“No hay nada sagrado ni intocable”, esta frase de Íñigo Ramírez de Haro define lo que ha sido su trayectoria en el teatro. Sus obras han causado polémica no sólo por el uso de un lenguaje “inapropiado”, sino por el escarnio al que son sujetas instituciones como la familia, la nobleza y la iglesia.
Siempre preocupado por la búsqueda de nuevas estructuras en los escenarios, este dramaturgo, actor y director español recién estrenó Amén Zim, en Zimbabwe, donde participaron 24 actores locales. Lo curioso es que en los ensayos no se contó con un libreto, todo el material dramático surgió de la improvisación, del uso de objetos y relatos.
“En la representación aparece un mundo maravilloso y contradictorio con la vida cotidiana zimbabwana, que tiene como trasfondo a sus políticos, pastores, policías y prostitutas que se dedican a saquear mentes y bolsillos de la inmensa mayoría”, dice Ramírez de Haro en entrevista telefónica con KIOSKO.
Para este artista, que cambió la profesión de ingeniero aeronáutico por los escenarios, lo más difícil es hacer reír, además, la provocación para él es parte natural del teatro. Un ejemplo: en 2004 su obra Me cago en Dios cimbró a la sociedad española y molestó a la iglesia.
Actualmente en México, en el teatro La Capilla, el grupo Generando presenta una de las obras de Ramírez de Haro: Historia de un triunfador, una farsa, adaptada y dirigida por Emilio Orihuela. El porqué este texto no está situado ni temporal ni especialmente lo explica el mismo autor: “Desde México a Japón, desde Homero al cómic, la ambición es reconocida, disimulada, soñada, admirada… o condenada hipócritamente”.
La mano en la bragueta
— ¿Cuál es su visión del teatro?
— Al oír la palabra teatro o cultura, hay tres sitios donde llevarse la mano: a la pistola, a la cartera o a la boca para taparse el aburrimiento. Yo prefiero la bragueta.
— ¿Ha cambiado su manera de ver el teatro a lo largo de su trayectoria?
— Sí. Al principio creía que lo importante, lo serio, lo dramático era la tragedia. Pronto aprendí que ésta –el género ideal de dictadores, religiosos y dominadores de toda laya porque hace llorar, sufrir y sufrir gusta mucho–, resulta fácil de hacer. Hoy comprendo que lo difícil es la comedia. La risa es lo realmente serio y lo que más molesta a los poderosos.
—¿Qué intención persiguen sus obras para con el espectador?
— El espectador es un ser tarado por las costumbres, las tradiciones, las ideologías, las religiones, los políticos, la familia, la explotación, los medios. Yo pretendo tararlo un poco más para ver si revienta. Es lo que llaman divertirlo.
— ¿Lo quiere provocar?
— La provocación está en el ojo del provocado. No conozco ninguna ficción desde Jesucristo a Lolita que no lo sea.
— ¿Qué quiere que sienta cuando presencia una de sus representaciones?
— Que sienta, básicamente. Y si por unos instantes relaja el esfínter y se caga en las estructuras (Dios, patria, familia, capital), que se quede muy a gustito.
— ¿Su trabajo busca la irreverencia?
— No hay nada sagrado ni intocable (quizás sólo el sufrimiento ajeno y sería motivo de una larga discusión). La irreverencia, concepto muy subjetivo, es lo que ha hecho que las sociedades avancen.
— ¿Qué pasó en 2004 con “Me cago en Dios”, en España?
— Que la derecha, es decir la Iglesia Católica, perdió el poder tras el 11-M y se puso rabiosa. Apareció mi obra y los perros se me tiraron a la yugular, intentaron quemar el teatro, nos pegaron. Es lo que llaman “amor al prójimo”.
— ¿Por qué resultó tan polémica?
— No aguantaron que se oficialice una expresión popular como “Me cago en Dios”, la misma que la represión histórica de la Iglesia ha generado en el pueblo.
— ¿Tuvo noticias de lo que pasó en el estreno en México?
— Que yo sepa no pasó nada y se mantuvo en la cartelera más de un año. Algunos me dijeron en el estreno que si en vez de “en Dios” hubiese sido “en la virgen de Guadalupe”, entonces sí que no salgo vivo de México. Como en España con sus respectivas vírgenes.
— ¿En que momento decidió dedicar su vida a los escenarios?
— Cuando en el último curso de Ingeniería Aeronáutica nos eligieron a tres estudiantes para trabajar en la constructora de aviones Mac Donald Douglas de Estados Unidos. En la víspera de volar lo dejé todo para hacerme actor. Hoy los otros dos son grandes gerifaltes de la aeronáutica mundial. ¿Quién acertó?
— ¿Planea venir a México?
— Tenía pensado ir al estreno de Historia de un triunfador en junio, como estaba previsto, pero al retrasarse por la gripe (virus de la influenza) me coincidió con la obra en Zimbabwe.
— ¿Cuál es su siguiente plan?
— Busco productor para llevar a México mi última obra estrenada en España y que actualmente sigue de gira: La duquesa al hoyo… y la viuda al bollo. Un esperpento sobre la muerte de la duquesa de Medina Sidonia, la más antigua de España, que al morir el año pasado saltó a la prensa su matrimonio, no se sabe si consciente o no, con su secretaria mientras dejaba en la calle a sus hijos.
— ¿Qué opina de que su trabajo sea presentado en México?
— Yo nunca olvido que México es el país número uno en lengua española y eso me hace especialmente exigente. Vengo a todos mis estrenos aquí y quiero que se vean el máximo de mis obras porque creo que se me entiende mucho mejor que en otros países.
Historia de un triunfador hasta el 2 de octubre. Todos los viernes a las 20:30, en el teatro La Capilla, en Coyoacán.