “eterno” e “impagable” de la cultura popular mexicana se describe este hombre que nació hace 70 años en la ciudad de México, pero que creció y se siente de Guadalajara, que es poeta aunque no ha publicado, que vive rodeado de plantas de diversos ambientes y climas, al igual que de obras de arte de distintas generaciones, que celebra que este año que comenzó terrible terminara mejor con la noticia del Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de las Bellas Artes.

¿Existe una imagen, un recuerdo, que determinara su vocación?

Yo nací en una casa construida por Luis Barragán; pasaba mis vacaciones de niño tapatío en otra casa construida parcialmente por Barragán, mi casa en Guadalajara era un proyecto de un compañero de Barragán, Pedro Castellanos; frecuentaba mucho el Hospicio Cabañas, una de las obras maestras de la Colonia en el continente americano, y además había un cierto contacto con artistas de otras disciplinas. Pero soy poco original: fuimos tres hermanos arquitectos.

Siempre ha abrevado de otros artes, por así decirlo...

Tuve contacto con la gran arquitectura mexicana, con el arte culto y popular sin el cual no sería lo que soy. No creo en la división de áreas entre las artes, forman un continuo: la música se vincula con la danza, la danza con el teatro, el teatro con la escenografía, la escenografía con la arquitectura, la arquitectura con escultura, la escultura con la pintura, la pintura con la música. No creo en las divisiones escolásticas entre disciplinas. México tuvo excelentes, aunque no muy abundantes, ejemplos de trabajos conjuntos.

¿En qué trabaja actualmente?

Trabajo un proyecto iniciado hace más de 20 años en Nuevo León, en San Pedro Garza García, un proyecto en el que ahora, como hace 20 y 10 años, ha habido una insurrección. La gente es reacia al principio a cualquier modificación de su rutina visual, de su casa urbana; de acuerdo con mi experiencia esto cambia luego, la gente termina por apropiarse de estos trabajos, por convertirlos en algo anónimo, que está allí como los cerros, como las nubes o los árboles, y que dejan de tener autor y se vuelven como buena parte de la música popular: de dominio público. Ese anonimato es el más alto premio al que puede aspirar cualquier arquitecto-artista urbano. No sé qué desenlace vaya a tener lo que está ocurriendo en San Pedro sólo sé que la considero la mejor de mis obras: en la que he podido llevar más lejos cosas que me han inquietado desde el inicio de mi vida profesional.

¿Cuáles son esas cosas?

La relación de las formas con el movimiento del espectador, la integración a un paisaje natural y urbano -o mejor dicho natural y construido-; la escala, el paisajismo, el rescate ecológico, la arquitectura química pura, la escultura urbana. He intentado, y sigo haciéndolo, aprender mi oficio, y la parte más difícil de la vida profesional es obtener oportunidades de trabajo. Soy un arquitecto que ha realizado poco. Existen varios libros sobre mi trabajo y 90% son proyectos que se quedaron en papel o maqueta.

Las razones por las que no se llevaron a cabo las conozco bien: son obras raras, a la gente le parece perfectamente un desperdicio gastar en ellas; y la experiencia ha sido la misma en México, Japón, España. Pero a final de cuentas los críticos acaban por ser sus acérrimos defensores. Conseguir que el público tome posesión de la ciudad, que la convierta en una prolongación de la sala de su casa, es a lo que debemos aspirar; se trata de que los ciudadanos se involucren con su ciudad.

¿Qué representa hoy hacer arquitectura en México?

Aunque no soy yo quien debe decirlo, estoy convencido de que entre ser un buen arquitecto y tener trabajo como arquitecto no hay relación alguna. Son dos profesiones distintas para las que se necesitan distintas cualidades, vocación e intereses. La arquitectura es una maravilla como objeto de creación artística, como objeto de reflexión intelectual, como medio de vinculación del autor con una sociedad a la que sirve... el estar presente en la construcción en la cual el sueño va adquiriendo cuerpo y convirtiéndose en realidad tangible es emocionantísimo. Y, sin embargo, el ejercicio cotidiano de la profesión es, frecuentemente, una pesadilla y también, frecuentemente, una experiencia humillante. Infinidad de arquitectos dedican un porcentaje altísimo de su tiempo a las relaciones públicas, a hacer invitación a los clientes potenciales a jugar golf, a comer, porque desde luego tiene esta parte peyorativa, afortunadamente no universal, pero sí muy generalizada, de ser una actividad para élites, de ser una profesión burguesa. Y yo nunca he hecho eso ni lo haré.

Quienes por vocación y convicción trajabamos con el arte urbano tenemos inevitablemente que tratar con el poder público, y cuando, como es mi caso, se es crítico del poder público, se mantiene su posición independiente y el derecho a disentir... pues cada que uno abre la boca aleja las posibilidades de trabajo. Una de las pocas cosas que me gustan de mí es que nunca he dicho y hecho lo que me ha convenido sino lo que he creído. Y el que la hace la paga y he estado dispuesto a pagar el precio.

¿Qué le deja todo esto?

Estoy acostumbrado a reacciones furiosas en contra de mi obra y a estas dificultades para compaginar la independencia con la necesidad de trabajar públicamente. Estoy acostumbrado, pero eso no me quita el dolor. Estoy cansado, lo confieso; cansado de ser golpeado de manera injusta. En Guadalajara, mi ciudad, hace más de 25 años que no construyo nada.

¿Cómo llega a los 70 años?

No me engaño acerca de los estragos de la edad, pero me siento en un excelente momento creativo, más libre y más capaz de ser feliz que nunca antes. Me está ocurriendo una paradoja desventurada: cuando tenía 40 años, sentía que había vivido lo suficiente y, conforme la muerte se acerca, menos ganas tengo de ella. Nunca he tenido un enorme apego a la vida, quizá por eso me he empeñado en hacer tantas cosas, quizá por ello me he empeñado en vivir a fondo cada momento y con toda intensidad. Me gusta mucho y me parece terrible aquella frase de María Grever que dice: ‘El beso que negaste ya no lo puedes dar’. Sigo viendo, e incluso con mayor vehemencia, la vida como una aventura, como un riesgo que hay que correr, soy un viajero empedernido y este ha sido uno de los aspectos más afortunados de mi vida, he estado en más de 70 países, pero mi verdadera pasión o adicción es África, conozco bien 19 países africanos. México es otra de mis obsesiones centrales. Me considero un deudor eterno de su cultura popular.

¿Como describe la ciudad hoy?

La ciudad es el mejor invento de la humanidad, el más inagotable, el más rico, el más inacabable, el más diverso, es aquel en donde el tiempo y el azar se convierten en factores de composición, es la obra colectiva en la que deberían estar presentes todos los grupos culturales que han pasado por ella. Es lo más original, lo más extravagante, lo más radical que los seres humanos que hemos hecho, y cuando las vemos convertidas en las capitales de la injusticia social, de las deformaciones políticas, de la especulación mercantil, nos damos cuenta de que pudiendo vivir en el portento vivimos en el horror. No se trata sólo de una cuestión de estética, hay algo moral que es lo que falla en el fondo; no es lo mismo la Catedral para el turista que llega con su cámara colgando del cuello, que para la señora que pide limosna en la puerta, hay una parte que subleva a nuestra conciencia ética, una falla esencial en el sentido de la solidaridad humana, digamos que todos los fracasos del régimen, todas las incapacidades de soñar tiempos mejores y más justos tienen en la ciudad su ejemplo más crudo y más cruel. En África se puede ver gente que se está muriendo de hambre, pero que no pierde su dignidad; en la ciudad la gente que se está muriendo de hambre pierde cualquier dignidad y esperanza. La miseria es algo tan destructor, tan inaceptable, y la vemos como algo natural. Desprovisto de cualquier connotación religiosa, digo que, en el fondo, lo que se pone a prueba cuando uno hace arquitectura es su capacidad de amar al prójimo. Si eso no es la arquitectura, entonces no es nada.



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