Octavio Paz es un hombre aún por conocer. Si bien a una década de su muerte su nombre e imagen son todavía muy identificados, además de que en su obra se encuentran algunas de las páginas de la literatura hispánica contemporánea más conocida en el mundo, la persona, el hombre, todavía es un extraño en varios sentidos.
A falta de la gran biografía sobre el poeta que está por escribirse, hoy contamos ya con documentos que comienzan a descubrir los andamios de su infatigable curiosidad intelectual, que permiten asomarse a sus vicisitudes cotidianas y, por supuesto, revelan también mucho sobre su personalidad.
Jardines errantes. Cartas a Jean-Clarence Lambert 1952-1992 (Seix Barral. México, 2008, 244) es uno de los tres volúmenes con los que distintas editoriales iberoamericanas recordaron al Nobel a diez años de su muerte, publicando correspondencia inédita cedida por Marie José Paz, su viuda. El libro, asequible desde hace unos meses en España y recién en México, no tiene desperdicio.
La recopilación sólo incluye cartas enviadas por Paz a Lambert porque las del poeta y traductor francés se perdieron en el incendio que consumió parte de lo que el mexicano atesoraba en su departamento de Paseo de la Reforma. Es una lástima porque Lambert, “un viejo e inteligente amigo de México”, como el propio Paz lo define en una de sus cartas, es una figura con una obra poética apreciable y un trabajo intelectual en la que ha destacado la pasión por la cultura de este país, que lo convirtió desde muy joven en un valioso difusor de nuestra literatura en Europa.
En un texto “liminar” muy breve, Lambert cuenta el origen de su larga relación con Paz y apenas menciona algunos detalles de la edición que deja varias preguntas en el aire, entre otras: ¿por qué hay años de los que no se consigna ninguna carta (la laguna más grande, entre 1977 y 1984)? Y es que ni Lambert ni los editores aclaran si lo publicado es todo lo que se conserva o si hubo selección. De haber sucedido lo último, ¿qué se omitió y por qué?
El título de Jardines errantes está tomado de un poema de Paz dedicado a Lambert, una metáfora de lo que el poeta definió como “las dos artes supremas de la civilización: el jardín y la conversación”. Así pues, estas cartas son el espacio donde prosperan las ideas y la amistad.
Como en otras correspondencias de Paz ya publicadas, este libro continúa dando información muy valiosa sobre el origen y desarrollo de proyectos que en algún momento se concretaron en poemas, ensayos y aventuras editoriales. Un compañero de viaje de sus inquietudes fue Lambert, en las primeras traducciones al francés de Libertad bajo palabra y El laberinto de la soledad, por ejemplo, y las cartas son una especie de bitácora del avance de sus proyectos a cuatro manos.
Además de confirmarse el rigor que Paz ponía en su trabajo (que ya constaba en la correspondencia con el editor Arnaldo Orfila Reynal), también queda claro que trabajar con él exigía dedicación y mucha paciencia. “Me doy cuenta que lo abrumo y que es más bien difícil trabajar conmigo”, se disculpa el poeta mexicano con su traductor una de tantas veces que corrigió lo corregido o envió un texto nuevo para un libro listo para la imprenta.
Desde el principio, la correspondencia fue más que un intercambio de información y comentarios de trabajo. Paz alude a crisis personales de su amigo francés y al mismo tiempo habla de las propias, es decir, sobre su relación de pareja con Elena Garro y después con Marie Jo. Aunque estos comentarios son pocos y discretos, ofrecen algunas luces sobre ese aspecto de la vida personal de Paz.
El material que ofrece las cartas es tan rico que es imposible resumirlo. Basta adelantar que Paz se sincera acerca de la opinión que tenía sobre el trabajo diplomático, la situación política en México y las revueltas juveniles en el 68.
Para Lambert esa correspondencia sin duda fue una escuela inmejorable sobre México, el oficio de la traducción, de la edición y ante todo de la poesía. Al compartir generosamente la “crónica íntima” de una amistad, ahora también nosotros podemos cortar al menos una flor de esos jardines, aprendiendo algo más de y sobre Octavio Paz.