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La lucha diaria de los niños de la calle

Aprenden a sobrevivir por sí mismos, pero sin dejar de relacionarse con otras personas y el resto del mundo
La lucha diaria de los niños de la calle

RED SOCIAL. Aprenden a sobrevivir por sí mismos, pero sin dejar de relacionarse con otras personas y el mundo. (Foto: ARCHIVO EL UNIVERSAL )

Jueves 05 de enero de 2012 El Universal
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De acuerdo con Víctor Inzúa, antropólogo social e investigador de la Escuela Nacional de Trabajo Social de la UNAM, para sobrevivir en la ciudad de México, los niños de la calle tienen que pertenecer a una red social, ya que ésta posibilita su arraigo, su identidad y la obtención de satisfactores.

“Una red social es también una alternativa para enfrentar la soledad, el frío y la inseguridad, y un recurso para satisfacer necesidades individuales, emocionales”, dice.

En la calle, que ejerce una atracción porque supone la evasión de la problemática familiar, esos niños van adoptando un modo adulto de vida. Aprenden a sobrevivir por sí mismos, pero sin dejar de relacionarse con otras personas y el mundo.

Un elemento clave, ligado a la calle, es el trabajo. Algunos de esos niños tienen que trabajar para comer. Sin embargo, lo que finalmente está debajo del trabajo y se puede tejer es la red social.

“Formar parte de una red social no sólo les proporciona el apoyo del grupo, de sus iguales, sino también los empuja a mostrar cierto compromiso con metas mayores que sus propias necesidades”, indica Inzúa.

Dos casos

En su estudio (en proceso) Redes sociales como una forma de sobrevivencia en niños de la calle de la ciudad de México, el investigador universitario examina dos casos.

Uno es el de siete niños que trabajan entre las avenidas Miguel Ángel de Quevedo y Pacífico, en Coyoacán, limpiando parabrisas y/o vendiendo cigarros; el otro es el de 14 niños que viven entre Taxqueña y avenida Tlalpan, y que se dedican a la mandicidad o a la venta de chicles (algunos ya son adictos a drogas).

Sus edades varían: de los ocho a los 12 años, incluso hay varios adolescentes. Con los niños de Taxqueña-avenida Tlalpan (que fueron desplazados hace tiempo de la colonia Guerrero) conviven niñas, incluso mamás y un bebé de la calle.

Este grupo se caracteriza por los lazos íntimos, cálidos, cargados de emociones, que se establecen entre todos sus miembros.

Los ingresos de los de las avenidas Miguel Ángel de Quevedo y Pacífico oscilan entre los 150 y los 250 pesos, en promedio, por niño. Pero si a alguno le va mal (por ejemplo, no puede trabajar como limpiaparabrisas porque está lloviendo), todos comparten lo ganado, lo conseguido, porque forman parte de una red de apoyo en la que se aceptan normas y valores.

“La confianza, la fraternidad y la solidaridad son elementos que les permiten enfrentarse a la vida en la calle. Hay un alto grado de solidaridad ante conatos de agresión, ya de automovilistas, de policías, de transeúntes, o ante otros riesgos, como enfrentarse a otros chavos que no les permiten trabajar en determinadas esquinas o a ‘adultos viciosos’ que se aprovechan de ellos”, señala Inzúa.

Al integrarse, a partir de un profundo sentido de solidaridad, a una red social, los pequeños de la calle reciben de sus amigos un sentimiento de seguridad, afecto y protección que reduce o elimina la ansiedad surgida como consecuencia de la separación de su familia.

“Ahora bien, el grado de cooperación entre ellos varía en función de la naturaleza de sus objetivos, de la urgencia de realizarlos y de la dificultad para alcanzarlos”, comenta el investigador universitario.

Reintegración

Con su estudio, Víctor Inzúa busca conocer mejor las formas de expresión, solidaridad, unidad y apoyo de los niños de la calle, retomar la experiencia de instituciones tales como Édnica, Yolya, Reintegración y Programa Niños de la Calle, entre otras, y proponer un modelo adecuado de intervención social que pueda posibilitar la reintegración de aquellos a la sociedad y, así, su acceso a servicios de salud y educación.

De ahí que examine el uso de la infraestructura comunitaria en la que se establece una red social. En el caso de los niños de las avenidas Miguel Ángel de Quevedo y Pacífico, dicha infraestructura está conformada por un Vips, un Superama y una pizzería; y en el de los niños de Taxqueña-avenida Tlalpan, por un Toks, un Soriana, comercios semifijos y la Terminal Sur de Autobuses.

Aunque todavía no tiene información cabal para determinar si han establecido una red comunitaria, Inzúa adelanta: “Los de las avenidas Miguel Ángel de Quevedo y Pacífico se van a otro sitio a dormir (hay quien puede pagar un cuarto de vecindad) y los de Taxqueña-avenida Tlalpan pernoctan en la zona (se cubren con hules y cartones) y, cuando tienen ‘la llave de agua ahí’, se bañan, dicen, ‘como artistas’: de la cintura para arriba, o a cubetazos; además, unos locatarios de los comercios les dan trabajo y otros les regalan comida.”

El investigador de la Universidad Nacional añade que los niños de la calle tienen más contacto con comerciantes, vendedores ambulantes o algún amigo adulto y, cuando todavía hay vínculos familiares, con un abuelo, un tío o un primo.

“En cuanto a su futuro como adultos, algunos manifiestan su deseo de ser choferes para ganar dinero o policías para vengarse de éstos, precisamente, los policías, a los que temen porque los extorsionan”.

Inzúa reitera que espera proponer un modelo adecuado de intervención social que permita entretejer una red interna de niños de la calle con la infraestructura comunitaria, para que luego pueda entrar una red gubernamental o una institución no oficial que incida en ella y la refuerce.

“De esta manera, esos niños podrán tener otro tipo de beneficios y, por lo tanto, modificar sus condiciones”. (Fernando Guzmán Aguilar)



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