El hombre transforma todo aquello que tenga a su alcance en un instrumento musical: una tetera con agua, un bote con nueces, dos patitos de hule, el Palacio de Bellas Artes. Lo importante para el músico brasileño Hermeto Pascoal es hacer música donde sea, como sea, con quien sea.
Pocos minutos después de las seis de la tarde, con una camisa azul estampada y un pantalón tan blanco como la barba y el largo cabello, el maestro Pascoal ingresó en el foro del palacio de mármol donde ya lo esperaban sus músicos haciendo lo que mejor saben. Era la primera de dos presentaciones en el marco del 23 Festival de México en el Centro Histórico.
Uno tras otro fueron llegando los corsarios. Primero el baterista, Marcio Bahía, que apenas se sentó y comenzó a darle duro a los tambores y platillos. Momentos después el bajista Itebere Zwarg se unió a la improvisación, seguido del pianista Andrés Marqués, el percusionista Fabio Pascoal, la guapa vocalista Aline Morena y el saxofonista Vinicius Dorin.
Todos virtuosos músicos que al menos tocan dos instrumentos, todos líderes de otras agrupaciones.
Desde su llegada, Pascoal le da un sentido al festivo caos con el que tocan sus músicos.
El músico se ubica en medio de la agrupación y se acomoda detrás de su teclado, desde donde dirige con gestos y sonrisas, con movimientos del cuerpo y palabras.
En la nave todos saben lo que tienen qué hacer. Si el saxofonista está tocando acompañado del bajo y el piano, el percusionista puede comentar algo con la vocalista. Se salen de cuadro, bromean y a una señal se integran de nuevo. Ocasionalmente voltean a la consola de sonido para dar alguna indicación. Nada está del todo planeado. Saben que con el genio albino en el timón todo puede ocurrir.
Y en efecto, aunque el programa marca las piezas que serán interpretadas, la noche es una caja de sorpresas que, como dice Pascoal, "no pueden ser premeditadas". Una de las más agradables es la versión de una famosa aria de La flauta mágica, de Mozart, que interpretó Aline acompañada de sonidos vocales producidos por sus compañeros.
En calidad de polizón, José Areán, director honorario del Festival de México en el Centro Histórico y flamante director de la Compañía Nacional de Ópera, fue invitado por Pascoal para integrarse a la tripulación. Tomó prestado el bajo eléctrico y, como en sus mejores años con el grupo de rock Bon y los Enemigos del Silencio, le tupió a las cuerdas con fervor en una versión de Las hojas muertas.
Desde su asiento en la segunda luneta, la bailarina Tania Pérez Salas observaba sorprendida la intervención de Areán, que libró la tormenta con solvencia y ante la sonrisa cómplice del jazzista Eugenio Toussaint, quien disfrutó el recital acompañado de su familia.
Areán no sólo se llevó como premio una gran ovación, también un sombrero "a la Indiana Jones" que el capitán Pascoal le obsequió. Eso no fue todo, El Mago traía otro regalo para el público mexicano: una pieza interpretada únicamente con botes y nueces, que fue la locura.
A las ocho de la noche, y luego de un espléndido solo de tetera, la nave había llegado a buen puerto, al festivo ritmo que emitían dos patitos de hule. Fue todo. El maestro salió del escenario con una mano extendida en lo alto y la otra en el corazón.