“Hoy mandé a todos mis reporteros a volar”, dijo Taibo un domingo, pero no porque estuviera enojado, sino porque todos andábamos de enviados en algún lugar del país. Y se alegraba de que la sección, por fin, estuviera tranquila, sin los sobresaltos de otros días.
Porque diario llegaba puntual, a las 11 de la mañana, a lidiar con reporteros, diseñadores, fotógrafos, dibujantes, en aras de una sección que lo mismo daba cabida al más célebre de los escritores, que al creador incipiente que buscaba dar a conocer su labor.
El que primero llegara al periódico, era quien se ganaba la portada, así que todos corríamos para llegar y contarle la nota que traíamos. Él escuchaba atento, preguntaba, lanzaba alguna broma, y nos daba la cabeza, siempre ingeniosa.
Buscar la nota era la consigna, escudriñar la ciudad, salir a ver lo que ocurría en todas partes. Y así, fue naciendo el periodismo cultural al que dio un sello inconfundible.
“Oye chica, no escribas párrafos tan largos”, “Oigan, el periodismo no es una fábrica de tornillos”, decía mientras alzaba los brazos y movía el bigotillo. Así, entre consejos, sugerencias y bromas, Taibo hacía la sección que marcaría un rumbo.
“Paco”, todos le decían, porque nunca quiso que le hablaran de usted, y su trato afable se extendía a todo aquél que lo visitaba. Los dibujantes eran sus preferidos, a todos abrió sus páginas para publicar sus trazos, aunque la agudeza del Gato Culto siempre fue festejada por muchos compañeros.
Las “Taiboleras” nos decía a quienes integrábamos su equipo, a quienes compartimos tantos días con él, a quienes nos dejó su vocación como herencia. (Patricia Velázquez)