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Cartas flotantes de Frida Kahlo

Con vivo interés y en medio de un silencio matizado por los murmullos, la gente lee pausadamente. Solos o en grupo se acercan, primero con curiosidad, a los documentos, que encapsulados en acrílico penden de un par de alambres sujetos a una estructura que domina todo el techo de la sala

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  • Querido doctorcito...
Martes 14 de agosto de 2007 Juan Solìs | El Universal

Con vivo interés y en medio de un silencio matizado por los murmullos, la gente lee pausadamente. Solos o en grupo se acercan, primero con curiosidad, a los documentos, que encapsulados en acrílico penden de un par de alambres sujetos a una estructura que domina todo el techo de la sala.

Línea a línea se van disipando las dudas, se van abriendo nuevos secretos. ¿Ya viste? ¿Quién es el doctorcito? ¿Dice cielar o celar? Las letras trazan una imagen distinta a la del pincel y en conjunto integran un autorretrato de Frida Kahlo distinto a los que pueblan la Sala Nacional del Palacio de Bellas Artes.

Ahí está la mujer que sortea con humor sus pesares, la adolescente que se dibuja llorando o contenta, la artista convaleciente que narra su dolor y sus dudas, la amiga que posa sus labios con carmín sobre la postal.

Las cartas y postales de Frida Kahlo que integran la última parte de la exposición Frida Kahlo 1907-2007. Un homenaje nacional, que se presenta actualmente en el palacio de mármol, constituyen uno de los pasajes más interesantes para los visitantes de la muestra (más de 350 mil, según cifras oficiales).

Setenta piezas, pertenecientes a 17 colecciones, integran la pequeña muestra, constituida principalmente por la correspondencia entra la pintora y su doctor, Leo Eloesser. La curaduría de la sala estuvo a cargo de un equipo en el que participó Roxana Velázquez, directora del Museo del Palacio de Bellas Artes.

“Son varios documentos, desde que Frida era una joven de 20 años hasta sus últimas cartas —señala Velázquez. La instalación de la sala ha sido un gran acierto. Que el público pueda tocarlas ha provocado una desacralización. Los jóvenes y adultos pueden leer como si ellos fueran los destinatarios.”

Las 21 cartas y postales que Frida le escribió a su doctor y amigo, así como las 23 que él le envió, y que acaban de ser localizadas en los archivos de la Casa Azul (al lado de correspondencia inédita como la que sostuvo con su novio en la preparatoria, Alejandro Gómez Arias), integran además el libro Querido doctorcito. Frida Kahlo y Leo Elosser, correspondencia, recién editado bajo el sello de DGE y Conaculta, y que recupera, en facsímiles, el intercambio epistolar desarrollado entre el 15 de junio de 1931 y finales de 1951.

El tomo será presentado este miércoles, a las 19 horas, en el Museo Frida Kahlo, con la presencia de Carlos Monsiváis, Teresa del Conde, Arnoldo Kraus y Juan Pascoe.

Escribe Monsiváis en su ensayo “Frida, corresponsal”, que la artista “es la creadora de un idioma único, que reelabora los lugares comunes y los traslada a esa atmósfera donde los coloquialismos hacen las veces de fuegos de artificios, y donde se crean sobre las páginas los juegos del ingenio y el desenfado, las revelaciones del dolor y la indignación.”

Si juera papel volara

El recurso museográfico de las cartas flotantes de Frida no es una novedad. La primera vez que se exhibieron al público, en 2004, los documentos colgaron del techo de la Biblioteca Henestrosa, en la ciudad de Oaxaca, tierra de la madre de Frida.

Fredy Aguilar, director de la biblioteca, participó en el equipo que planeó la museografía. Asegura que la idea surgió de una exposición de pájaros creados por el artista juchiteco Francisco Toledo, en donde las aves materialmente volaban sobre las salas.

“No es lo mismo tener una carta en la vitrina, que colgarla y hacerla accesible —afirma. Utilizamos materiales como el acrílico y papel libre de ácido. Había cartas, una postal y un telegrama. La exposición duró tres meses con mucho éxito.”

Antes de estar en el Palacio de Bellas Artes, las cartas se presentaron en 2005 en la Casa Azul, en donde si bien no colgaron, tuvieron una museografía que permitía su lectura por ambos lados.

El destino de las misivas era el aire. Las cartas de Frida con su doctor fueron enviadas por correo aéreo de México, Detroit o Nueva York a San Francisco, hogar del prestigioso cirujano, quien voló con todo y cartas a Tacámbaro, Michoacán, en donde vivió sus últimos 25 años.

Las cartas escritas por Frida quedaron en posesión de Joyce Campbell, viuda del doctor, a la muerte de este último, en 1976. Campbell decidió donar la correspondencia al editor Juan Pascoe, quien a su vez las envió ¡por correo ordinario! a la Biblioteca Henestrosa de Oaxaca para la exposición. En la actualidad, su lugar de resguardo es la bóveda del Museo de Filatelia de la misma ciudad.

La exposición de Frida Kahlo en el Palacio de Bellas Artes termina el próximo domingo, día en que el recinto cerrará sus puertas hasta que el último visitante salga. Se invita al público interesado a asistir, toda vez que difícilmente volverá a reunirse tal cantidad de obra de Frida.



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