sandra.licona@eluniversal.com.mxLA HIGUERA, Bolivia.— ¡Que Dios nos bendiga y el almita de El Che nos acompañe!, es una frase común entre los habitantes de La Higuera, una de las comunidades más pobres de Bolivia, pero que se ha situado en el mapa de la historia porque ahí, hace 40 años, el 9 de octubre de 1967, fue asesinado Ernesto Che Guevara.
La orden la dio la CIA, pero el verdugo fue el suboficial Mario Terán, de las Fuerzas Armadas Bolivianas.
No más de 30 familias viven en La Higuera, donde los únicos atractivos son un busto de El Che, donde reza la leyenda: “Tu ejemplo alumbra un nuevo amanecer”, y la “escuelita” donde fue asesinado el guerrillero, convertida ahora en Museo Comunal y donde lo que sobrevive de aquellos días aciagos son la puerta y tres bancas originales.
Como sea, este recinto, de las pocas construcciones de cemento y con luz, se ha vuelto un lugar de peregrinación para turistas de todas partes para encontrarse con imágenes de la captura de El Che en la Quebrada del Yuro, muy cerca de La Higuera, y de su cuerpo siendo trasladado a Vallegrande en el patín de un helicóptero, la ciudad donde su cadáver fue exhibido en la lavandería del Hospital del Señor de Malta y enterrado en una fosa común cerca de la pista que hace a veces de aeropuerto.
Entre Vallegrande y La Higuera media un camino de casi cuatro horas de terracería y barrancos, a más de 2 mil metros de altura, en el que las señales que conducen al lugar donde fue asesinado El Che son una serie de estrellas rojas. Metros antes de entrar en la comunidad, destaca un pequeño monumento en homenaje a Manuel Hernández Osorio, alias Miguel; Roberto Peredo, alias Coco, y Mario Gutiérrez, alias Julio, fechado el 26 de septiembre de 1967. Todos eran compañeros de El Che a quienes el ejército boliviano mató 14 días antes de capturar al argentino. Ernesto Guevara de la Serna llegó a Bolivia el 4 de noviembre de 1966. El 8 de octubre del siguiente año fue herido y apresado. Sólo estuvo 18 horas en La Higuera, antes de ser asesinado.
En las casas de este poblado, que parece detenido en el tiempo desde hace 40 años y en el que se vive en medio de la nada, no son raros los altares donde destacan tres imágenes: Cristo, la Virgen María y la foto de El Che Guevara; ni tampoco las historias sobre aquellos días de 1967. Todos cobran por contar sus verdades a medias, todos tienen una versión propia de los hechos.
Las llaves de la “escuelita” o Museo Comunal las guarda doña Primitiva Rojas que, dice, tiene a El Che Guevara en su corazón y conciencia. Ella cobra cinco bolivianos (siete pesos) por persona para dar acceso al recinto, donde también destaca un mural realizado por el artista rosarino Rodolfo Mono Saavedra, del 8 de octubre de 2003.
En el marco que hace las veces de puerta de entrada y salida del Museo Comunal se puede leer: “Por esta puerta salió un hombre hacia la eternidad”: hace 40 años el guerrillero argentino fue asesinado, pero nació entonces su mito, el mito de El Che Guevara.
Entre el mito y la canonización
Para llegar a Vallegrande “se dejan los riñones” en el asiento trasero de una camioneta y se viaja “con el Jesús en la boca” por siete horas, las mismas que hay entre este municipio y Santa Cruz, la segunda ciudad boliviana en importancia después de La Paz, y luego de recorrer un laberinto de caminos y estrechos, en el que se puede chocar con cualquier camión o vaca extraviada.
En Vallegrande también se cree en el almita de El Che y hay misas todos los días dedicadas a “San Ernesto”.
Esta ciudad, que busca su independencia y es opositora al régimen de Evo Morales, tiene 25 mil habitantes, de los cuales sólo 6 mil viven en la zona urbana. Hablan español, aunque su lengua madre es el guaraní y el quechua. Ahí se ubica un pequeño espacio que hace las veces de museo, donde hay copias de fotos de la captura de El Che, y una réplica del lavadero donde fue depositado su cadáver. Pero la lavandería original y la pequeña bodega que hizo las veces de morgue todavía existen en el Hospital de Nuestro Señor de Malta. El lavadero se mantiene intacto, con la diferencia de que ahora sus paredes están grafiteadas y con cientos de mensajes amistosos, consignas sociales y frases de compromiso, en distintos idiomas.
Aquel 9 de octubre de 1967 desfiló todo el pueblo ante el cadáver de El Che, como si fuera un velorio no anunciado, una especie de peregrinación.
En el Hospital de Nuestro Señor de Malta hay más de 30 médicos, todos cubanos, vienen año con año desde 1995, tras el hermanamiento de Vallegrande y Santa Clara en Cuba, aunque a nivel nacional existen mil 500 médicos dando atención a los bolivianos.
En el número 162 de la calle Señor de Malta vive la enfermera Susana Osinaga. Su casa también es lugar de devoción. Ella limpió el cuerpo de El Che antes de ser sepultado en una fosa común, y lo hizo por órdenes del entonces director del hospital, José Martínez Caso, quien ya murió. Susana dice que lo más impresionante de aquella experiencia, “eran los ojos abiertos del guerrillero. No sentí miedo, sino pena de ver así al hombre”. Ella es una mujer humilde. Cobra por entrevista 25 dólares (273 pesos). Tiene 74 años y se jubiló hace 20. Vive con sus dos hijos adoptivos.
En las afueras de la ciudad se ha construido un mausoleo en honor de El Che, una estructura que rompe con la armonía modesta del resto de las viviendas, y cuya construcción estuvo a cargo de ocho personas, todas a las órdenes del coronel cubano Emilio Morales. El edificio se levantó para cubrir la fosa común en la que fue enterrado hace 40 años El Che junto con otros seis compañeros. Los últimos días de El Che en Bolivia se convirtieron en los primeros de la vida de un personaje que habría de convertirse en mito.