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Ulises, a 80 años de una ‘odisea’ teatral

Impulsor de la dramaturgia de vanguardia, el grupo hizo de la casona ubicada en Mesones 42 un foro; hoy el lugar cedido por Antonieta Rivas Mercado está en el abandono
Viernes 04 de enero de 2008 Gonzalo Valdés Medellín* | El Universal

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En Primeros renovadores del Teatro en México (1928-1941), libro esencial, la investigadora Margarita Mendoza López refiere que es Antonieta Rivas Mercado quien ofrece a los jóvenes artistas que forman el grupo Ulises “una de las viviendas de la vieja casona que poseía en la calle de Mesones 42”. Y así, fueron los mismos integrantes de la revista Ulises quienes “con yute como único material” decoraron y adaptaron el espacio en donde se estrenarían obras de Claude Roger-Marx (Simili, en traducción de GIlberto Owen) y lord Dunsany (La puerta reluciente), ambas dirigidas por Julio Jiménez Rueda, los días 4 y 5 de enero de 1928. Luego vendrían otros dramaturgos: Eugene O’Neill, Jean Cocteau, Charles Vildrac y H. L. Lenormand. “... Con el Teatro de Ulises —señala Mendoza López— México tuvo teatro experimental... en él están las raíces de lo que ahora se hace en nuestros escenarios”. De tal manera, México comenzó una nueva ruta en su confirmación como arte vivo.

De una y mil formas, Ulises representó una apertura hacia un teatro de resonancias universales que tocarían —en primera instancia— al teatro experimental, pero al correr los años, también al institucional, al universitario y al comercial. No era un teatro que persiguiera acaparar al gran público, sino acendrar en la necesidad de vencer el color localista y la visión cerrada del nacionalismo arquetípico.

Sus impulsores eran hombres de cultura, animales de teatro que no sólo se reducían a una sola tarea. Es decir, dirigían, adaptaban, traducían, decoraban, escribían, actuaban. Los rigores del teatro les eran particularmente seductores en todos sentidos, descubriendo con ello que el arte dramático requiere de una entrega absoluta y complementaria entre las diferentes especializaciones. Julio Jiménez Rueda, Xavier Villaurrutia y Celestino Gorostiza —amén de actuar— por lo general tomaban las riendas de la dirección de actores como Salvador Novo, Gilberto Owen (ambos ya, aunque jóvenes, eminentes poetas, como Villaurrutia), Clementina Otero, Carlos Luquín, Delfino Ramírez Tovar, Isabella Corona y Lupe Medina de Ortega. María Luisa Cabrera se convierte en mecenas del grupo junto con Antonieta Rivas Mercado, solventando los gastos de la compañía.

En la película Los pasos de Ana, la cineasta Marisa Sistach toca el tema del grupo, a través de la evocación y rescate memorioso de la casa ubicada en Mesones 42. Hoy, a 80 años de la fundación del Teatro de Ulises, y parafraseando uno de los títulos de Villaurrutia, Ha llegado el momento, bien podríamos inferir: ¿habrá llegado el momento —ya— de sacar de su letargo a ese edificio que constituye un patrimonio nacional de indudables artibutos? Desde las primeras investigaciones de Margarita Mendoza López y Antonio Magaña Esquivel, hasta los sorpresivos e inteligentes ensayos e indagaciones de Guillermo Sheridan y Luis Mario Schneider, o las incisivas pesquisas de Vicente Quirarte y Guillermo Vega Zaragoza, la difusión y análisis de lo que significó el Teatro de Ulises dentro de los intereses, búsquedas y propuestas estéticas del grupo Contemporáneos, integrado por creadores de la talla de Villaurrutia, Novo, Celestino Gorostiza, Owen y Rivas Mercado, han venido refrendar, continuamente, la trascendencia de este movimiento que aún ahora cosecha los frutos de su visionario impulso estético en el seno de la cultura mexicana.

Refería Clementina Otero que desde 1926, aquellos entonces jóvenes intelectuales ya se habían propuesto llevar a cabo la gestación de un teatro nuevo, en algún momento. Un nuevo teatro que diera una cara diferente a la establecida y se atreviera a abordar a autores en México —e incluso en América— prácticamente desconocidos, para lo que, desde entonces, el grupo se abocaría a experimentar en petit comité, a puerta cerrada. Y así, de esa inquietud surgió —dos años más tarde— el movimiento escénico de mayor trascendencia vanguardística en la segunda década del siglo XX en México: el Teatro de Ulises, que hoy celebra 80 años de haberse fundado y constituirse parteaguas de lo que sería la vanguardia teatral mexicana por excelencia.

A mediados de los años 90, y poco antes del fallecimiento de la hasta entonces última sobreviviente de Contemporáneos, Clementina Otero, se difundió la noticia de que la casa de Mesones 42 sería remodelada para fungir como centro de actividades culturales, cosa a todas luces entusiasmante, en tanto refrendaba la idea de que en México sí existe una tradición teatral y se puede —con mucho— preservar y fortificar ante los tiempos actuales, en el rescate de su memoria viva y de su trascendencia histórica. Por desgracia, los esfuerzos librados por Otero cayeron en el saco roto de las instituciones y, sin encontrar eco, se fueron al archivo muerto de las propuestas no prioritarias para nuestra cultura. Lástima, porque el rescate de Mesones 42 habría sido el mejor homenaje para quienes cimentaron la vanguardia escénica mexicana del siglo XX y, por cierto, habría constituido una manera muy merecida, para Clementina Otero, la última sobreviviente de aquel feliz, relevante y hermoso momento de nuestro teatro, de recibir un auténtico e insuperable homenaje en vida, ya que —y me lo refirió varias veces antes de morir— esa era una de las grandes ilusiones que la sostenían en pie: “revivir a Ulises, rescatar la casa de Mesones”.

En una de las secuencias del filme de Sistach, luego de que un director se atreve a filmar en las ruinas de Mesones 42, se dice que el inmueble “debería ser rescatado”. Hoy, al parecer esto se ha convertido en una realidad muy lejana de cristalizarse. A casi 55 años del fallecimiento de Xavier Villaurrutia y 35 del deceso de Salvador Novo, no basta con quedarnos en las palabras y las evocaciones, hay que ir a las obras, a los hechos, a la dramaturgia de estos autores, pero también, al rescate de los lugares que fueron primigenias confluencias de lo que hoy gozamos como cultura. Que son patrimonio de nuestra memoria cultural, pero cuyos inmuebles navegan en el polvo del olvido de nuestro siempre agreste Centro Histórico.

¿Acaso será tan difícil para nuestros gobiernos e instituciones abocadas a la preservación de nuestro patrimonio cultural, rescatar a Mesones 42 de ser una bodega de comerciantes del Centro Histórico, una bodega abandonada que guarda parte fundamental de nuestra historia escénica? ¿Cuándo podrá decir la comunidad teatral: “Ha llegado el momento”...? Entre los esfuerzos de Marcelo Ebrard por revitalizar el bien cultural del Centro Histórico de la ciudad de México, bien podría entrar aquel viejo sueño de Clementina Otero, el rescate de Mesones 42, y que hoy, indudablemente, el pueblo y la cultura de México agradecerán.

* Dramaturgo y crítico teatral.



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