CARTAGENA.- El Congreso de la Lengua ha convertido las calles cartageneras en un hervidero cultural. Más allá de las discusiones académicas en las que se encuentran enfrascados los expertos en el Centro de Convenciones, "el corralito de piedra" (nombre que alude a la muralla que rodea el centro), es un bazar donde se suceden exposiciones callejeras, representaciones, conciertos y hasta una mini feria del libro.Cualquiera de las puertas de la ciudad augura lo que allí está ocurriendo. Bajo la famosa Torre del Reloj, entrada principal a esa Cartagena antigua de callejones de piedra y coloridas casas balaustradas, inmensas fotografías muestran su transformación.
"¡Cómo se nota el cambio!", dice Mercedes, cartagenera que trabajó toda su vida en un banco. Y no es para menos, la exposición muestra que donde antes había un hospital cuyo edificio quedó abandonado durante 20 años, ahora se erige el Hotel Santa Teresa, uno de los más lujosos y emblemáticos. Y lo que era un mercado de abastos donde el pescado saltaba vivo de puesto en puesto, ahora es el imponente Centro de Convenciones rodeado de agua por dos de sus costados.
Al atravesar la puerta de la Plaza de los Coches, donde carruajes de caballos esperan a los turistas, una monumental escultura sale por la ventana del Museo Naval. Es la obra de la española Alicia Martín, que con 3 mil libros elaboró una figura similar a un árbol de Navidad o un proyectil para "bombardear" con palabras a los visitantes del Congreso.
La Plaza de las Editoriales acoge la tercera Feria del Libro de Cartagena, con carpas instaladas en callejuelas que protegen del sofocante sol y muestran lo mejor de las editoriales de Colombia e Iberoamérica. "Aquí compra gente de todo tipo, mayores y jóvenes. Porque eso de que los jóvenes no leen es mentira", dice Orlando, contratado para atender el puesto de Planeta, donde el más vendido es El olvido que seremos, del colombiano Héctor Abad.
A pocos metros, niños del Colegio Salesiano asisten y participan de la representación callejera del libro Aventura en el Caribe, basado en una serie de Francisco Leal Quevedo. Son los mismos niños que se vuelven locos cuando los invitan a bailar "mapalé", ritmo costeño de raíces africanas.
En el Portal de los Dulces, arcada de piedra refugio de vendedores de dulces cartageneros, cocadas, bolas de tamarindo, muñecas de leche, los reposteros esperan que tanta multitud endulce su paseo: "Todavía no", dice Teresa. "Yo espero que el último día venda algo más".