Hay un México que cada mañana despierta más teñido de sangre. Esa nación que se levanta con nuevos datos de asesinatos relacionados con el narcotráfico y con muertes violentas producto de la inseguridad, con ajusticiamientos, encajuelados, narcomensajes y levantones -términos del crimen organizado- está en la literatura desde hace varios años. Se le llama narconarrativa, narconovela o literatura del narco, pero no se denomina novela de la violencia.
Donde hubo una vez un país tranquilo y esperanzado del que habló hace unos días Carlos Monsiváis a propósito de su libro de crónicas Apocalispstik, ahora hay un México violento sobre el que reflexiona Juan Villoro en su ensayo La alfombra roja. El imperio del narcoterrorismo, con el que obtuvo este año el Premio del Periodismo Rey de España.
El cronista afirma allí: “El narcotráfico ha ganado batallas culturales e informativas en una sociedad que se ha protegido del problema con el recurso de la negación: ‘los sicarios se matan entre sí’”.
La violencia según los mexicanos
La cuestión central es una: ¿La literatura debe ser espejo de la realidad o al hacerlo se convierte en apología de la violencia y del narcotráfico? las respuestas son cruciales. Los escritores que en sus novelas abundan la violencia, el narcotráfico, la frontera, la migración y la identidad del habitante del norte, apuestan todo por contar bien una historia y el hecho de que se refleje la realidad es resultado de que no están ajenos del acontecer nacional.
Al reverso de la moneda están aquellos, como Adolfo Castañón, que se declaran no lectores de la narco narrativa porque tiene que ver con una palabra “dominguera”: La hematolatría, que no es más que la adoración de la sangre de la que habló Marcelino Menéndez Pelayo al ingresar a la Academia de la Lengua Española.
Esa violencia que recrea la narrativa no representa nada más que literatura. Lo puntualiza Yuri Herrera, narrador hidalguense que escribe sobre narcotráfico, migración y violencia: “Tengo claridad de que la literatura es algo mucho más complejo que la propaganda. Si alguien, desde cualquier punto del espectro político-criminal, quiere verla así porque no se ajusta a alguna concepción maniquea del mundo, es responsabilidad suya, no mía”.
La letra... con sangre entra
El crítico literario que es Adolfo Castañón asegura no ser adicto al consumo de la sangre en historias, “pero admito que no es tanto por el fenómeno en sí lo que me llama la atención, ni por la propuesta de los narcóticos, sedantes o datos policiacos; el interés es histórico-geográfico, es sobre la forma en que estos escritores son capaces de transcribir el habla de la gente. Me interesa la literatura y la lengua”.
La escritura que recrea ese México violento y que ejerce también Élmer Mendoza, está hecha con un objetivo: “Trato de expresar una estética de la violencia, la angustia y la desesperación; del lenguaje, la temeridad y el amor. Tantas líneas imbricadas me permite crear un discurso que no da respiro. Mi pretensión es que el lector experimente vértigo. Si después de resistir 250 páginas es capaz de reflexionar sobre lo que ocurre en el país, ambos estaremos trascendiendo la ficción”.
En ese ejercicio narrativo que emprenden muchos autores como Élmer Mendoza, Eduardo Antonio Parra, Yuri Herrera, Alejandro Páez, Hilario Peña, Alejandro Almazán, Luis Humberto Crosthwaite y Heriberto Yépez, entre muchos otros, hay confluencias. Heriberto Yépez afirma que “la literatura es un recurso para hacer visible lo invisible”.
Al autor de A.B.U.R.T.O y del recién publicado La increíble hazaña de ser mexicano no le interesa que en sus libros quede reflejada la realidad, sin más, esa que todos los mexicanos conocen sobre el narco. “Busco abordar aquellos aspectos menos comprendidos o abordados; en mi novela Al otro lado, por ejemplo, están los mundos mentales de un adicto en la frontera, es decir, cómo la droga es una búsqueda de construir otra realidad”, dice.
Contra la idea de la apología en la literatura
Novelar la realidad que los medios de comunicación transmiten cada día, para Juan Villoro representa poder: “El narcotráfico suele gobernar dos veces: en el mundo de los hechos y en las noticias, donde rara vez encuentra un discurso oponente”, señala en su ensayo La alfombra roja.
Luego, se cuenta en las novelas. Yuri Herrera dice que hay de todo tipo de literatura apologética; ahí están las canciones que ensalzan a un narco, los libros escritos por fanáticos exculpando a curas pederastas, los panfletos de “analistas independientes” justificando a un gobierno que va de torpeza en torpeza. “Sí, hay literatura apologética, pero eso no es un fenómeno nuevo ni mucho menos que haya cobrado auge por el narco”, asegura el autor de Señales que precederán al fin del mundo.
Élmer Mendoza, autor de novelas como Balas de plata y El amante de Janis Joplin, asegura que la literatura que él conoce trata de seres humanos cuyo destino es delinquir, pero igual llenan perfiles similares a los de las personas decentes, cuyas fortunas tienen lados oscuros. “Más bien creo que hay una ironía en contra de los culpables de tantos desajustes, de los que gozan haciendo declaraciones mientras los muertos les sirven de alfombra”.
Los que se quedan y los que se van
Yépez sabe que hay quien dice que hay muchos libros sobre el narco; pero él se pregunta cuántos. “No puedo pensar en un sólo libro apologético de narcotráfico en Tijuana. Son pocos los que se han escrito, los de Blancornelas, por ejemplo, que son críticos y crudos. No hay una sola novela sobre el Cartel de Tijuana. ¿Por qué?, el autor no viviría para dar entrevistas... Quizás haya libros menores, pero serios; no hay ni uno que justifique esa violencia”.
Castañón es enfático: “¿Cuánto va a quedar?, ¿cuántos “Marianos Azuela” están escondidos abajo de esta cobija de la narconarrativa? Ya vendrán los historiadores y nos dirán qué subsistirá, cuánto quedará de ese género que tiene como canon denominador la violencia y la fascinación por la sangre, por la hematolatría”, comenta. El tiempo, sin duda, será el mejor crítico literario.