Trabajo en el hospital neuropsiquiátrico de la UCLA, desde donde lo estoy llamando. Hasta ahora hospitalicé a dos Jesucristos, un Napoleón Bonaparte, un albino que cree que es Papá Noel y ahora tengo a un tipo que trajo la policía que dice que es Iggy Pop y que usted es su manager
La llamada no fue algo demasiado extraño para Danny Sugerman, el representante de Iggy Pop en sus primeros intentos después de los Stooges. El año era 1974, el cantante venía de la implosión de su banda y de un proyecto fallido junto a Ray Manzarek (The Doors) y estaba muy comprometido con la heroína y las pastillas. Los conciertos en los que se cortaba el pecho con botellas rotas o arrojaba mantequilla de maní mientras caminaba sobre el público ya eran material de leyenda y el tipo que antes parecía indestructible estaba a punto de desfallecer. Los psiquiatras que estudiaron la personalidad de Iggy concluyeron que padecía de un trastorno bipolar que lo llevaba, como en una montaña rusa, desde momentos de excitación extrema hasta depresiones profundísimas.
Sin embargo, hoy en día el doctor Zucker descree de aquel diagnóstico, porque la enfermedad empeora con los años: ahora atribuye el estado de Iggy a las drogas que usaba, a su estilo de vida creativo y a la complejidad del personaje que eligió representar. Una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Iggy versus Jimmy (su nombre real es James Newell Osterberg), dualidad en la que el periodista Paul Trynka basó su estupenda biografía Open Up and Bleed. “Ciertamente hay mucho de verdadero en eso”, acuerda el propio Iggy a través del teléfono. “Sin embargo, también diría que es algo que puede aplicarse a cada músico o artista decente que conozco. Si indagas un poco sobre cuando no eran nadie, te encuentras con personas más jóvenes muy diferentes. Además, siempre me moví con un pie en el mundo del arte y otro en el del entretenimiento y supongo que eso tiene un precio.”
Todo esto viene a cuento porque el último disco de la Iguana, Préliminaires, suena más a un trabajo hecho por Jimmy que por Iggy y el propio cantante acuerda cuando se le sugiere esa idea. El álbum está basado en la novela La posibilidad de una isla, del escritor francés Michel Houellebecq. El padrino del punk pone en pausa al rock para convertirse en crooner a la Serge Gainsbourg, reflexionar en tono grave como un Leonard Cohen salvaje, cantar en francés un tema popularizado por Edith Piaf, escupir blues acústico, brillar sobre un jazz de Nueva Orleáns y hasta encarar un cover de “Insensatez”, del brasileño Antonio Carlos Jobim. O sea, un álbum mucho más cercano al tipo educado y reflexivo que responde a la entrevista que a la bestia escénica que se suele ver en sus conciertos. “Si vamos a jugar esta suerte de juego, que me parece bien, diría que durante mucho tiempo hice álbumes que tratan sobre el sujeto Iggy, entonces en Préliminaires no tuve que hacer tanto eso porque tenía el sujeto dado, que era la novela de Houellebecq y, en particular, su protagonista Daniel”, explica Iggy. “Escribí muchas de las canciones como un ejercicio, para ver si podía ponerme en un estado que combiara la emoción del libro, la personalidad del autor y la experiencia del protagonista.”
“Por lo general, algo así hubiera sido demasiado arty para mí y no habría intentado hacerlo si no me hubiera enamorado del libro cuando lo leí hace unos años”, continúa Iggy. “Muchas de las cosas que le pasan a Daniel en la novela ya me habían pasado a mí o sabía algo al respecto. Sentía que había muchas similitudes. No sé, el momento en que Daniel elige no ser inmortal, cuando decide morir acostándose en el mar, que a esa altura es un charco mugriento, Houellebecq escribe que ‘no sintió nada, excepto una vaga sensación nutritiva’. Y yo he sentido esas cosas: voy al mar cada vez que puedo, es como alimento para mí. Entonces había muchas cosas en común. Así que, en ese sentido, no fui tan consciente. Y también supongo que es justo decir que a medida que hago más discos, si son sólo sobre mí, me acomplejo y empiezo a cometer errores. Puede ser tanto hacer las cosas que los demás esperan de mí o a ir por la reversa, a pensar ‘no me importa lo que digan los demás’. En este caso y es algo que hago cada vez más en mi vida, lo único que tuve que hacer fue reaccionar a algo, y creo que eso saca más mi yo real.”
SER O NO SER UN STOOGES
—Ya que hablaste de reaccionar, ¿el clima sereno del disco es una reacción a haber estado tanto tiempo de gira con los Stooges?
—Sí, en parte tuvo que ver con eso. En la crítica de uno de nuestros shows, el periodista decía que, aunque le gustó mucho, se sentía como si hubiera sido cagado a palos por una pandilla callejera de señores maduros (risas). Eso me resultó muy gracioso y muy real. Los Stooges me cagaron a patadas durante años, por eso escribí la canción “I Wanna Go to the Beach” antes que el resto de este disco, como reacción personal cuando volvía a casa de las giras. Creo que nosotros fuimos una de las mejores bandas que existieron, que estamos entre las 100 más grandes, quizá, pero cuando volvía a casa sentía que no estaba expresando “mi verdadero yo”, porque... ¡porque no soy un grupo! En un grupo hay sentimientos en común que son muy válidos, pero hay toda otra vida que me sucede. Los Stooges tienen que ver con lo que sucede en mi cabeza cuando pienso en el asalto total que me gustaría darle al mundo... si pudiera (risas). Eso es grandioso, pero en realidad, mientras tanto me suceden muchas otras cosas: eso es la vida. Así que escribí esa canción para expresar eso; recuerdo que estaba muy deprimido y la escribí con una guitarra acústica. Es una canción deprimente, pero también es bella. Recuerdo que pensé “Mi Dios, es lo mejor que escribí en años y probablemente nadie la escuchará”. Porque, simplemente, no encaja en un disco de Iggy Pop a dúo con jóvenes punks ni en uno de los Stooges. Entonces me dio mucha felicidad que aparecieran de golpe unos europeos arty que querían hacer una película sobre un escritor deprimido (se ríe). Ahí la canción encajó perfecto.
—¿Cómo fue que la banda sonora de un documental se convirtió en tu siguiente álbum?
—Fue en este orden: leí el libro en 2006, por casualidad, porque había escuchado sobre este gran escritor y en 2007 se me acercaron para que proveyera algo de música para un documental llamado The last words of Michel Houllebecq. El filme seguía al escritor en su intento de dirigir una película basada en ese libro. Algún idiota le dio un montón de lana para hacer la película, algo grandioso en términos artísticos pero, claro, destinado al fracaso económico (se ríe): es un novelista loco, no un director de cine comercial. Bueno, vinieron a verme, escribí un par de cosas con una acústica y pensé que eso sería todo, pero escribí una tercera canción, que fue “King of the dogs” y para ésa pensé que necesitaba una banda, así que llamé a alguien que sabía que conocía músicos reales. Mandé un demo desde Miami y me volvió este track buenísimo de jazz de Nueva Orleáns. En ese punto empecé a sentirme orgulloso de esa música y naturalmente me interesé en ver si podía producir más música y ponerla en un disco con mi nombre. Eso fue en 2008. El truco fue no llamar a la filial estadounidense de EMI porque mis compatriotas no entienden nada sobre un disco así. Para ellos, si eres rockero, rockeas y rockeas y eso es todo. Me acerqué a la filial francesa, que me adoptó para este disco y me convertí en un artista francés por un rato (se ríe). Pensé que eso sería todo, que el disco saldría en Francia y quizás en Bélgica, pero estamos en un mundo diferente y hubo gente interesada, entonces sale en todas partes, incluido EU.
—Antes de este disco ya habías compuesto la canción “The Winter of my Discontent” basada en William Shakespeare. ¿Hiciste alguna otra con influencia literaria?
—Bueno, Lust for Life era una biografía de Van Gogh que fue llevada al cine con Kirk Douglas como el pintor. En la canción cité mucho a William Burroughs, igual que en muchas otros temas. Saco cosas de libros, pero por lo general es sólo una frase clave aquí o allá. No soy del tipo arty, ciertamente, pero los libros han sido importantes para mí. Tengo otra que no le gusta a nadie: el último tema de American Caesar es un track llamado “Caesar”, que sólo tiene un riff de guitarra irritante que se repite una y otra vez, sobre el cual voy y vengo entre los personajes de Julio César y de un presidente estadounidense. Eso fue inspirado en parte por un libro sobre Douglas McArthur, un general norteamericano que era un aristócrata nacido para convertirse en general. McArthur fue un gran héroe en Japón y estuvo entre los que aceptó la rendición de Hirohito. Después pensó en una carrera política en Estados Unidos, pero no era la clase de persona que fuera a pedirle a otros que votaran por él, era más un tipo de rey. Así que, sí, había tomado algunas cosas, pero nunca como en Préliminaires.
—Por más que no seas arty, no cuesta mucho imaginarte en la playa de Miami leyendo un libro tras otro.
—Leo mucha no-ficción. Ahora estoy leyendo a Herodoto, el historiador griego y acabo de terminar una novela sobre historia del arte del profesor Timothy Brook llamada Vermeer’s Hat. Es un libro bello que te lleva a través de las pinturas de Vermeer, el maestro holandés, en el cual a través de los objetos incluidos en los cuadros habla de la sociedad de la época. Pero tengo problemas para meterme en una novela. En las novelas contemporáneas, cuando llego a la parte en la que alguien va a ser asesinado o violado o va a perder todo su dinero, ya perdí todo el interés. Será por eso que me gusta Houellebecq...
YA NO SIRVE PARA EL ROCK
—Las canciones rockeras que incluiste en este disco. “Nice to be dead” y “She’s a business”, son diferentes a las que hiciste en los últimos años, que parecían seguir una fórmula. ¿Estás de acuerdo?
—¡Absolutamente! Siento que ya no puedo escribir buenas canciones de rock. Todavía puedo cantarlas, por eso recibo tantas invitaciones para hacerlo en discos de otra gente... ¡y sueno bien! También soy bueno cantando mis viejas canciones en vivo, pero, honestamente, mi energía ha cambiado. No sé, siempre fui fan de los Stones, pero en los últimos discos de estudio que hicieron no los escucho rockeando de verdad, aunque así y todo sean buenos discos. Así que ya me había dado por vencido al respecto y me había olvidado de la idea de componer temas de rock. Los dos que mencionaste nacieron como canciones acústicas y el productor (Hal Cragin) fue el que quiso rockearlas. “Nice to be dead” la hice en guitarra, rasgando dos acordes abiertos, como lo haría un chico del DF que hubiera tomado demasiado de algo (risas). Era una música muy marihuanera. Y el productor tomó eso, creó un arreglo y me lo mandó de vuelta con una nota que decía: “¿Qué te parece? ¿Por qué no haces una canción rockera en el disco?” Me pareció bien, así que la hicimos así, aunque desearía haber puesto una versión acústica, porque era diferente. Y “She’s a business” la creó el productor en base al riff que yo toco en el blues “He’s dead/ She’s alive”: tomó el riff y creó el track por las suyas de un modo rockero moderno y cinemático... No le puse un dedo a ese track, aunque me importa un carajo (risas). No me importa si rockea o no, sólo me interesa que me guste. Es probable que por haber sentido que tenía que seguir de cierta manera, cuando tenía 50 y pico mis canciones de rock se pusieron más estúpidas y genéricas, aunque siempre tenía algo en los discos que era realmente bueno... y que generalmente no era rockero. Mi tema favorito en Skull Ring, además del tema del mismo nombre a cargo de los Stooges, era un blues acústico llamado “Til wrong feels right”. En Naughty little doggie hay una canción llamada “Look away”, que habla de Johnny Thunders y Sable Star, una cosita tranquila. Y ahora que noto que me salen mejor esa clase de temas, supongo que me convertí en un viejo decrépito.
—En serio, debe de haber sido algo especial cumplir 60 (ahora tiene 62), porque es difícil imaginarte haciendo un disco como “Préliminaires” hace una década, cuando eras tan rockero.
—Intenté hacer muchas de estas cosas apenas cumplí los 50 con Avenue B, pero no me salió bien porque era demasiado joven para sonar sabio (se ríe). Lo intenté y la gente respondió: “Uh, fuck you, Iggy Pop, no bueno (lo dice en español)”. Ahora es un poco diferente. Por otra parte, supongo que es algo de la naturaleza humana y que probablemente me pase lo mismo que al resto, pero cuando cuando cumplí 50 y cuando cumplí 60, lo primero que hice fue mirar alrededor y decir: “Para un segundo, yo no parezco de esta edad”. Y empiezo a listar todas las cosas que puedo hacer y que otros más jóvenes no pueden, pero hay una voz interior que me dice: “Tienes 60 y eso es así, viejo”. Cuando uno se pone viejo tiene inversiones y cosas así y hoy estaba en la piscina pensando en que muchas de mis inversiones no habrán madurado hasta después de que esté muerto ¡y trataba de decidir cómo me sentía al respecto! Lo que se dice una forma extraña de pensar en la muerte, ¿no?
® Periódico Página 12 (Argentina)