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Gabo, cual pirata, arrasó Cartagena

Monarcas, presidentes y una muchedumbre lectora, se rinden ante el escritor colombiano y su obra cumbre
<i>Gabo</i>, cual pirata, arrasó Cartagena<i>Gabo</i>, cual pirata, arrasó Cartagena
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Héctor de Mauleón
El Universal
Martes 27 de marzo de 2007

CARTAGENA DE INDIAS, Colombia.- "Acabo de leer Cien años de soledad : una crónica exultante y triste, una prosa sin desmayo, una imaginación liberadora. Me siento nuevo después de leer este libro, como si les hubiese dado la mano a todos mis amigos. He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas de la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar al mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas", le escribió Carlos Fuentes al escritor argentino Julio Cortázar, hace exactamente 40 años.

Al igual que los piratas de los siglos XVI y XVII, que en más de 10 ocasiones devastaron esta ciudad antigua y misteriosa, Cien años de soledad, ese Quijote tropical, arrasó el día de ayer la antigua y misteriosa ciudad de Cartagena: un universo de callejuelas rectas, balcones con balaustradas de madera y faroles proyectándose sobre fachadas antiguas, que se cimbró con el milagro del libro más famoso de los tiempos recientes, con el culto construido alrededor de un escritor que ayer refrendó su calidad de "clásico vivo", homenajeado por delegaciones procedentes de todos los puntos de habla hispana.

En tiempos de Carlos VI, cuando el gobernador Anastasio Cejudo rindió cuenta de la construcción de las gigantescas murallas que cercan esta ciudad, el monarca se sorprendió tanto que quiso mirar desde su catalejo la magnitud de las obras. Hoy, dicen aquí, "el rey de España no se contentó con mirar por el catalejo". Pisó Cartagena, precedido por ministros, académicos y escritores, para constatar el prodigio del libro que ayer aquí fue considerado "el fenómeno más importante en la lengua española después del Quijote".

El barco ebrio

Gabriel García Márquez comenzó a celebrarse desde la noche del sábado, cerrando para sus amigos, hasta las tres de la mañana, el bar El barco ebrio: una ruidosa fiesta decorada con boleros, canciones rancheras y vallenatos, en la que Gabito accedió a cantar y bailar, y en la que "el barco se comportó totalmente ebrio", según confesó el dueño del negocio.

García Márquez diría más tarde que ni en el más delirante de sus sueños había llegado a imaginar lo que sucedió después, cuando, mientras el presidente de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, le entregaba el primer ejemplar de la edición conmemorativa de Cien años de soledad (el primero de una edición de un millón de ejemplares), miles de mariposas amarillas cayeron revoloteando desde el techo del salón Getsemaní, en el Centro de Convenciones, en tanto miles de personas lo ovacionaban de pie.

Ahí estaban sus amigos: Tomás Eloy Martínez, Bill Clinton, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Héctor Aguilar Camín, Ángeles Mastretta. Ahí estaba su esposa, Mercedes, y los presidentes de Colombia, Panamá y Nicaragua. Ahí estaban seis ex mandatarios (como Belisario Betancurt y Julio María Sanguinetti), y había también representantes de las 22 academias de la lengua, que proclamaban "la universalidad" de su obra.

"Que un millón de personas pudieran leer algo que he escrito en la soledad con 28 letras del alfabeto y dos dedos como único arsenal podría parecer a todas luces una locura. Pero no se trata ni puede tratarse del homenaje a un escritor que hoy recibe sonrojado este ejemplar: es la demostración de que hay millones de lectores en lengua castellana, esperando hambrientos este alimento", dijo García Márquez, con voz muy baja.

Mariposas amarillas

García Márquez opacó desde su llegada, a bordo de una camioneta Nissan azul, la ceremonia solemne con que se inauguró formalmente el cuarto Congreso de la Lengua Española. Aunque en la calle la gente no alcanzó a reconocerlo, debido al caos y tumulto que reinaban, en el interior del Centro de Convenciones el escritor atrajo a la multitud a su alrededor:

-¡Gracias por lo que nos has dado, Gabito! -le gritaban.

Ni Álvaro Uribe, ni Bill Clinton, ni los reyes españoles, ni las palabras de César Antonio Molina, al declarar inaugurado el Congreso, provocaron lo que el Nobel desató en el recinto al referir la tortuosa historia de la escritura de Cien años de soledad: los 18 meses de hambre, deudas, incertidumbre, "en los que no dejé de escribir ni un solo día y en los que mi problema más apremiante era conseguir el papel de la máquina de escribir. Hoy me toca levantar la cabeza para asistir a este homenaje que agradezco y no puedo hacer otra cosa que detenerme y ver lo que ha sucedido".

Antes, Tomás Eloy Martínez y Antonio Muñoz Molina habían confesado sus deudas y afinidades con la obra del escritor. Martínez lo llamó "maestro". Muñoz Molina asentó: "El número de lectores que nacieron de ese libro es incalculable". Le tocó a Carlos Fuentes, sin embargo, realizar el homenaje que conquistó al público colombiano por su profusión de anécdotas, los golpes teatrales que lo acompañaron, y la atractiva personalidad del orador.

En un viaje, de camino a Acapulco, recordó, "García Márquez se transformó. Lo miré y me asusté. ¿Qué había ocurrido? ¿Nos habíamos estrellado contra un implacable autobús de la línea México-Chilpancingo? ¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Era culpa de los tacos de cachete y nenepil que comimos en una fonda de Tres Marías? Nada de esto: sin saberlo, yo había asistido al nacimiento de Cien años de soledad, ese instante de gracia, de iluminación, de acceso espiritual, en que todas las cosas del mundo se ordenan espiritual e intelectualmente y nos ordenan: ´Aquí estoy. Así soy. Ahora escríbeme´", leyó.

Estaban por caer las mariposas amarillas que arrancaron sonrisas a Carlos Monsiváis, bañado totalmente por éstas. Estaba por llegar el momento en que Gabo iba a convertirse en rey de Cartagena. Fuentes lo anunció:

-Hoy comienzan los próximos 100 años de Gabo y el primer día del próximo lector de Cien años de soledad.



 

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