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Mucha historia novelada

Cada semana, una o dos ficciones históricas aparecen en las listas de los libros más vendidos. El gran público está acudiendo a ellas para conocer el rostro humano de los personajes de alta trascendencia
Viernes 20 de marzo de 2009 SONIA SIERRA ssierra@eluniversal.com.mx | El Universal
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Había una vez un Miguel Hidalgo que los libros de historia presentaban como un “ancianito amable de cara dulce”. Había otro, bastante atractivo, brillante, que amaba el teatro —montaba obras francesas en su casa—, hablaba seis idiomas, era virtuoso del violín y tenía, documentados, cuatro hijos. Y había un tercero, que fue el Hidalgo que calló ante las bárbaras matanzas de españoles inocentes en Guadalajara y Valladolid.

Ese otro Hidalgo es el que el novelista Eugenio Aguirre contará en un libro —con título por definir— de más de 500 páginas, que ya entregó a la editorial Planeta y que se publicará en el segundo semestre de este año.

La dimensión humana de los personajes históricos, que no figura en la historias oficial y académica, ha llegado al gran público, a partir de los libros de literatura histórica, cada vez más buscados por los lectores. Lo ratifican cifras que, según el personaje, el autor o el tiempo de publicación, varían entre 10 mil y 100 mil ejemplares de ventas. Cada semana, títulos de ficción histórica se sitúan en la lista de los más vendidos en México.

Para explicar el fenómeno de tantos lectores de novela histórica hay diversos argumentos: porque el país ha cambiado en la última década y se quiere entender más el pasado, porque los lectores ya no se conforman con la manipulada versión oficial, porque el escritor de ficción se puede dar licencias que el académico no, porque la escritura literaria es accesible para las mayorías al contrario de la de muchos historiadores.

“En México hay un público al que le gusta la historia”, afirma José Ortiz Monasterio, historiador, quien contrasta que a esos lectores, cuando fueron niños o adolescentes, les chocaba una historia que pasaba por memorizar fechas y nombres para los exámenes, eligieron aprender del tema.

Aunque encuentra que la producción de novela histórica es cíclica, la editora de Alfaguara, Marisol Schulz, reconoce que en México hay un interés muy fuerte entre los lectores: “Se piensa que a partir de la novela histórica se puede aprender algo de la historia nacional, y aunque es un fenómeno internacional, en nuestro país hay un interés real, verídico. La novela histórica, de una manera diferente de la académica, le hace a la gente participar. En todo caso, son dos géneros distintos, que serían complementarios, uno no tendría por qué suplir al otro”.

Autor de Juárez, el rostro de piedra, el escritor Eduardo Antonio Parra se propuso hace una década crear una novela histórica. Buscó personajes y halló a Juárez, un ser plano, inexpresivo —de ahí la frase “el rostro de piedra”—, de quien se han hecho libros académicos —como la biografía de Ralph Roeder—, pero pocas novelas.

Parra explica que la suya no fue una investigación sistemática, pero que sí se documentó a fondo y leyó todo lo que escribió el propio Juárez. El cuentista defiende el rigor de los hechos que describió: a la hora de hacer ficción, lo que como narrador creó fueron las situaciones referidas a la vida diaria del personal, la gente que lo rodeaba, lo que sentía, cómo reaccionaba ante las adversidades. Se trata, dice Parra, de llevar al lector a respirar la atmósfera de los personajes.

“El presente es un momento que se presta para la novela histórica. A partir de 2000, cuando se cambia la historia con el cambio de gobierno, todos empezamos a querer analizar lo que pasó”.

Parra sostiene que la historia oficial está llena de mitos y leyendas con la intención de “fortalecer al nacionalismo”. “Con Juárez traté de contar la historia como ocurrió, pero falta que se haga con otros personajes: tenemos endiosados a demasiados diablos y señalados como traidores a unos que fueron muy buenos para la historia de México”.

Eugenio Aguirre es autor de títulos sobre personajes de la historia como Gonzalo Guerrero, Victoria e Isabel Moctezuma, y acaba de entregar el manuscrito de Hidalgo; lleva tres décadas creando ficción congruente:

“La verdad histórica, con mayúsculas, no existe —dice Aguirre—. La historia siempre ha sido interpretada por algún investigador o historiador, y las versiones varían mucho. Tratándose de literatura podemos darnos tantas licencias como nos resulten pertinentes, inventar personajes y llenar lagunas que las fuentes no han llenado. Lo que hacemos es crear vehículos de divulgación popular. La gente está acudiendo cada vez más a la novela histórica porque es más amable, placentera, divertida, ligera”.

El novelista Pedro Ángel Palau, autor de una trilogía acerca de Emiliano Zapata, Cuauhtémoc y Morelos, comenta que “quería escribir una novela histórica sin ficción, porque cuando te enfrentas con héroes de esta dimensión hay una responsabilidad histórica que está por encima de la responsabilidad literaria”.

Palau cree que la lectura de las novelas históricas conduce a algunos hacia la biografía u obras especializadas: “Algún lector me dijo: yo no sabía nada de Zapata, leí tu novela y de inmediato busqué el libro de John Womack (la biografía Zapata y la Revolución Mexicana)”.

Aguirre dice que “los historiadores se dieron cuenta de que tenían que escribir bien, en forma amena, no hacer ladrillos”. En ese sentido, destaca la escritura de investigadores y académicos como Friedrich Katz, Jean Meyer, Lorenzo Meyer, Enrique Florescano, Miguel León-Portilla y Eduardo Matos.

Álvaro Matute, doctor en historia y Premio Nacional de Ciencias y Artes, recuerda que la práctica de los novelistas de entrar en terreno histórico es vieja, desde el siglo XIX, y que hubo ejemplos tan destacables como los de Justo Sierra o Vicente Riva Palacio.

“Es erróneo juzgar estas novelas por su valor como historia, aunque debemos exigirles rigor a los novelistas históricos. A menudo a mis alumnos les recuerdo que Gabriel García Márquez en El general en su laberinto estuvo a punto de empachar a Simón Bolívar de mangos, y un colega historiador (Vinicio Romero) le dijo que en ese entonces esa fruta no había llegado a Colombia y Venezuela; fue así como lo empachó con guayabas. El escritor fue riguroso y honrado; otro ejemplo de rigor lo dio Fernando del Paso con Noticias del Imperio que, aparte, está muy bien escrito”.

Matute cree que la novela histórica acercar al público en general a la historia: “¿Cuántos de nosotros no supimos la historia de la Francia del siglo XVII, gracias a Alejandro Dumas?, sin pensar en que íbamos a dedicarnos a la historia”. (Con información de Sandra Licona)

 

 



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