GUANAJUATO, Gto.— Media sala abandona la función al poco rato de haberse iniciado la representación de Tirant lo Blanc del Teatro Romea, grupo catalán, para dar inicio a la programación teatral del Festival Cervantino en su 36 edición.
Los actores de Romea no pueden evitar voltear a su alrededor para ver —incrédulos— que a estas alturas del joven siglo XXI exista un teatro (como el que ellos encarnan) que conmocione, azote, subvierta y confronte de manera radical al público hasta el grado de hacerlo levantarse de sus butacas, porque hay un joven en escena que lleva casi 20 minutos desnudo jugando con sus órganos genitales, al tiempo en que la crítica al catolicismo inquisitivo, a los valores propios de la hipocresía y, de manera general, a la decadencia de un mundo colapsado por la sinrazón, el ansia de poder y la barbarie se torna en una catapulta de reflexión que a nadie deja impávido, pero sobre todo pone en tela de juicio las moralidades al uso.
En México, como en muchos países de Latinoamérica, la vanguardia se volvió una moda representando siempre un discurso de hegemonía esteticista a la que no le importa en modo alguno ir más allá de los estereotipos de la forma, pero siempre y cuando el contenido quedase escondido, cuando no prácticamente nulificado. Forma más que contenido ha acostumbrado a cierto público a entender a la vanguardia teatral como un juguetito inofensivo y vacuo que no sirve sino para el juego barato de las contemplaciones esteticistas o de la palabrería especulativa del academicismo rancio. Teatro Romea ha venido a sembrar la desazón en torno al tema y Tirant lo Blanc constituye una muestra de la vanguardia teatral llevada a su máxima expresión pero no sólo en la forma que echa mano del performance, el multimedia y el carnaval, sino de la provocación ideológica que no deja títere con cabeza y que se vale de un maravilloso y ejemplar equipo de creadores intérpretes para quienes cuerpo y mente, espíritu y materia; actuación, bel canto y danza deben convertirse en un solo elemento para la expresión de la libertad del hombre.
Bajo la dirección de Calixto Beito, la obra de Joanor Martorell (1413-1468) cobra dimensiones de inusitada vigencia. ¿Cómo la obra que marcó profundamente a Miguel de Cervantes Saavedra, y que es el génesis de lo que significará el Don Quijote puede lograr incomodar aún ahora, a tantos siglos de distancia, los espectadores? Sencillo, porque amén de ser una obra dotada de vitalidad no se queda en la mera autocomplacencia discursiva o visual, sino que va más allá de la sensitividad contemporánea, recogiendo su director muchas pautas del instinto revolucionario del artista del siglo XX, emanado sobre todo del cine. Porque en este montaje lo mismo se aprecian el homenaje vívido al Marco Ferrari de La gran comilona (1973), en una secuencia impresionante, que al Fellini de Roma (1972) o al Pasolini de Pocilga (1969) y Saló o Los 120 días de Sodoma (1975). En verdad, nadie debe perdérsela.
(*) Dramaturgo y crítico teatral