N o bien había desatado las agujetas de mis tenis cuando todos en mi entorno estaban totalmente desnudos. A la orden de Spencer Tunick: "¡Desnúdense ya!", con la velocidad que provoca la adrenalina, me despojé de los tenis y la playera y bajé mis calzones al mismo tiempo que el pantalón. Como uno de los miles de Evas y Adanes corrí hacia la plancha del Zócalo.
El hormigueo que mi estómago experimentó durante las 12 horas previas se transformó en tranquilidad. En ese momento todos éramos iguales, éramos hombres y mujeres que nos mirábamos con respeto. Colores, texturas, olores, tamaños, formas, contornos, todos como parte de una inmensa masa estética y hasta sensual.
"¿Te cortaste las uñas?" "¿Te rasuraste el pubis?" "¿Te pusiste calzones?" "¿No te has arrepentido?", fueron preguntas pertinentes en la espera para entrar en el Zócalo, y cuando permanecimos sentados sobre el asfalto de Plaza de la Constitución. No encontré a alguien que se hubiera arrepentido. Todos transpirábamos emoción que se combinaba en el aire con el suave perfume que usaban algunas mujeres.
Llegó la hora de adoptar la primera posición, la A, que consistía simplemente en estar de pie con los brazos pegados a los costados del cuerpo. Fue el momento adecuado para admirar los tatuajes que muchas chicas llevan en donde termina la espalda e inicia la cadera.
Cambiamos a la posición B -acostados mirando hacia el cielo-, con la cabeza apuntando hacia el asta bandera. Mi espalda sintió el suelo helado mientras mis ojos descubrieron a los cientos de cámaras fotográficas y de video que nos observaban desde los balcones y las terrazas de los hoteles.
La posición C fue la más difícil de las posturas, pues asumimos la forma de una roca con las rodillas encogidas y la cabeza tocando el piso.
Cuando teníamos casi una hora de permanecer desnudos, la idea de no encontrar mi ropa asaltó mi pensamiento.