En la Catedral cerrada, las pinturas de Cristóbal de Villalpando y Juan Correa ocultaban la carne; derramaban imágenes del cuerpo escarnecido: desde los retablos oscuros sangraban los Cristos, los hombres, los santos. Afuera, a sólo unos metros, las ropas habían caído y cerca de 20 mil personas corrían, entre nerviosas y eufóricas, hacia el pedestal de la Plaza de la Constitución. Las vestimentas habían quedado en la calle, abandonadas como si fueran desperdicios: montañas de basura frente al Monte, el Majestic, los portales y el viejo edificio del Ayuntamiento. Parecía que se hubiera derrumbado en un segundo el imperio de Levi Strauss.Dos siglos después de que el virrey Revillagigedo, "para más honestidad y decencia", prohibiera a indios, léperos y mendigos andar desnudos en los paseos públicos; 60 años después de que doña Soledad Orozco de Ávila Camacho ordenara al escultor Olaguíbel colocar calzones a la Diana Cazadora, la historia del pudor hacía una pausa. Se verificaba el primer desnudo multitudinario en la historia del arte en México. Un grito cimbraba el Zócalo:
-¡Norberto Rivera, la gente se te encuera!
A las tres de la mañana, el tráfico estaba desquiciado en las calles del Centro. Ríos humanos se dirigían al corazón de los poderes tradicionales. Llegaban por Madero y por 16 de Septiembre. Unos en auto y otros a pie. Predominaban los hombres. Abundaban los ancianos. Lo mismo había ropas finas, que regulares y corrientes; cuerpos construidos en los aerobics y el gimnasio, y cuerpos a los que no les hubiera caído mal una liposucción. Algunos venían "para que México rompa el récord". Otros, como Mariana, "para ser libre y decidir sobre mi cuerpo". Había universitarios y punks y darketos. Un hombre se abrió paso con su silla de ruedas; al poco tiempo arribaron tres ciclistas. Grupos de muchachas avanzaban sonriendo. "Autógrafos al final", dijo una de ellas a los mirones que ocupaban los balcones del hotel Majestic.
A las cuatro y media, las vallas que acordonaban el Zócalo se abrieron. Durante las dos horas siguientes un flujo ininterrumpido fue poblando la Plaza de la Constitución.
-Esperen y siéntense. Todos cool -se ordenaba desde altavoces.
Lo cool, sin embargo, no es afín a nuestro temperamento:
-¿Qué haces aquí? Dijiste que ibas a la leche, ¿no?
-¿Ya sabe tu vieja que estás aquí?
-¡Que también se encuere Mariagna!
-¡Pero no Beatriz Paredes!
¿Habrán sido así los modelos de Felipe S. Gutiérrez, pintor al que se atribuye el primer desnudo del arte mexicano (1874)? En todo caso, ciento treinta y tantos años después, nuestros compatriotas han aprendido cierta soltura del lenguaje. Y también del cuerpo: cuando Spencer Tunick da la orden esperada, la multitud demuestra que una cosa es estar desnudo (con el cuerpo encogido e indefenso) y otra muy distinta hacer desnudo: esa forma de la naturalidad que se eleva a categoría artística.
Cae la ropa al pavimento, y al abolirse el buen gusto y el mal gusto la especie se uniforma, mientras Tunick aprieta el obturador, y el Sol comienza a calentar, y parece que las musas giran en la plancha. En el pedestal donde Santa Anna pensó alguna vez erigirse una estatua, aparece una escultura en que no existe todo lo que nos distingue y separa.