ZAPOPAN, Jal.— El tenor Plácido Domingo fue el primero en restar solemnidad a la gala con la cual festejó sus 50 años de trayectoria y la inauguración del Auditorio Metropolitano construido por la Universidad de Guadalajara (UdeG).
Apareció en el escenario sin esmoquin, vistió traje y camisa en color negro, sin corbata. Llegó dispuesto a cantar, no a decir discursos ni protagonizar protocolos, pero tras elevar una oración con O souverain, de la obra El Cid Campeador, de Massenet, no resistió la tentación y se dirigió a los más de 9 mil asistentes que abarrotaron el foro: “Esta fue la oración de El Cid, al momento de perder una batalla, para darle gracias a Dios por aquello que ha dado en los malos tiempos y sobre todo pidiéndole también para los buenos”.
La sola aparición de Domingo en el escenario borró por completo la errática ceremonia inaugural del auditorio, donde se escucharon abucheos mientras el presidente del patronato del Centro Cultural Universitario, Raúl Padilla López, anunció que la UdeG acordó con la empresa Teléfonos de México cambiarle el nombre al recinto por el de Auditorio Telmex, gracias al pago de 10 millones de dólares. Atrás también quedaron las risas que provocó el discurso de Fernando Guzmán, representante del gobernador del estado, quien se refirió como Ferrería al artista plástico Jesús Reyes Ferreira y le puso nuevo apellido al arquitecto Fernando González Gortazar, a quien llamó Cortázar.
Acompañado de la Sinfónica de Aguascalientes, dirigida con picardía por Eugene Kohn, Plácido Domingo se convirtió en el foco de atención al presentar un programa de arias donde destacó la interpretación de un fragmento de L’Artesiana, de Francesco Cilea, y Wintersturme, de La Valkiria. Alternó con la soprano argentina Virginia Tola, ganadora de Operalia 2000, que fue recibida con desgano pese a su sobresaliente capacidad interpretativa y voz.
Después de un intermedio, Plácido regresó a sus raíces con una serie de zarzuelas. Volvió a tomar el micrófono para romper el protocolo. Recordó que hace medio siglo inició su carrera en el teatro Degollado de Guadalajara. “Esta romanza de Molinos de viento, de Pablo Luna, fue lo primero que canté en el Degollado al debutar a lado de mis padres, y no he vuelto ha cantarla después de 50 años”, y luego recreó el aire melancólicos de “Mis ojos al ver los tuyos”.
Con la zarzuela, Plácido Domingo demostró que mantiene una consistencia vocal, y los tonos altos vistieron la segunda parte del programa. El tenor terminó con la formalidad y se dio la oportunidad de bailar con Virginia Tola en El gato montés, del español Manuel Panella. Domingo sonreía con picardía y estableció un juego de seducción mientras cantaba. “Gracias por su entusiasmo”, dijo antes del encore donde incluyó “Júrame”, de Consuelito Velásquez, y “Granada”, de Agustín Lara.
No se apagaron las luces. La orquesta permaneció en su lugar. El Mariachi Tamazula desde bambalinas entró en escena con “El son de la negra”. Los asistentes estallaron, jubilosos al ver que Plácido volvía vestido de charro y con un sombrero en la mano. Silbidos y gritos rancheros lo recibieron y acompañaron en “Cocula”, “Guadalajara”, “Esos Altos de Jalisco” y “¡Ay Jalisco no te rajes!”. Recompensa: un largo aplauso de casi cinco minutos que se apagó cuando las luces del recinto se encendieron tras casi tres horas de festejo.