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"El gran drama del tercer mundo el analfabetismo científico"

El catedrático dice que hay dos cosas que busca entender, la fisiología y por qué no se dedicó a la medicina, para tener "la casa más grande del barrio"
Domingo 07 de enero de 2007 RICARDO CERÓN | El Universal

H Para Marcelino Cereijido Mattioli, investigador de origen argentino, el analfabetismo científico es el principal drama en los países del tercer mundo, porque no sólo les impide desarrollar la ciencia, sino que incluso, en caso de tenerla, no saben qué hacer con ella.

"A mí que no me vengan con que hay grupos sociales, como los indígenas, a los que no les interesa la ciencia, porque si un alemán o un estadounidense desarrollan una máquina para fabricar ropa a partir de las fibras del henequén, de manera más barata y rápida que a mano, se acaba el empleo para cientos de mayas."

Antiguamente la diferencia entre un rico y un pobre dependía de cuánta plata había en el bolsillo, pero ahora radica en la cantidad de ideas que se tiene en la cabeza.

Incluso Pirincho, como le llaman sus amigos, enfatiza que la ciencia ha provocado la división de la humanidad en dos grupos: "Por un lado, 10%, que se llama a sí mismo primer mundo, inventa, crea, decide, invade y castiga; por otro lado está un 90%, denominado tercer mundo, donde la gente se transporta, comunica, cura y mata con computadoras, vehículos, armas y medicamentos que inventaron y desarrollaron los del primero".

Egresado de la carrera de Fisiología de la Universidad de Buenos Aires, donde fue discípulo del Premio Nobel de Medicina, Bernardo A. Houssay, Cereijido recuerda que ingresó a la licenciatura con la intención de ser cirujano, pero que terminó con la idea de convertirse en investigador.

Por eso ahora, el Investigador Nacional Nivel III, dice tener un doble trabajo. Por un lado, realizar sus estudios en torno de la fisiología y, por otro, entender por qué carajos se metió en la investigación y no optó por seguir la carrera de médico, ya que ellos generalmente tienen a la esposa más linda, el mejor automóvil y la casa más grande en el barrio.

Fue una casualidad, y aún trato de entender por qué me acerqué a ella. Cuando era adolescente vivía en un barrio de clase media en Buenos Aires, donde uno no se preguntaba qué le gustaría ser de grande, sino cómo quería ganarse la vida cuando dejara a los padres.

Elegí Medicina porque tenía contenidos científicos, por ejemplo Biología, y eso me gustaba mucho. Además, quería operar todas las barrigas de los que estaban en mi barrio.

En la carrera de Medicina había una materia que se llama fisiología, la cual me agradaba yo diría que demasiado, tanto que entré posteriormente como profesor de esa materia a la Universidad de Buenos Aires.

Ingresé a la universidad con la intención de ser cirujano y terminé como investigador. Desde entonces tuve dos ocupaciones: una, la fisiología; la otra, tratar de entender por qué carajos me metí en la investigación y no opté por seguir como los médicos de mi barrio, que tenían la esposa más linda, el mejor auto y la casa más grande.

Mira, escribí hace unos años un libro que se llama La nuca de Houssay, donde traté de ver dentro de la cabeza de ese premio Nobel y comprender por qué carajos un personaje de tal prestigio internacional se dedicaba a la ciencia.

Descubrí que, antiguamente, la diferencia entre un rico y un pobre dependía exclusivamente de cuánta plata tenía en el bolsillo, ahora la diferencia radica en cuántas ideas se tienen en la cabeza.

Claro. El verdadero drama de los países del Tercer Mundo es el analfabetismo científico, porque estamos en un planeta donde no quedan muchas cosas por hacer que no dependan de la ciencia. Por eso, aunque ahorita tuviesen dinero para desarrollar la ciencia, las naciones subdesarrolladas no sabrían qué hacer debido a ese analfabetismo científico que padecen.

Si a un pueblo le falta agua, comida, energía o vivienda, sus habitantes son los primeros en reclamar esos satisfactores. Pero si les falta ciencia nadie lo detecta, ni tampoco reclama nada.

Sin embargo, lo realmente grave es cuando un gobernante o director de Conacyt no pone dinero para la investigación científica, no porque él sea malo, como muchos periodistas dicen, sino por que ese individuo no tiene ni la más perra idea de para qué sirve la ciencia.

Mi papá y mi mamá eran analfabetas científicos, como mucha gente, lo cual es malo, pero es más grave que los gobernantes también lo sean, porque muchas veces los políticos hablan de apoyar a la ciencia, pero no lo hacen porque no tienen la más mínima idea de qué es la ciencia ni para qué sirve.

El analfabetismo científico se puede medir incluso por metros. Si usted acude el 7 de agosto a Buenos Aires, podrá ver largas filas para ver a San Cayetano, entonces, si hay cuatro calles de fila, podemos decir que hay aproximadamente unos 10 metros de analfabetismo científico. En contraparte, si visita Suiza ese mismo día, verá que no hay casi gente haciendo fila.

Eso demuestra el gran drama del analfabetismo científico de Estado, porque nos dicen que no van a apoyar a la ciencia porque tienen muchas demandas sociales. Pareciera que primero deben de resolver los problemas y después apoyar la ciencia, ¿pero cómo van a resolver algo si no tienen el más mínimo conocimiento científico?

Está bien, incluso, que los tarahumaras no sepan para qué sirve la ciencia, pero que un secretario de Estado no tenga ni idea... es algo desastroso para el país.

Claro. Durante la Segunda Guerra Mundial, los suizos buscaron refugio en los muchos túneles que hay en las montañas de esa región, para no ser invadidos por los alemanes.

Durante esos años, en lugar de lamentarse por su situación, inventaron una infinidad de productos, como la famosa navaja Suiza, el café y la leche en polvo, así como la sopa deshidratada.

Cuando la guerra terminó, ellos vendieron sus novedosos productos por todo el mundo y ahora Suiza es un país muy rico.

Lamentablemente, en la mayoría de los países de América Latina, cuando se piensa en ciencia, la gente se imagina naves espaciales o virus rarísimos.

La ciencia de varios países, como la que tenemos en México, está cargada de normas burocráticas. Nosotros hacemos ciencia de acuerdo con las necesidades de la contabilidad y eso, obviamente, ha desquiciado a todo el quehacer científico.

Hay un principio de autoritarismo, y la ciencia en ningún país desarrollado se rige de esa manera, porque algo no es verdad o mentira dependiendo de quién lo diga, sino del conocimiento que la sustenta.

Si invitamos a un premio Nobel para dictar una conferencia y algún becario hace una objeción a lo que dice, el científico debe contestarle y explicarle sobre qué bases sostiene su afirmación.

Sin embargo, una gran parte de los científicos de la región no permite que sus becarios les cuestionen los resultados de alguna investigación, pues creen que los laboratorios son suyos.

El autoritarismo en la ciencia provoca situaciones incluso ridículas. Por ejemplo, si el rector de alguna universidad toma una mala decisión y posteriormente se da cuenta, difícilmente la cambiará, porque cree que perdería autoridad.

La religiones fueron muy importantes, de no haber existido religiones no habría ciencia, porque de allí parte el interés de la humanidad por explicarse el medio que nos rodea; pero ahora es el turno de la ciencia para explicar el mundo.



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