"La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla". Esta sentencia incontestable con la que inician las memorias de Gabriel García Márquez, bien puede aplicarse a los 18 meses en los que el escritor colombiano se dedicó a escribir la que para muchos es la más grande novela en lengua española después de El Quijote: Cien años de soledad.La historia que siguió a ese "cataclismo del alma", ocurrido durante un viaje a Acapulco, que le reveló a García Márquez el tono y la forma en que debía escribir un libro fraguado en su mente durante más de 20 años, posee aires tan míticos como los que recorren el universo de Macondo. Pero aunque el propio Gabo relata la versión oficial en entrevistas y un texto publicado en 2001, acaso no esté sólo en su recuento la memoria de ese proceso, sino también en los recuerdos de los entrañables amigos que lo acompañaron durante los meses de gestación de Cien años de soledad.
"Un día, Álvaro Mutis nos invitó a cenar porque nos quería presentar a un amigo colombiano. Esa noche llegó un señor flaquito, flaquito y muy blanco que se llamaba Gabriel, al que Álvaro le dijo: ´Cuenta, cuenta todas esas historias que traes en la cabeza y que un día te vas a poner a escribir´. Gabriel empezó a contar anécdotas que luego aparecerían, muy cambiadas, en Cien años de soledad", evoca María Luisa Elío, esposa del cineasta catalán Jaomi García Ascot, y mujer a la que Gabo dedicó su obra maestra tras ver la estupefacción que le causaba la fábula de los Buendía.
En 1965, García Márquez era autor de unas cuantas novelas, un puñado de cuentos y varios artículos periodísticos que le granjeaban cierta fama en el mundo literario, nada más. "En esos años una generación literaria la constituíamos 10 ó 12 gentes. Gabo se insertó en la que formábamos yo, Sabines, Fuentes, Carballido, Castellanos y Spota", recuerda el crítico literario Emmanuel Carballo, lector privilegiado de los borradores de Cien años de soledad. "Gabo iba a mi casa todos los sábados con adelantos de la novela para que le diera mis opiniones. Es la única ocasión que no tuve que usar el lápiz, como decía Alfonso Reyes, por un lado y por el otro: estaba todo perfecto".
Para poder escribir, García Márquez renunció a sus trabajos en la prensa y la publicidad. A partir de entonces sería Mercedes, su mujer, la encargada de sortear los peligros que acechan a cualquier escritor en ciernes: la renta, la comida, la familia. La compañera de Gabo logró "créditos sin esperanzas" con el carnicero, la tendera y el dueño de la casa de San Ángel donde la pareja vivía con sus dos hijos pequeños. "Gabo mandó hacer una mesa de vil ocote con don Jaime, el carpintero. La pidió lo suficientemente larga para que cupieran, del lado izquierdo, las resmas de papel blanco, en medio, su Smith-Corona, a la derecha las cuartillas que iba aprobando y un cenicero que siempre estaba atestado de colillas", cuenta la publicista y amiga íntima del escritor Bertha Maldonado, que hoy resguarda en una casa de San Jerónimo el tablón de cuatro patas dedicado a sus hijas: "Para Aline e Irene, esta mesa en que se escribió la pinche novela. Gabriel, 1967".
La familia García Márquez tuvo que empeñar el coche, el calentador, la batidora y cualquier objeto que pudieran aceptar en el Monte de Piedad: había días que el futuro Nobel no tenía ni para comprar papel. Fue año y medio de carencias y escritura compulsiva aderezado por innumerables veladas con los amigos a los que rehusaba pedir prestado, pero con quienes compartía los avances de sus intensas jornadas. "Yo pasaba mucho tiempo en casa y Gabo me hablaba a cada rato, me preguntaba: ´¿Así hablan tus tías?, porque las mías hablan así´, u ´Oye, tal personaje se va de viaje, ¿cómo la vestirías?´. Lo comentábamos todo", rememora María Luisa.
Un día, Gabo vislumbró el final de la novela. Eran las 11 de la mañana y no encontraba a nadie para darle la noticia: casi se vuelve loco. Mandó una copia a París para que la leyeran Carlos Fuentes y Julio Cortázar; otra a Mario Vargas Llosa. Opinaron lo mismo que Álvaro Mutis, Emmanuel Carballo y el resto de sus amigos: había escrito una obra que cambiaría para siempre la literatura universal.