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Una pluma que escribió sobre el amor, la soledad y la muerte

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Sábado 20 de marzo de 2010



La poesía de los grandes vates de la historia, entre ellos Jaime Sabines, fallecido el 19 de marzo de 1999, fue leída ayer en el Centro Patiño, en Cochabamba, Bolivia, a propósito del homenaje al Día Mundial de la Poesía a celebrarse el 21 de este mes.

Autor de libros como Horal, La señal, Tarumba, Yuria y Mal tiempo, entre otros, Jaime Sabines nació en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926.

De niño vivió una época “tranquila y feliz, en permanente contacto con la naturaleza y al amparo de una familia muy unida”.

Alentado por su padre y con un concepto un tanto romántico de la vida, Sabines emigró a la Ciudad de México con el fin de estudiar Medicina, carrera que abandonó al tercer año, convencido de no servir para esa profesión.

Decidió, entonces, estudiar Lengua y Literatura Españolas, de la que se licenció en 1949.

Durante un tiempo residió en la capital del país, donde escribió sus dos primeros poemarios: Horal (1950) y La señal (1951); pero en 1952 regresó a Chiapas para dedicarse a una actividad comercial, totalmente alejada de sus aspiraciones literarias.

Su oficio de tendero no le impidió seguir escribiendo algo en sus ratos libres, esfuerzo que plasmó en su libro Adán y Eva, de 1952.

Un año después, Sabines contrajo matrimonio con su novia de toda la vida: Josefa “Chepita” Rodríguez Zebadúa, con la que tuvo cuatro hijos.

Por ese entonces, retomó la pluma con devoción para escribir la que sería una de sus obras fundamentales y más conocidas: Tarumba (1956).

En 1959 regresó a la ciudad y administró un negocio de alimento para animales y siguió escribiendo.

Ese mismo año recibió el Premio Chiapas que le otorgó su estado natal, en reconocimiento a su creación poética; mientras trabaja en la elaboración de Diario semanario y poemas en prosa (1961) y Poemas sueltos (1962), que dio a conocer poco después.

 

En 1964 obtuvo una beca del Centro Mexicano de Escritores y al año siguiente formó parte del jurado del Premio Casa de las Américas de Cuba. Aunque entonces no se le consideró muy prolífico, se ha convertido en un escritor de prestigio.

En lo sucesivo y de forma espaciada publicó Yuria (1967) y Mal tiempo (1972), año en el que obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia.

También Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (1973) y Nuevo recuento de poemas (1977).

En 1976, el poeta hizo una incursión en la política al ser electo diputado federal por Chiapas, escaño que volvió a alcanzar en 1988 por el DF.

En 1982 obtuvo el premio Elías Sourasky y en 1983 ganó el Premio Nacional de las Letras.

Jaime Sabines es autor de una obra muy personal y nada artificiosa, que los críticos consideran coloquial, a veces irónica, que lo muestra atento a la vida cotidiana, a la angustia, a la soledad y al dolor impuestos por su propia condición y por la vorágine que supone la forma de vida contemporánea.

Al decir de los estudiosos de su obra, Sabines alzó la voz para enviar un discurso profundo y áspero, a veces; tierno y desolado.

Un canto desesperado a la naturaleza, al fulgor del erotismo y a los grandes temas que nos preocupan como son el amor, la soledad y la muerte.

También refleja la preocupación por una sociedad en crisis, con unos seres incapaces de adaptarse a una realidad burguesa, hostil e insolidaria.

Sabines es el poeta de la realidad; su poesía nace de la práctica cotidiana de la vida, de su relación cercana con lo inmediato y es emotiva, vivencial y de fácil comprensión, decía entonces la revista mexicana Poesía en movimiento, editada por Octavio Paz, Nobel de Literatura 1990 y José Emilio Pacheco.

 

 

 

En 1996, Sabines mantuvo una pugna dialéctica e ideológica con sus amigos de toda la vida, Oscar Oliva, Eraclio Zepeda y Juan Bañuelos. Los acusaba de ser manejados por líderes políticos que apoyaban al EZLN en el conflicto armado de Chiapas y fue criticado por detractores por su alineamiento con el entonces partido gobernante, el PRI.

Al final de su vida tomó conciencia de su papel intelectual y rompió con su actividad política.

Sus últimos años fueron un calvario físico, postrado en una silla de ruedas por las múltiples operaciones en una pierna, su salud se deterioró por un cáncer y falleció el 19 de marzo de 1999. Sus restos, por decisión propia y renunciando a homenajes, descansan en la cripta familiar del Panteón Jardín. (Notimex)

 

 


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