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Cuando el arte es llevado al extremo

Exhibir a un perro hambriento o comerse a un feto puede sonar cruel, pero el mundo lo es aún más, argumentan creadores que llevan sus obras al límite con el fin de sacudir la conciencia de una sociedad que oscila entre la conmiseración y la hipocresía
Sábado 10 de mayo de 2008 Miguel Angel Ceballos | El Universal

miguel.ceballos@eluniversal.com.mx

ESCENA UNO, MÉXICO: un par de ratas son destrozadas por las potentes cuchillas de una licuadora. La mezcolanza es lanzada a los espectadores y el sobrante es tragado por la autora.

ESCENA DOS, CHINA: Un hombre se sienta a la mesa a comer un feto humano previamente cocinado a la parrilla.

ESCENA TRES, ALEMANIA: Burbujas de jabón se elevan en un museo y estallan al chocar con el público asistente. No son pompas normales. El agua que las forma fue usada para lavar cadáveres en las funerarias.

¿Repulsivo? ¿Asqueroso? ¿Patético? ¿Inmoral? ¿O simplemente arte?

Guillermo Habacuc Vargas, un creador costarricense que se ha hecho famoso internacionalmente porque como parte de una exhibición artística presentó amarrado a un perro callejero y supuestamente lo dejó morir de hambre, considera que vivimos en una sociedad donde las relaciones sociales son extremas y la conveniencia de ocultar lo que somos se revierte en morales que se podrían llamar extremas. “Yo no llamaría al arte extremo si lo extremo es lo que relata”.

Dicha pieza de Habacuc ha despertado tal polémica que algunos autonombrados “defensores de animales” buscan boicotear su participación en la Bienal Centroamericana Honduras 2008, que se llevará a cabo en Tegucigalpa el mes de noviembre. Vía internet, han logrado reunir más de 2 millones de firmas de personas que se dicen indignadas y lanzan una serie de insultos y descalificativos al artista. Habacuc, por cierto, también rubricó la protesta.

“Creo que son muy pocas firmas, tenemos más hipocresía en el mundo. Es más fácil sensibilizarse por un ser virtual que por el miserable de la esquina. Yo ya firmé la petición. Por tradición los artistas firmamos las obras. Este malestar global definitivamente tiene sus raíces en el día a día y se quiere hacer pasar por solidaridad con los otros seres”, argumenta Habacuc.

El uso del cuerpo humano o de animales en piezas de arte no es nuevo, pero sí es cada vez más constante a nivel internacional. En 2003 el artista chino Zhu Yu, quien realizó el acto de comer un feto humano como parte de una acción artística, también introdujo sesos humanos en recipientes para mermelada, en una obra que tituló Cerebro humano enlatado.

En México, el artista Héctor Falcón encontró en su propio cuerpo la obra de arte. Se ha atrevido a tatuarlo con brasa encendida y a agredirlo químicamente para transformarlo en un Proceso anabólico que en 2000 documentó en video y fotografía. Todo esto para criticar la belleza convencional a través del arte.

Un caso harto conocido es el del brasileño Eduardo Kac y su “arte transgénico”. En 2000 creó a la conejita fluorescente Alba con la ayuda de tres especialistas del Instituto Nacional de Investigación Agronómica de Francia. La pieza consistió en introducir al animal una mutación sintética del gen de la medusa, que produce una proteína vede fluorescente.

En 2004, el artista Yoshua Okon creó para una galería mexicana la pieza HCl, que es el símbolo químico del ácido clorhídrico y ayuda a la digestión humana. La obra de Okon consistió en colocar una tubería transparente que atravesaba la galería, a través de la cual circulaba vómito donado por personas con bulimia.

También es importante recordar que el Grupo Semefo, del que formaba parte la mexicana Teresa Margolles, realizó acciones como dejar caer un caballo muerto desde una altura de 20 metros para grabar el sonido que hacía al estrellarse contra el suelo.

En su libro Ante el dolor de los demás (Alfaguara, 2004), la escritora estadounidense Susan Sontag hace una reflexión sobre la relación entre las noticias periodísticas, el arte y el modo en que entendemos las representaciones de desastre.

“Estremecerse frente al grabado de Goltzius titulado El dragón devora a los compañeros de Cadmo (1588), que representa la cara de un hombre arrancada de un mordisco de su propia cabeza, difiere mucho del estremecimiento que produce la fotografía de un ex combatiente de la Primera Guerra Mundial, cuya cara fue arrancada de un disparo. Un horror tiene lugar en una composición compleja —las figuras en un paisaje— que pone de manifiesto la maestría de la mano y la mirada del artista.

“El otro es un registro de una cámara, un acercamiento de la terrible e indescriptible mutilación de una persona real: eso y nada más. Un horror inventado puede ser en verdad abrumador (por mi parte, me resulta difícil ver el espléndido cuadro de Tiziano en el que Marsias es desollado y sin duda cualquier otra imagen con este tema). La vergüenza y la conmoción se dan por igual al ver el acercamiento de un horror real”.



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