A RACATACA, Col.- Ya no es una "aldea de 20 casas de barro y cañabrava" erigida en una tierra inaccesible, cuyos habitantes esperan con avidez la llegada de los gitanos; ahora la modernidad se apoderó de este remoto rincón del Caribe colombiano y la casa del telegrafista, donde tantos años trabajó el padre de García Márquez, es un monumento más en la era del ciberespacio.
Ni siquiera se llama Macondo, sino Aracataca, pues el orgullo de sus habitantes llevó el pasado año a desdeñar la propuesta del alcalde para incluir oficialmente el nombre ficticio al real, en un intento por atraer el turismo y un desarrollo que, a pesar del palpable progreso, se resiste a tocar la puerta de este lugar.
Mucho ha cambiado el pueblo que inspiró Macondo y sin embargo todo sigue igual. Desde que la United Fruit Company abandonara la región presionada por las reivindicaciones sindicalistas y la trágica "masacre de las bananeras", tan mágicamente descrita en Cien años de soledad", la bonanza se aleja de Aracataca, como lo hizo de Macondo.
La imponente Sierra Nevada de donde bajan los indígenas y sus conocimientos ancestrales ha visto cómo los 60 kilómetros que separan al pueblo del mar Caribe han ido sustituyendo sus tradicionales plantaciones de banano por palma africana, la cual rinde más y también da mayores utilidades.
"Yo estoy dispuesto a cambiar eso", dice determinado Rafael Jiménez, coordinador de cultura de la Alcaldía, "la política cultural y turística debe ser la nueva escala del desarrollo de este pueblo". Por eso, con más tesón que recursos, se ha dado a la tarea de reconstruir lo poco que queda de la casa donde nació Gabo hasta convertirla en un curioso museo donde el ambiente de la morada de los Buendía pesa más que los pocos objetos exhibidos. Y cuando Rubiela, la guía, comienza a hablar recorriendo con paso tranquilo el famoso "corredor de las begonias", la historia de la familia del autor se enreda tan endiabladamente con la de los Buendía que es imposible distinguir una de la otra.
Además del apellido Iguarán, Gabo le robó a su abuela Tranquilina la fortaleza y dedicación a la familia -que convirtieron la casa en un matriarcado- para crear el personaje de Úrsula.
Al igual que José Arcadio Buendía, el abuelo Nicolás Márquez llegó a la región huyendo de un asesinato después de pagar su deuda con la justicia, para hacer resonar eternamente en la mente del Nobel la frase que marcó su obra: "Tú no sabes lo que pesa un muerto".
El coronel Aureliano Buendía no fue el único que recorrió el país en una guerra absurda donde aún no hay ganadores; el abuelo Nicolás también fue coronel y también recorrió el país, y también regó su semilla allá donde combatió para que, años después, los hijos naturales fueran apareciendo a tocar su puerta y su mujer le gritara, una y otra vez: "Nicolasito ¡aquí viene otro hijo a conocerte!". Afortunadamente la realidad fue más generosa que la ficción y la descendencia del coronel, a diferencia de los 17 Aurelianos marcados de por vida con la cruz del miércoles de ceniza, no fue asesinada, sino que se conservó la estirpe aunque no el apellido.
Nicolás Arias es uno de ellos, primo hermano de Gabo, se mece en la puerta de su casa en cuya fachada ha improvisado una pequeña barra donde dispensa refrescos y poco más, lo suficiente para que los vecinos se congreguen a departir en las calurosas noches del Caribe. "Yo soy flojo para leer", confiesa sin pudor con una pícara sonrisa que ha conservado en sus 70 años de vida; "pero fui a ver a Gabo a Cartagena y me regaló el de las putas, dedicado... Ahí sí me tocó leerlo".
Nicolás no pavonea su parentesco con el Nobel, al revés, evita el tema, pues muchos cataqueros, caprichoso gentilicio que trata de simplificar el complicado nombre de la población, están resentidos con el escritor porque no los visita desde 1982 y piensan que debía de hacer algo por impulsar el lugar. "Yo no discuto", dice Nicolás en tono pausado, "pues me cansaría de escuchar tantas injusticias".
Al igual que Nicolás, muchos de los que se quejan tampoco leen a Gabo, sobre todo los mayores. El adolescente Julio César, que abordó la obra del Nobel primero obligado en el colegio y luego por gusto, tiene una sencilla explicación: "¿Para qué lo van a leer? Ellos ya conocen la historia del pueblo".