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Memorias que se edifican entre libros y arquitectura

Además de ser el constructor de algunos de los inmuebles más importantes del país, su vida y recuerdos están íntimamente ligados a la historia de México y la evolución del DF y las costumbres de sus habitantes
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Ella Grajeda
El Universal
Domingo 24 de septiembre de 2006

La vida de Pedro Ramírez Vázquez, uno de los arquitectos más importantes de México, ha transcurrido en paralelo con la de EL UNIVERSAL.

Este hombre, de 87 años, recuerda su niñez con las caricaturas de Mamerto y sus conocencias, su juventud con la lectura de grandes plumas y su madurez con información que despertaba intensos debates familiares.

"Mi formación fue vasconcelista", señala en entrevista que se realiza en su despacho en Jardines del Pedregal.

Dice que, acostumbrado a la lectura gracias a su padre (quien era tenedor de libros y una persona muy culta) revisaba en las mañanas cada página del diario.

Autor de algunas de las más importantes obras de infraestructura de la ciudad de México, como la Basílica de Guadalupe, el Estadio Azteca, el Museo de Antropología e Historia, la Torre de Relaciones Exteriores en Tlatelolco, el edificio del Congreso de la Unión y el mercado de La Lagunilla, Ramírez Vázquez evoca "cuando se incendió la principal ferretería de México, La Sirena; la noticia de la muerte del general Álvaro Obregón, y los editoriales de la situación política del país.

Apoyado en su bastón recuerda cómo su padre, Juvencio Max Ramírez, lo educó, junto con cinco hermanos, en el ámbito de la lectura de muy alto nivel. "Todas las noches nos reuníamos con la familia para conversar sobre los acontecimientos nacionales".

Su padre trabajaba como contador para una empresa inglesa de seguros que se llamaba La Equitativa; pero con el movimiento de la Revolución Mexicana, muchas compañías cerraron. Entonces se quedó sin empleo. También las embajadas decidieron irse del país y algunos diplomáticos empezaron a deshacerse de sus bibliotecas. "Entonces él se dedicó a adquirir y vender esos libros y así se estableció en las banquetas de la calle de las Escalerillas (ahora Guatemala), donde estaba la librería de Pedro Robredo".

Más tarde, su padre se establece en el mercado de El Volador, que después desaparece para darle paso a la Suprema Corte de Justicia de la Nación. "Nos fuimos a vender a La Lagunilla. Vivíamos en Popotla y tomábamos el tranvía. Mis hermanos ayudaban a bajar los costales con libros mientras Miguel y yo, que éramos los pequeños, corríamos a la calle de Perú para marcar nuestro pedazo de banqueta, pues el que llega primero, es el primero", señala sonriente.

Mientras ellos vendían, Pedro Ramírez leía libros y EL UNIVERSAL. Para ese entonces ya habían cambiado de lugar. Se establecieron en Seminario 10 (actualmente, el acceso al Templo Mayor), donde tenía ya un expendio de libros más formal.

"La ciudad era vivible, con unas líneas de tranvía excelentes. La terminal era el Zócalo, ahí daban vuelta y llegaban hasta Azcapotzalco y después hasta Mixcoac. Las planillas del tranvía costaban 25 centavos y recorría uno, en forma muy fluida, la ciudad", recuerda.

El arquitecto subraya: "Esa era la vida de aquel entonces y, en ese momento, la fuente principal de información era EL UNIVERSAL por su credibilidad y el nivel de sus reporteros... cada reportaje era un editorial. Los reporteros eran gente de una gran cultura, no eran simples cazadores de noticias de impacto, de tragedia o de accidente".

Este hombre, que ahora es padre de cinco hijos, 14 nietos y cuatro bisnietos, también leía junto con sus hermanos todo lo que se publicaba, fuera en contra o en favor del gobierno.

En alguna ocasión -recuerda-, en una cena familiar, uno de sus hermanos, explotó y se expresó muy duramente del general Plutarco Elías Calles. "´Es una tontería clásica de este turco´. De repente mi padre pegó en la mesa y le respondió enérgico: ´Una cosa es la disidencia y otra faltarle al respeto al señor presidente de la República´".

Construir para la gente

Pedro Ramírez Vazquez señala que a través del Rotográfico, una publicación que aparecía en EL UNIVERSAL, se informaba sobre temas de arquitectura.

-¿Cómo fue que se decidió a estudiar esta profesión?

-Gracias a Carlos Pellicer (poeta tabasqueño), quien era mi maestro de historia universal en la secundaria. Él nos hizo una descripción tan interesante de la vida en Atenas que aprendí a ver la arquitectura como un ámbito de convivencia. Pellicer no nos hablaba de estilos arquitectónicos, sino de cómo se vivían los espacios que se construían en el Pireo. Eso me entusiasmó y, cuando decidí inscribirme en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, la primera y única en aquel entonces, empecé a estudiar esta profesión.

Al comunicarle a mis hermanos mayores que iba a estudiar arquitectura, Mariano me dijo "¿Qué? ¿Arquitectura? ¡Esa es una profesión de ricos y no conocemos a ninguno!". Después de explicarle todas las razones que me había dado Pellicer de la arquitectura como creación de espacios, donde vive el hombre y la carencia de esos espacios que había para el mexicano, lo convencí.

Por eso me incliné por esta profesión sabiendo de antemano que el campo de trabajo no eran las grandes residencias, sino las carencias de servicios, de atención social que existían en México y el panorama era muy amplio.

Trayectoria

El currículo de Ramírez Vázquez es extenso. Ocupa varias cuartillas. Destaca el grado de doctor honoris causa otorgado por la UNAM, por la Universidad de Colima y por la UAM. Además fue designado arquitecto de América y ha obtenido premios internacionales por sus obras.

Estuvo al frente de la Secretaría de Obras Públicas entre 1976 y 1982, y se desempeñó como presidente del Comité Organizador de los Juegos Olímpicos de 1968.

Otras de sus obras arquitectónicas son la galería del Museo Nacional de Historia, el Museo Tecpan, el Museo de Arte Moderno, el Centro Cultural Tijuana, el Museo del Templo Mayor, el Pabellón de México en la Exposición Universal en Sevilla 1992 y el Museo en Teotihuacán.

 
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