No pocas veces, la presencia de Frida Kahlo (6 de julio de 1907-13 de julio de 1954) ha sido objeto de vivisección por parte de los creadores escénicos mexicanos. Recientemente, y acercándose a las celebraciones por el centenario de su nacimiento, varias voces creativas se han levantado, entre ellas Ofelia Medina con Cada quien su Frida (después de haberla encarnado en el filme de Paul Leduc, en 1984, al lado del recientemente desaparecido maestro Juan José Gurrola en el papel de Diego Rivera) y, en un contexto francamente mercantil, Mauricio García Lozano y Ximena Escalante con Unos cuantos piquetitos.Pero sin duda, la primera gran aproximación al mito y a la vida, a la obra de Frida Kahlo, se debe al dramaturgo mexicano Federico Schroeder Inclán (1910-1981) con su excelente pieza Frida Kahlo (1967), que servirá como modelo argumental incluso para la película de Salma Hayek en Hollywood, con el magnífico actor Alfred Molina (paradójicamente, el peor Diego Rivera de que se tenga constancia en el cine y en el teatro). Sin caer en historicismos escleróticos ni manierismos prefabricados, Schroeder Inclán traza con fino impulso los más conocidos pasajes de la vida de Kahlo, engarzando con argucia y eficacia dramática los momentos existenciales más difíciles de la pintora, así como su frenético y apasionado romance con el gran muralista. Frida ha sido representada en innumerables ocasiones por grupos experimentales y estudiantiles, pero hasta la fecha, al ser Federico S. Inclán uno de los dramaturgos mexicanos condenados al olvido y la postergación en este país sin memoria de nuestro pasado escénico, la obra no ha visto un montaje profesional, no obstante lo merezca y sea, indudablemente, una de las mejores de su autor y de las más afortunadas en tratar, desde una perspectiva realista, el tema, y despojada de los retruécanos mercenarios que años después, la llamada fridomanía habría de esgrimir como cliché para no tocar a fondo a Frida.
Otra puesta que marcó un hito en nuestro medio fue la de Abraham Oceransky: Las dos Fridas (1987), escrita por él mismo, en colaboración con las actrices María del Carmen Farías y Bárbara Córcega, quienes interpretaron –soberbias– a Las dos Fridas, aun cuando después también fuesen representadas por Diana Bracho y Zaide Silvia Gutiérrez. Partiendo del cuadro Las dos Fridas, Oceransky creó un montaje que quedó inscrito en la historia de nuestro teatro y a partir de un sugerente manejo del espacio y el tiempo, que desanecdotizaron por completo la historia de Frida Kahlo para ir a la esencia de su discurso como mujer mexicana y a su presencia como personaje indeleble en la historia de México y en nuestra cultura.
Un acercamiento distinto fue la Frida de Claudia Frías, actriz regiomontana que a principios de los 90 crea un espectáculo vivamente mexicano emergido de la biografía escrita por Hayden Herrera. Estrenada en Monterrey, Nuevo León y con una larga temporada en la ciudad de México, esta pieza, sin embargo, sostenía su fuerza en la fiera interpretación de la actriz y productora, así como en su diestro manejo del espacio escénico, pues la tónica un tanto melodramática que plantea Hayden Herrera provocó contrariados ecos, tanto en la crítica como en el público. Hubo noticias incluso de que a la maestra Raquel Tibol le pareció poco grato y poco atinado el espectáculo, por defender éste la postura de Herrera como biógrafa de Kahlo. A pesar de esto, el trabajo de Claudia Frías como actriz, la concreción orgánica de que hacía gala, y la fuerza dinámica del color y la forma de la puesta en escena, colocaron a esta Frida entre los montajes más comentados y celebrados en la segunda mitad de los 90, y a Claudia Frías como una actriz de enormes alcances interpretativos.
En 2006, Unos cuantos piquetitos de Ximena Escalante significó la intención de seguir escarbando en la figura de Frida a través de la reconstrucción del mito. Para ello, la libretista recurrió al pastiche de elementos tanto visuales como tonales, yendo de lo camp a lo francamente pornográfico, para dejar en el vuelco del tiempo y el espacio a una Frida desdibujada, desmadejada, desmembrada y poco humana, tras la búsqueda afanosa del director Lozano por sostener la propuesta en la espectacularidad fatua y en el ensamblaje decorativo, demasiado barato, de la escenografía. Las caracterizaciones repetían ad infinitum a Frida, desde la joven ardiente hasta la anciana (que nunca llegó a ser) que trapeaba el escenario, agotada y humillada, en la interpretación poco sólida de una Angelina Peláez convincente como Frida sólo de las pobladas cejas para arriba.
La explotación comercial de la figura de Frida Kahlo es, tal parece, la tendencia que regirá ahora en torno de la pintora como tema y motivo del escenario. Ya no es la cabal afrenta dramatúrgica de Schroeder Inclán la que proporciona y promociona nuevas pautas intelectivas de la mujer; tampoco esa búsqueda plástica que reconciliaba a Frida con su arte a través del testimonio histriónico de Oceransky, Farías y Córcega, o la instigación emocional, existencial y humana de Claudia Frías. Ahora, Frida Kahlo será el pretexto como recurso para vender.
Es demasiada la reiteración, demasiada la repetición (ad náuseum) de lo mismo y, por ende, demasiada la insensibilidad que provoca el lugar común, al ver convertida a Frida en objeto de mercancía.
Que los nuevos dramaturgos, que las nuevas tendencias en nuestras artes escénicas la rescaten y le soplen el aserrín mercantilista, es en realidad el homenaje que aún está esperando Frida Kahlo para resurgir en nuestros escenarios.
* Crítico y director de teatro