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A los 40 supo de su nostalgia
Luis Humberto Crosthwaite se niega a asumirse como el cronista por antonomasia de la frontera, apenas acepta ser un intérprete de la realidad inmediata. Por su carácter meditabundo, le costó varios años aceptarse escritor, siempre decía que era un simple contador

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Yanet Aguilar Sosa
El Universal
Viernes 20 de febrero de 2009

yanet.aguilar@eluniversal.com.mx 

Luis Humberto Crosthwaite se niega a asumirse como el cronista por antonomasia de la frontera, apenas acepta ser un intérprete de la realidad inmediata. Por su carácter meditabundo, le costó varios años aceptarse escritor, siempre decía que era un simple contador que enfrentaba su personalidad melancólica. “Nací nostálgico y no comprendía por qué lo era hasta que cumplí 40 y tantos años: tenía nostalgia de mi madre original”.

A los 13 años, en plena adolescencia, supo que era hijo adoptivo. En esa etapa en la que los chavos se creen adoptados, Crosthwaite descubrió que en su caso era real, que Aurora, la mujer de 60 años de la que se sabía hijo único, no era su madre biológica, que su progenitora era María. Aunque esa noticia cimbró su vida, esperó 30 años para investigar su origen.

Luego de publicar Instrucciones para cruzar la frontera, el escritor nacido en Tijuana, Baja California, en 1962, entró en un periodo de desgano que ha roto con la publicación de Aparta de mí este cáliz (Tusquets). “Nací nostálgico y sufro depresión”.

Crosthwaite, autor de una narrativa que retrata el lado humano y cotidiano en las grandes ciudades de la frontera, reconoce que hoy asume la vida y sus relaciones familiares de manera distinta. Es un padre más cercano a sus cuatro hijos; llegar ahí requirió un catalizador: buscar a su familia biológica, aunque sólo sabía el nombre de su madre. Descubrió que tenía seis medios hermanos y tres hermanos, pero también encontró el acta de defunción de su madre biológica, ella murió el año que él publicó su primer libro.

Como buen novelista, armó las piezas del rompecabezas de por qué lo regaló su madre. “Creo que mi mamá me utilizó para asegurar el matrimonio con mi padre, un viudo 20 años mayor; mi papá no se quería casar, entonces mi mamá me entregó y le dijo: ‘esto es lo que va a ocurrir si yo sigo teniendo hijos contigo’. Tiempos después mis padres se casaron”.

Esa historia, que tal vez algún día cuente en una novela, no acabó allí, fue adoptado por una mujer que había perdido a sus dos hijos, de 22 y 24 años, en un accidente. “Fui la salvación de mi madre Aurora; ella buscó su recuperación pidiéndole su hijo a la señora que le lavaba y planchaba. El sí de mi mamá biológica no fue inmediato, pero la renuncia fue total, no me buscó”.

Esa búsqueda personal llevó al autor de Estrella de la calle sexta, El gran preténder e Idos de la mente” a guardar silencio y cambiar sus prioridades. “Antes me escondía atrás de lo que escribía, luego voltee a ver a mis hijos y supe que lo más importante eran ellos”.

El columnista de Enlace, semanario en español del diario San Diego Union Tribune y reside en Playas de Tijuana no se considera el cronista por antonomasia de la frontera.

“No puedo ver a la frontera más allá de lo que tengo delante, además soy miope. Soy un cronista de mi propia realidad, lo que está más allá es simplemente una interpretación a través de mi miopía. No puedo ser cronista porque no puedo ser objetivo; yo escribo cuentos, la invención es lo mío; me gusta más ser un intérprete de la realidad, un intérprete medio desquiciado de la realidad”, asevera.

El narrador y periodista que se incomoda ante los reflectores y reniega de los escritores que se consideran autoridades del tema sobre el que ficcionan, llegó a la literatura porque fue hijo único y tuvo que crear su propio mundo interior. Primero se expresó con monitos, dibuja a los héroes de la patria en el momento de su muerte o fusilamiento; luego en obras de teatro protagonizadas por sus compañeros de preparatoria.

Es obsesivo y exigente; cuidadoso, escrupuloso y autocrítico. “No escribo una línea si no la tengo bien pensada”. Su regreso a la literatura, después de seis años de silencio narrativo, lo hizo con Aparta de mí este cáliz, una novela que define como “un poliedro del sueño”, cuyo protagonista es Jesucristo.

 

 


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