Se llamaba Laura y es la gran poeta mexicana del siglo XIX
La historiadora Mílada Bazant rescata la vida y obra de la escritora y feminista Sánchez de Cuenca1 comentarios
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Mujer moderna y feminista, figura importante del magisterio en México que contó con el apoyo de Justo Sierra y Porfirio Díaz; considerada “la mejor poetisa mexicana del siglo XIX” por José Emilio Pacheco y señalada por Adalberto Esteva como “la segunda Sor Juana Inés de la Cruz”. A ciencia cierta, pocos saben quién es Laura Méndez de Cuenta; una mujer casi desconocida en la historia de México, a pesar de que algunas calles y muchas escuelas públicas del Estado de México llevan su nombre.
Amante de Manuel Acuña, con quien procreó un hijo que murió a las pocas semanas de haber nacido, mujer que vivió su sexualidad y su libertad en el México de la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, Laura Méndez Lefort es una protagonista escurridiza. Poeta, novelista, cronista, editora y periodista amiga de Juan de Dios Peza, Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto y Antonio García Cubas. Y esposa de Agustín Cuenca, quien fuera amigo entrañable de Manuel Acuña.
Esa mujer, nacida en Ayapango, Estado de México, es la protagonista de la biografía Laura Méndez de Cuenca. Mujer indómita y moderna (1853-1928) Vida cotidiana y entorno, realizada por la historiadora Mílada Bazant, quien asegura que Laura Méndez fue una mujer muy destaca en su época, que además formó parte del grupo de mujeres que rompió con las ataduras sociales.
Su biógrafa asegura que Laura, junto con algunas otras mujeres, fue parte del grupo pionero que rompe las cadenas que las mantuvieron atadas muchos años y que “gracias a ellas ahora nosotras estamos cosechando los frutos. Ellas pagaron un precio muy caro por su libertad; si bien algunos hombres alabaron su aliento y se dieron cuenta que estaban ante una segunda Sor Juana, otros le pusieron muchas trabitas; incluidas las mujeres, por envidia, pues no nos gusta ver destacar a otras mujeres”.
Reivindicar la historia femenina
Hace cinco años, cuando la historiadora y doctora en Ciencias Sociales por el Colegio de Michoacán comenzó a adentrarse en los escritos magisteriales de Laura Méndez de Cuenca, no pensaba aún en centrar todo su trabajo para reivindicar el papel de una mujer que era reconocida por el grupo de intelectuales de su tiempo, como una pensadora, poeta y narradora de gran talento.
Consciente de que México se ha ocupado poco en estudiar a sus mujeres y de que los grandes historiadores como Enrique Krauize han hecho un trabajo biográfico de primera, pero siempre en el estudió de hombres, Mílada Bazant encontró a una mujer que la sedujo primero con la escritura. Luego, descubrió que era moderna y feminista, que luchó porque la mujer pudiera estudiar y trabajar. “Ella decía que el equilibrio perfecto era que la mujer estudie y trabaje, pero no al costo de perder a su familia. Nosotros, mujeres del siglo XXI, vivimos la vida que a ella le hubiera gustado tener.
En los cinco años dedicados a la biografía publicada por El Colegio Mexiquense dentro de la colección Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, que consta de 500 páginas, Mílada Bazant ha desarrollado un segundo proyecto: ha reunido la obra completa de Laura Méndez de Cuenca agrupada en cuatro volúmenes, con casi 2 mil páginas en total.
Gran parte de ese rescate bibliográfico, que está a la espera de una casa editorial que lo quiera publicar, ha sido realizado por Roberto Sánchez, que es otro gran “Laureano”. En los cuatro tomos reúnen su poesía, cuentos, la única novela (El espejo de Amarilis), sus crónicas de viaje e informes pedagógicos, de los que Banzat y Leticia Romero Chumacero( especialista en letras femeninas del siglo XIX), han escrito una introducción titulada “Educación y feminismo”.
Esos trabajos, en los que se incluyen algunas cartas que mantuvo con su maestro Enrique Olavarría y Ferrari y pequeñas biografías de Álvaro Obregón, Justo Sierra y Benito Juárez, confirman que esa mujer, nacida el 18 de agosto de 1853, es una literata de altos vuelos que México no puede dejar de lado. Banzant adelanta que entre los poemas que escribió Laura Méndez, hay varios que hablan de su adolescencia, de su vida trágica, pues no sólo vio morir al hijo que tuvo con su Manuel Acuña, también sufrió la muerte de ese amante.
Aún embarazada del hijo de Acuña, Laura aceptó la propuesta matrimonial de Agustín Cuenca, gran amigo de Acuña, que la ayudaría en el embarazo y la salvaría de las malas lenguas. Con él tuvo siete hijos, cinco murieron en la niñez; sólo dos sobrevivieron: Horacio murió a los 22 años de tifo y Alicia le sobrevivió a Laura, pero siempre padeció de sus facultades mentales.
Toda esa vida trágica está en su narrativa, en sus cartas y, sobre todo, en su poesía, como lo ha confirmado Mílada Banzant, quien recuerda que hay algunos poemas desgarradores dedicados a su hijo muerto.
“Hay una carta bellísima a Manuel Acuña y otra aún más hermosa a Agustín Cuenca que le escribe cuando él ya murió; le confiesa que sí lo quiso, porque creo que ella pensó que se había ido a vivir con él un poco porque no tenía opción y era su única salida, embarazada de un hijo de Acuña. En la carta le agradece su silencio por tanto dolor”.
Hay otro poema titulado “El cuarto menguante”, en el que habla del amor y la sexualidad. Toda esa obra poética que ha sido prologada por Pablo Mora es poco conocida y su biógrafa ha recopilado de aquí y de allá, de un pequeño archivo familiar que está en manos de uno de los descendientes de Laura, el único familiar vivo, el poeta Carlos Beteta de la Garza, que es hijo de su sobrino-nieto Ramón Beteta, quien fue secretario de Hacienda con Lázaro Cárdenas y que conserva con mucho amor el pequeño legado de esa tía feminista.
La historia de una mujer indómita
Mílada Bazant, quien actualmente es investigadora de El Colegio Mexiquense y pertenece al Sistema Nacional de Investigadores, asegura que Laura Méndez Lefort, su nombre de soltera, era ciertamente una mujer difícil, compleja, una mujer a la que finalmente el sufrimiento la hizo salir adelante, porque de no hacerlo se quedaba atascada. “La viudez la ayudó a salir adelante y a tener una vida libre; creo que de haber sido soltera o casada no hubiera logrado desplegar sus alas”.
La investigadora, especializada en la historia de la educación durante el Porfiriato, descubrió, entre los informes de maestros de la época, los escritos de Laura Méndez. Eran muy analíticos y comparativos: “se me metió la espinita de quién era esta mujer tan interesante”. Así, poco tiempo después, se enamoró del personaje, de su esfuerzo, su vocación de mujer moderna y su entrega a la docencia por México.
Luego fue conociendo su historia, su niñez y adolescencia sin grandes problemas en México, la importancia de su abuelo, Emilio Lefort, en la determinación de su carácter. “Mi hipótesis es que hereda el carácter del abuelo materno, que era aguerrido, aventurero, que se vino de Los Pirineos, cruzó el mar en condiciones muy adversas y llegó a México en 1824 gracias las ventajas que ofreció el gobierno mexicano para dar tierras; él le cuenta a su nieta toda esa serie de peripecias y ella lo absorbe todo”.
En su juventud, Laura, igual que su hermana Rosa, era liberal. Las dos se fueron a vivir solas en el siglo XIX, lo que era impensable; también las dos fueron madres solteras y se enfrentaron a una sociedad que las acosó y tuvieron que salir adelante como pudieron. En su edad adulta, cuando enviuda de Agustín Cueca, se autoexilia en San Francisco, donde empieza de verdad a ser una mujer moderna e independiente.
Banzat afirma que San Francisco la hace crecer, se libera y, por fin, vive en una sociedad que no la crítica ni condena. Lo confirman las cartas que le escribe a su maestro Enrique Olavarría y Ferrari, que dan mucha luz acerca de su carácter y temperamento. “Allá entra a las reuniones literarias, da clases de español a mujeres judías copetudas que le pagan bien la hora; vivía en una casita de clase media y conoce a un judío argentino con el que se asocia para fundar una revista; empieza su carrera de editora”, comenta la biógrafa e historiadora.
Fue el inicio de su maduración y florecimiento literario, intelectual y pedagógico gracias a que Justo Sierra y Porfirio Díaz pudieron ver en ella a una mujer de grandes tamaños. Formó parte del grupo de mujeres que publicó el diario La mujer mexicana; se desarrolló en el medio magisterial que, en plenos años revolucionarios, la degrada de inspectora a ayudante. “Eso le da en la chapa del alma porque le pega en su honor y en el salario”, dice la biógrafa.
Laura Méndez de Cuenca era una ávida lectora que leía poesía en inglés, alemán y francés; una mujer que tradujo a Edgar Allan Poe y que fue beneficiaria del fervor cultural que privaba en México bajo las ideas de Altamirano. Es cuando ella comienza a escribir, a publicar sus poemas de amor en los periódicos, y empieza una carrera literaria meteórica. “Laura tiene una pluma exquisita, con muchas metáforas y va cambiando de un lenguaje romántico a un lenguaje moderno. Rafael Reyes Espíndola, propietario de El Imparcial, que le compraba sus artículos y gracias a él podemos todavía leer las crónicas que escribió desde Europa”, señala Mílada Bazant.
Hoy José Emilio Pacheco la ha llamado “La mejor poetisa mexicana del siglo XIX”. Bazant no quiso dejar de consultarle que ella pondría esa leyenda en la biografía que estaba a punto de publicar, y Pacheco le respondió: “Laura Méndez de Cuenca es la mejor poetisa mexicana del siglo XIX, lo repito y reterrepito”.
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