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Aquí yace Luis Cernuda

Con la biografía sobre los años españoles del poeta, Antonio Rivero ganó el Premio Comillas. Ahora prepara el segundo tomo y vino a México para encontrarse con un fantasma
Domingo 14 de febrero de 2010 Yanet Aguilar Sosa | El Universal
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yanet.aguilar@eluniversal.com.mx

Contuvo la emoción hasta minutos antes de abandonar el Panteón Jardín. No encontró violetas ni tulipanes amarillos, las flores que tanto le gustaban al difunto, pero en cambio halló ramos de siemprevivas color violeta que son metáfora de la vida y obra del poeta andaluz Luis Cernuda.

El parlanchín infatigable en que se convierte Antonio Rivero Taravillo cuando se trata de contar todo lo que sabe sobre Luis Cernuda, se tornó mudó, absorto, petrificado. Solo, frente a la tumba del poeta cuya lápida simplemente dice “Luis Cernuda Bidou, Sevilla 1902-Mexico 1963. Poeta”, vio colmado su sueño: visitar la ciudad de México -donde Cernuda habitó durante los últimos 11 años de su vida- y llegar al lugar en el que están depositados los restos del hombre al que ha dedicado cerca de diez años de estudio, de rastreo, de horas enteras en archivos, de labor de documentación, de lecturas y de sueños.

Rivero Taravillo no sólo ha reunido el archivo más importante que se conozca sobre Luis Cernuda, el poeta que fue pieza fundamental de la Generación del 27, al lado de Federico García Lorca, Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. El filólogo y traductor español tambien ha caminado los pasos del poeta, le ha pisado los talones para tratar de entenderlo, de saber por qué, luego de residir en París, Gran Bretaña y Estados Unidos, decidió establecerse en México.

Los datos del sepulcro (Sección C, fila 4, tumba 28) los sabe de memoria, pero para mayor seguridad verifica en su Iphone. “Claro, sí, esta es”, dice el biógrafo al ver la lápida recién restaurada -hace casi dos años- a iniciativa de la Embajada de España, El Ateneo Español y la Casa de Andalucía en México. El hombre trata de ocultar la emoción de visitar por vez primera el cementerio donde yacen los restos del poeta que comenzó a leer hace casi 30 años y a quien estudia desde hace cerca de tres lustros.

Ese esmero que lo ha llevado a hurgar en decenas de archivos, recorrer Sevilla –también su tierra natal-, andar por París, caminar en Gran Bretaña y conocer Nueva Inglaterra y California en Estados Unidos, donde Luis Cernuda impartió clases a finales de la década de los 40 y los primeros años de los 50, ha dado como resultado dos libros: el ensayo Con otro acento. Divagaciones sobre el Cernuda ´inglés´ y la biografía Luis Cernuda. Los años españoles (1902-1938), que obtuvo el Premio Comillas convocado por Tusquets Editores. A esa primera entrega seguirá la segunda parte del trabajo que abordará los años de Cernuda en el exilio, para cerrar con su muerte.

En búsca del escritor querido

Tras los pasos de Luis Cernuda, Rivero Taravillo llegó a México. Estar en el país que inspiró a Cernuda el poemario en prosa Variaciones sobre tema mexicano representa para su biógrafo “la culminación no de un trabajo, que eso sería en lo relativo a la escritura de una biografía, pero sí la culminación de una pasión por una poesía; y como en Cernuda están tan ligadas vida y obra, de alguna forma es llegar al punto final de su obra”.

El estudioso del escritor nacido el 21 de septiembre de 1902, sabía que en la lápida no hay ni un epitafio, pero reconoce que la palabra “perpetuidad” que aparece escrita y alude a que la tumba ha sido comprada y no podrá ser enajenada, le viene bien a la condición del poeta. Explica: “Él siempre tuvo conciencia de que su único papel en la vida era el de la poesía, y a ella se entregó de forma indisoluble desde su vivir cotidiano”.

Sentado en la tumba del poeta que se ubica en lo alto del Panteón Jardín desde donde se pueden apreciar los imponentes volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, nombres que él no logra pronunciar, el biógrafo confirma que Cernuda tenía gran fe en que su poesía sobreviviría y que él sería muy leído y reconocido por lectores futuros, tal como lo dejó escrito en el poema “A un poeta futuro”.

Luego de que con algo de pudor saca su cámara para tomar fotos a la tumba de Cernuda y pide que alguien haga imágenes de él posando al lado de donde descansa el poeta, Rivero Taravillo dice que, para los lectores de poesía española en ambos lados del mar, Cernuda está más vivo que cuando vivió y eso sólo sucede con los grandes. “La perpetuidad, que siempre es relativa, la ha conseguido de entre las obras humanas. Es un poeta que tiene vigencia tremenda; el tiempo no ha pasado por él ni por su obra”.

Mientras transcurre la visita, un cuidador limpia un poco de yerba que crece en la tumba del “famoso escritor”. Rivero Taravillo da muestras de que conoce al dedillo la historia de Cernuda. Comenta que vivió la mayor parte de su vida creativa en el exilio como consecuencia de la Guerra Civil. Cita años, nombres, poemas, anécdotas, fechas exactas. Ha acudido a infinidad de archivos, bibliotecas y hemerotecas; se ha encontrado con sobrevivientes de la época; ha caminado por lugares donde caminó Cernuda.

De hecho, todos los caminos lo trajeron a México. “He encontrado mucha información, pero la poesía es vida y la única forma de acercarse a un poeta es recorrer los sitios en los que él vivió; aunque hayan cambiado los lugares, eso es inevitable, hay que mirar con ojos que intenten ponerse en el lugar”, dice el biógrafo que llego a México nueve días antes de la visita al Panteón Jardín, para conocer los lugares que lograron que Luis Cernuda se reconciliara con su España.

En busca de los pasos de Cernuda, Rivero Taravillo recorrió Coyoacán, donde comprendió mucho mejor la sensación de acogimiento, de sentirse en una segunda Andalucía, que tuvo el poeta. “Es evidente cuando se pasea por las calles de Coyoacán, por el Jardín Centenario, Francisco Sosa y la Plaza de Santa Catarina; cuando se ven las casas, la vegetación y los ritmos de vida, entiendo que todo eso le hizo sentirse muy en casa; sobre todo, tras unos años de haber vivido en un entorno fabril y mercantilista en Gran Bretaña y Estados Unidos”.

Detrás de los anteojos que apenas esconden la emoción de encontrarse con el México que le dio a Cernuda razones de vida, Rivero Taravillo, traductor de autores como Melville, Pound, Tennyson y Shakespeare, explica las etapas estéticas por las que el poeta andaluz transitó a lo largo de su existencia, desde sus comienzos, cuando hacía una poesía un tanto fría que a veces se comparó, para dolor suyo, con la de Jorge Guillén, o algunos de sus ejercicios clasicistas en los que imitó a Garcilaso.

El biógrafo explica que, después de ese par de momentos, Cernuda comenzó su época surrealista; después, una etapa romántica cuando publicó Invocaciones y, posteriormente, ya en el exilio, contactó con una nueva tradición para él, la de la poesía inglesa “que le abrió ventanas a otras formas de escribir y de entender la poesía; entonces escribió grandes poemas del exilio. Se ha dicho, y con razón, que fue el gran poeta romántico en español aunque muy a deshora, cuando ya había pasado el momento romántico”.

Este investigador español recién se ha encontrado en México con especialistas en la vida y obra del poeta, como James Valender, y con amigos como Paloma Altolaguirre, hija del poeta Manuel Altolaguirre y de Concha Méndez, la mujer que le abrió las puertas de su casa de Coyoacán, en la calle de Tres Cruces, donde Luis Cernuda vivió cerca de diez años y donde murió el 5 de noviembre de 1963, victima de un infarto.

Incansable, a Antonio Rivero Taravillo sólo le faltaba conocer el cementerio y platicar en silencio con el poeta, porque ya había estado en la UNAM, en la Biblioteca y la Hemeroteca Nacional donde encontró una esquela que Concha Méndez y su hija Paloma hicieron publicar el 6 de noviembre, cuando fue sepultado Cernuda acompañado apenas de siete amigos, entre ellos Max Aub.

 

El amor lo trajo a México

El biógrafo del autor de La realidad y el deseo, Con las horas contadas y Desolación de la Quimera tiene claro que la lengua materna, el clima cálido de México y el amor por un jovencito llamado Salvador Alighieri, a quien Cernuda conoció en un gimnasio de la calle de Tacuba, fueron decisivos para la permanencia de éste en nuestro país.

“El ideal amoroso de Cernuda eran los jóvenes de 19, 20 años, no más; era homosexual pero nunca tuvo relaciones con hombres de su edad, en ese sentido era muy platónico. Era un ideal y se aferraba a él. Uno de estos cuerpos a los que dedica la secuencia ‘Poemas para un cuerpo’ al final de sus días fue un mexicano con quien tuvo una relación feliz”, explica el estudioso que niega la versión de que el deceso de Cernuda fue porque se haya dejado morir.

Mientras mira alrededor de la tumba del poeta que se ubica casi detrás de un par de mausoleos que la ocultan un poco, Antonio Rivero Taravillo reconoce que Cernuda no quiso someterse a un reconocimiento médico pero que esto se debió más a una fase de depresión en la que siempre estaba inmerso. El biógrafo cuenta que en sus últimos días el poeta tenía un gran hastío y un desencanto por todo, al parecer producto de la edad, tal como se manifiesta en los títulos de Con las horas contadas y, el final, Desolación de la Quimera, que el estudioso considera un ajuste de cuentas, para bien y para mal, con unos y con otros.

“Es verdad que Desolación de la Quimera es un poemario final, tiene todos los ingredientes para ser el testamento de Cernuda. Y es que un hombre en el que vida y obra están tan ligados como es su caso, el terminar la obra parece que es su justificación para decir que el vivir termina allí”, señala su biógrafo.

Justo en ese poemario Rivero Taravillo encuentra los argumentos para defender que los restos del poeta se mantengan en México. Desolación de la Quimera cierra con el poema “A sus paisanos”, que es un reproche sobre las diferencias que tiene con su tierra; una relación de amor/odio que está presente en toda su obra; ahí encuentra la incongruencia de trasladar sus restos a Sevilla.

 

El incansable detective literario

Antonio Rivero es infatigable. Quería conocer todos los espacios visitados por Cernuda, leer más, tener hallazgos, entrevistarse con más gente que ha seguido sus rastros porque sabe que Cernuda es de todos, que no fue de ninguna parte, ni español ni mexicano; de hecho, dice que se le podría aplicar la sentencia bíblica “Mi reino no es de este mundo”, porque el reino del poeta es la lengua.

La emoción guía el ánimo de este investigador sevillano apasionado. Mientras fotografía la tumba del poeta, comenta que le parece una ironía que, a unos cuantos metros, esté sepultado Emilio Prados, un poeta con el que Cernuda tuvo al final de su vida muchas diferencias irreconciliables.

El biógrafo ha querido que todo este itinerario Cernuda terminara en México, escenario del último capítulo de la biografía que quedará lista entre mayo y junio de este año y que podría ser publicada por Tusquets a finales de 2010 o durante el primer trimestre de 2011.

Modesto, no presume de su gran conocimiento sobre Luis Cernuda Bidou, aunque sabe todo sobre éste: que era un tipo complicado, un misántropo y un melancólico, que su primer acercamiento con México fue a través de Octavio Paz y que, cuando llegó se estableció en el país impulsado por el amor, que dio clases en la UNAM ( dos horas a la semana), que tenía una especie de beca de El Colegio de México; que era un cinéfilo empedernido y que los jóvenes poetas que se acercaban a él para aprender.

Él no cree en fantasmas, pero cuenta: “Me ha sucedido algo curioso. Se sabe que Cernuda tenía un carácter a veces esquivo, que era difícil, adjetivo que a él no le gustaba, pero es verdad que no era fácil convivir con él. Tuvo rupturas con muchas amistades. No sé si es problema mío o la sombra de Cernuda es muy larga... Sumido en esta investigación, a veces yo mismo me he convertido en alguien más cerrado y poco sociable. No quiero atribuírselo al pobre Cernuda pero entiendo que va en el lote de investigar y hacer una labor solitaria”.

El investigador procura esquivar aquel fantasma, pero no habla de Cernuda. El viaje para llegar y salir del Panteón Jardín, en el camino hacia el Desierto de los Leones, se llena de historias protagonizadas por el poeta. Claro que admira a ratos la ciudad con un cielo despejado el día de la visita, tanto que permite ver los volcanes nevados; sin embargo no deja de hablar del poeta. Dice “La ciudad de México es grande, nada que ver con Sevilla”, pero no deja de pensar en la tumba del andaluz que acaba de visitar y donde depositó, a falta de tulipanes amarillos o violetas, un ramo de siemprevivas.

 



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