Sin duda Réquiem para un Ángel es un homenaje a la ciudad de México, a sus colonias y personajes; es un reconocimiento a su memoria. Un ajuste de cuentas y una sucesión de dicotomías entre el amor y el odio; es un homenaje al coro de necios “que somos todos aquellos que todos los días pensamos lo mismo: ¡Uta, cómo podría hacerle para no vivir aquí!”.
Jorge F. Hernández, el autor de la novela publicada por Alfaguara, es realista, consciente de que al igual que su novela, el final de ciudad es bastante desesperanzador: “La ciudad de México es una ciudad sin esperanza, eso no tiene nada de malo, así va a seguir otros siete siglos, va salir airosa en el futuro, pero eso no quiere decir que tenga esperanza”.
Luego de 10 años sin publicar, Jorge F. Hernández lanza esta ambiciosa novela sobre la ciudad de México, emulando a Carlos Fuentes con La región más transparente, incluso uno de los párrafos de esa gran novela es uno de los soportes de Réquiem para un Ángel, la historia protagonizada por Ángel Andrade, un hombre que a los 40 años decide convertirse en Ángel Anáhuac y ayudado por sus alas sobre vuela la ciudad como el Ángel de la Independencia. Su fin es salvar a esta urbe de la criminalidad, la basura y la inseguridad.
“La ciudad la hacemos nosotros, eso es lo que estoy diciendo y nosotros no tenemos esperanza; y sin embargo, ve lo que somos, lo que hacemos, cómo cantamos, pintamos y escribimos. La ciudad es una dicotomía, nosotros somos una sucesión de dicotomías”, señala el autor de La Emperatriz de Lavapiés y La soledad del silencio. Microhistoria del santuario de Atotonilco.
Las dicotomías
Como todo habitante de la ciudad de México, el autor la ama y la odia al mismo tiempo. Esa dicotomía lo llevó a escribir está novela que define como un viaje y una aventura de Ángel, un hombre que ama la ciudad a tal grado que cree que la puede salvar, que la puede limpiar, que puede intervenir cuando ve que alguien está siendo robado, que puede corregir la ruta de los microbuses.
“Es como una especie de itinerario de un desahucio, es un réquiem. Es la novela más loca que he escrito y probablemente la más loca que escribiré porque soy mucho más fresa, soy mucho más Pardavé de lo que la gente cree y aquí hay párrafos muy locos; sobre todo, esta es realmente la novela que yo quería hacer sobre la ciudad de México: un retrato íntimo de una dama pública a la que hemos mancillado, maquillado, cortejado, insultado, enamorado, abondonado y traicionado”, apunta F. Hernández.
Hay un homenaje innegable a la mujer que barre la banqueta, a quienes procuran levantar las heces de sus perros, a los entrañables habitantes que siguen comprando pájaros para que canten, a los miles de personas que a lo mejor sintiéndose ángeles no tienen ningún problema en ser demonios, a los que se roban la luz, al que le pega al poste con su coche y se va, al que patea un bote de basura.
Su historia, que comienza el 9 de julio de dos mil y tantos, a unos días de la jornada electoral, es una novela tejida con pronombres; le servían para tratar de abarcar y exponer las dicotomías de la ciudad; están los personajes que la conforman. “Los ricos, los pobres, los olvidados, los que creen siempre tener la razón; mucho mamón, almas buenas, los bajos fondos, las prostitutas y los criminales, están las leyendas urbanas”, señala.