Hubo una vez en América una princesa raptada por una banda de muchachos soñadores que le exigía al millonario padre de Patty, la secuestrada, repartir diariamente alimentos de primera clase entre los pobres para que la adolescente de 19 años fuera liberada.
Corría el año 1974 en California. Las intenciones de la banda parecían tan nobles que la rica heredera terminó uniéndose voluntariamente a sus captores para conseguir lo que pedían a su padre. Patty se hizo pareja de un cabecilla y decidió quitarse su nombre y el burguesísimo apellido Hearst, una parte de la herencia de su abuelo, William Randolph Hearst, el legendario magnate de los medios de comunicación, un genuino rey del capitalismo que inspiró El ciudadano Kane, el clásico de Orson Wells.
Patty Hearst entonces adoptó el alias de Tania, como la miliciana de origen alemán que acompañaba al Che Guevara en su fatal campaña de Bolivia, pero aquel cuento rosa protagonizado por Patty y sus amigos muy pronto mutó para convertirse en uno de terror.
El grupo de jóvenes imitadores de Robin Hood que operaba en San Francisco, pasó de cometer actos ilegales para obtener dinero en beneficio del pueblo, a perpetrar asesinatos a sangre fría contra ciudadanos pacíficos que tenían la mala suerte de cruzarse en el camino del llamado Ejército Simbiótico de Liberación. Así se hizo llamar la banda de esos guerrilleros californianos con pantalones de terlenka. Y es que en Estados Unidos también alguna vez hubo una guerrilla urbana inspirada, como las latinoamericanas, en las conspiraciones del Che..
Guerrilla: el secuestro de Patty Hearst, un documental del realizador inglés Robert Stone estrenado en la televisión estadounidense en 2004, es uno de los trabajos de investigación más completos que se haya preparado sobre la aparición, auge y aniquilamiento del Ejército Simbiótico de Liberación, un episodio extravagante en la historia contemporánea de los Estados Unidos. En México, el documental será estrenado hoy, a las 20 horas, por el canal de cable Infinito.
Más que flores en el pelo
Nacida en San Francisco en 1954, a Patricia Hearst no se le conocían actividades políticas de ningún tipo antes de su secuestro, a pesar de que su adolescencia había transcurrido en la tierra donde crecía “una generación completa con una nueva explicación”, como dice la letra de “San Francisco (Be Sure to Wear Some Flowers in Your Hair)”, de John Phillips y que se convirtió en un himno del politizado movimiento hippie.
Patty, una espléndida flor de la gran burguesía estadounidense, no llevaba flores en el pelo como muchas chicas de la clase media liberal, a pesar de que había elegido Berkeley para estudiar una carrera. Esa universidad fue, junto con la Sorbona de París, uno de los epicentros donde se iniciaron las reivindicaciones políticas y sociales exigidas en 1968 por jóvenes que se opusieron al establishment en 1968, apenas seis años antes de que Patty pisara el campus.
Pero en Berkeley, la nieta del Ciudadano Kane no pensaba cambiar el mundo, sino batallar con algo mucho más modesto: estudiar historia del arte sin dejar de cumplir con sus deberes como esposa debutante. Patricia planeaba casarse en el verano del 74, pero las cosas no serían como soñaba. El 4 de febrero del 74 tocaron en el departamento de Patty en Berkely. Cuando la joven corrió el pasador, la puerta se abrió como una caja de Pandora que desencadenaría muchas desgracias. El Ejército Simbiótico de Liberación había dado su golpe más grande, llevándose en la cajuela a una rica heredera. Aquel no era el primer delito de la banda de jóvenes radicales ni el más grave. Un año antes habían asesinado a un inspector de escuela.
En Guerrilla: el secuestro de Patty Hearst, Robert Stone explica la génesis de este grupo terrorista formado por varones y mujeres jóvenes que consideraban fascista al gobierno presidido por Richard Nixon, a partir de los testimonios de dos sobrevivientes: Russell Little y Michael Bortin. “En la infancia oíamos que había que pelear contra Hitler y al crecer nos dimos cuenta de que esto era Hitler”, explica en el documental uno de los ex guerrilleros refiriéndose a la devastación y mortandad causada por el ejército de EU en Vietnam.
Al margen de los medios ilegales con los que pretendían conseguirlas, algunas de las reivindicaciones de la guerrilla californiana hoy pueden sonar razonables, como el derecho de los pobres a obtener alimentos; pero otras eran, por lo menos, descabelladas, como considerar a cualquier recluso de raza negra como preso político, argumentando la discriminación racial en Estados Unidos.
A pesar de su extravagancia, el Ejército Simbiótico de Liberación no era un aislado fenómeno de radicalismo político en la California de los años 70. Como recordó la periodista Carol Pogash en un texto escrito para The New York Times con motivo del estreno del documental de Stone en 2004, ese grupo guerrillero surgió en el contexto de las celebradas, pero muy violentas, Panteras Negras, de los bombazos contra estaciones de policía, del intento de asesinato del presidente Gerald Ford a manos de una activista del Ejército Simbiótico de Liberación, del atentado contra el alcalde de San Francisco, George Moscone, y su colaborador gay Harvey Milk, entre otros episodios sangrientos.
En San Francisco y en el resto de California, en los años 60 y 70, no sólo había “gente amable con flores en el pelo”, como dice la canción. Eso le quedó bien claro a Patty Hearst, mientras iba secuestrada en la cajuela de un coche.
Un ícono pop
El documental de Robert Stone, realizado con videos y audios de aquella época y testimonios recientes, además de contar el cuento completo, como diría García Márquez, ofrece, entre otras cosas, el testimonio de la primera cobertura que se televisó en vivo y en directo de un enfrentamiento armado entre policías y delincuentes parapetados en una casa.
A pesar de que hoy estamos acostumbrados a ser espectadores de espectáculos mediáticos de ese tipo, reales y a veces ilegalmente recreados por las mismas corporaciones policíacas, no deja de estremecer la dureza con que los policías californianos de la época masacraron a seis guerrilleros de ambos sexos sin ninguna compasión, violando incluso los procedimientos establecidos para una situación de ese tipo.
Todo el proceso del secuestro de Patty Hearst, que duró alrededor de dos años, fue un genuino espectáculo mediático, una historia por episodios en la que los estadounidenses y el mundo entero fueron testigos de cómo una niña bien que estaba secuestrada, que pedía la colaboración de su padre, se volvió una activista en contra de los “cerdos capitalistas, y después se reinventó como la guerrillera Tania, una mujer de boina que asaltaba bancos con carabina en mano.
¿Patty Hearst fue una víctima del síndrome de Estocolmo o una terrorista convencida? Esa es una de las preguntas que el documental trata de responder, poniendo a consideración de los espectadores todos los elementos posibles para elaborar una conclusión. Sin embargo, como bien señala la periodista Pogash en su crítica del documental, el trabajo de Stone tiene una pieza faltante en medio de tanto material de primera: el testimonio de Patricia Hearst. Si se rehusó a hablar con Stone, éste debió haberlo dicho, en todo caso.
Después de su liberación, Patty Hearst se negó a acusar a sus secuestradores. En vista de los videos en los que Tania fue grabada tomando parte activa en los asaltos y de la actitud solidaria hacia los guerrilleros, la millonaria fue detenida y se le levantaron cargos.
Peo los Hearst no se quedaron con los brazos cruzados y, meses después, lograron sacar a Patty de prisión alegando que era víctima del síndrome de Estocolmo (una respuesta psicológica en el que la víctima de secuestro desarrolla una relación de complicidad con su secuestrador. Debe su nombre a un hecho curioso sucedido en la ciudad de Estocolmo, Suecia. En 1973 se produjo un robo en el banco Kreditbanken de la mencionada ciudad sueca. Al entregarse los captores, las cámaras periodísticas captaron el momento en que una de las víctimas besaba a uno de los captores). Para entonces la acusada, que enfrentaba una sentencia de más de 30 años de prisión, cambió de discurso y aceptó que fue violada, amenazada, drogada con LSD y obligada a unirse a la guerrilla.
Patricia Hearst fue liberada durante la presidencia de Carter e indultada, finalmente liberada de cargos a diferencia de sus ex amigos guerrilleros, hasta la presidencia de Bill Clinton.
Hoy, a pesar de que no rehúsa aparecer en los medios (fue invitada al show de Larry King, por ejemplo), la nieta de William Randolph Hearst asegura no identificarse con Tania y le disgusta que le llamen Patty. Madre de dos hijas y con una apariencia y modales que recuerdan más a Martha Stewart que a una ex miliciana, Patricia Hearst se libró del purgatorio de la prisión de la alta seguridad. En cambio, se ha convertido en una referencia para productos de la cultura pop, como cuando Madonna la tomó como modelo para su imagen como guerrillera en el disco American Life.
El contemplarse convertida en un ícono pop es un castigo que Patty Hearst tendrá que soportar calladamente, por siempre jamás.