Además de plantar, es preciso un manejo forestal integral sustentable y rehabilitar árboles “enfermos”, señalan especialistas.Tras acusar que la reforestación, principal estrategia del programa Proárbol de la Semarnat, es “un evidente fracaso” y que se aplica “sin ton ni son”, Greenpeace exige reorientar la política federal en la materia.
Según un comunicado del organismo, el titular de la Semarnat, Juan Rafael Elvira, admitió que de los 250 millones de árboles plantados en las campañas de reforestación durante 2007, sólo sobrevivirá 10%.
Eso —según Greenpeace— implica una erogación infructuosa de 2 mil 430 millones de pesos. Además, que sólo se reforestarán con éxito 25 mil y no 642 mil hectáreas como había anunciado la dependencia, en tanto la deforestación en México alcanza 600 mil hectáreas por año.
Al respecto, David Cibrián Tovar, de la Universidad Autónoma Chapingo, opina que atacar plagas como el gusano descortezador (que afecta 2 mil de las 56 mil hectáreas de pino y oyamel en la zona de la Monarca, en Michoacán) es tan importante como revertir la reforestación en el país.
Por lo tanto, recomienda identificar y tratar las enfermedades de los árboles, además de extender métodos de reproducción de especies in vitro para potenciar su propagación.
Para combatir algunas, el especialista de la División de Ciencias Forestales de la UACh ha desarrollado un método de “inyección”, mediante el cual los ejemplares son inoculados con sustancias químicas a través del tronco o ramas.
Así, el compuesto inyectado se distribuye eficazmente a través del sistema vascular del árbol tratado (que lleva agua y minerales de la raíz a las ramas), y se evita la contaminación aérea ocasionada por los sistemas tradicionales de aplicación en el suelo o follaje.
Rescate en las urbes
“El árbol rural, en el bosque, tiene un tratamiento de conjunto... (en cambio) en el ambiente construido, dentro del hábitat del hombre requiere una atención diferente”, considera la arboricultora Alicia Chacalo Hilu.
La investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco indica que el árbol es el elemento más notable del paisaje urbano, además de que regula temperaturas extremas, controla la erosión, atrapa contaminantes y permite la filtración de agua pluvial al subsuelo.
Por ello, advierte la necesidad de tratar estos vegetales, lejos de sólo plantarlos sin evaluar efectos, y definir sitios adecuados de plantación, además de evaluar científicamente los que generan riesgo para derribarlos.
En el mismo sentido argumenta Saúl Alcántara Onofre del INAH, para quien el árbol constituye, más que un simple adorno, un ente único que amerita trato especial, sobre todo cuando forma parte de construcciones con valor histórico.
Cita dos ejemplos: los fresnos del centro de Coyoacán (DF) y los olivos plantados por Vasco de Quiroga en el siglo XVI en el ex convento de San Francisco (Tzintzuntzan, Michoacán):
“Son árboles que tienen que tratarse de manera científica, no basados en la inspiración, la intuición o el empirismo”, enfatiza Alcántara, quien advierte que plantar nuevos individuos también amerita análisis minuciosos de suelos y arquitectura.
“A diferencia de las piedras, es un ser vivo, irremplazable. Cuando muere un árbol como El Sargento (ahuehuete en Chapultepec) no lo sustituyes con nada”, subraya el responsable de restaurar jardines históricos como el del ex convento de Churubusco.
Pide evitar la plantación de ficus y eucaliptos en ciudades —ya que sus raíces desbordan el concreto en busca de nutrientes— evitar las malas podas (que para él son “mutilaciones”) e introducir ejemplares acordes con el contexto cultural de cada sitio.
“Para las sociedades precolombinas, árboles como el ahuejote, el ahuehuete, el cedro y el copal eran sagrados; ahora los urbanistas los ven como un adorno o un estorbo”, se lamenta el arquitecto.