cultura@eluniversal.com.mxMADRID.— Hace unos meses el escultor Javier Marín (1962, Michoacán) recibió la noticia de que lo habían elegido para realizar una instalación en la fachada de uno de los edificios más bonitos y emblemáticos de Madrid: la Casa de América. En uno de sus viajes a México, Imma Turbau, la directora del Ateneo, conoció su obra y decidió dar al joven escultor mexicano la oportunidad de mostrarla a los habitantes de esta ciudad.
Emocionado con el proyecto, al imaginar el espacio desde la ciudad de México donde reside, Marín decidió que lo mejor era crear una instalación formada por dos chalchihuites (piedras preciosas) que simbolizan dos gotas de sangre, pero también los dos ojos de Tláloc, dios de la lluvia. “En muchas de las fachadas de los templos dedicados a Tláloc aparecen estos ojos”, contó ayer en entrevista con EL UNIVERSAL momentos antes del montaje de la obra. “Así que me parecía interesante sobreponer la fachada prehispánica del templo dedicado a Tláloc, en la fachada neoclásica de la Casa de América”, añadió.
La instalación, que lleva por título Chalchihuites. Dos gotas de agua, está formada por dos gliflos de cinco metros de diámetro que contienen moldes con trozos de figuras humanas, ensambladas con alambres. Ambas piezas están colocadas en la fachada principal de la Casa de América, y pese a que son enormes, los 20 metros de altura de la fachada hacen que parezcan dos pequeños ojos que miran al espectador.
Toda la obra, que su autor tardó seis meses en hacer, está realizada con resina poliéster “que tiene la cualidad de que es traslúcida y al iluminarla parece fuego, sangre”, según Marín.
Para el escultor, la resina es uno de sus materiales favoritos, pero en otras de sus obras también utiliza el amaranto, la carne seca, los pétalos de flores, la tierra o el tabaco. “Me gusta mezclar la resina con algún material orgánico como la carne seca, con el afán de enriquecer el material, de darle calidez y un acabado más bonito”, señaló. “Además, me parece muy interesante el hecho de que el amaranto se usaba para hacer esculturas comestibles en el México prehispánico. Los aztecas hacían sus ídolos para las ceremonias, mezclaban el amaranto con miel y con eso modelaban sus ídolos, los llevaban a la ceremonia y al final se los comían. Era un acto de comunión parecido al cristiano”, explicó. Además, el amaranto es un material muy ligero que da a la obra el aspecto de limpio”, añadió.
Sobre el objetivo de su obra, Marín explica que lo que busca es que la gente que la vea complete la pieza. “Tiene múltiples significados pero yo lo que quiero es que la gente hable de la obra, se cuestione cosas y saque sus propias conclusiones”, aseguró.
Dado su enorme tamaño, cada glifo pesa mil 500 kilos, la pieza viajó desmontada y en barco, y es posible que antes de regresar al Museo Anahuacalli de México, sea expuesta en las ciudades de Ávila y Salamanca.
Marín también habló de la situación de la escultura en México. “Está de capa caída”, reconoció. “Ahora los jóvenes no quieren hacer esculturas ni pinturas”, dijo. “Hace unos días me contaban que cuando a un chico que trabajaba en la escuela de arte La Esmeralda le dijeron que se metiera al taller de escultura, contestó que no porque ahí uno se manchaba las manos”, relató. “Ahora los jóvenes están metidos en un rollo más conceptual, y también están pegados a la computadora buscando apoyos para sus proyectos para poder trabajar tranquilos”.
Sin embargo, para el artista también es increíble que ahora en México hay muchísimos jóvenes que quieren ser artistas, muchas galerías abiertas y se organizan infinidad de eventos. “Parece que el arte está de moda, ojalá que no sea solo eso, pero lo parece. Y eso está muy bien porque hay muchas propuestas interesantes y serias. En México hay muchas ganas de decir cosas a través del arte”, señaló.
Aunque claro, el escultor también reconoce que son pocos los que triunfan. ¿Qué hay que hacer para triunfar? “Tienen que coincidir varios factores, no sirve solo con tener talento y una propuesta interesante, hay que llegar”, concluyó.