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La meta: enseñar a valorar los libros
Daniel Goldin Se equivoca cuando dice que defiende a los consumidores. En principio habría que recordarle que los libros no se consumen. Se leen (y después se pueden releer, prestar, comentar). La lectura implica un esfuerzo, un trabajo que requiere adiestramiento, que se facilita cuando antes ha habido un buen acompañamiento, una introducción estimulante. Cualquiera sabe que sólo para los lectores los libros son una auténtica necesidad. Hay muchos otros que los compran por obligación (cuando no los fotocopian) y dejan de hacerlo cuando la obligación desaparece. Pero todos tenemos la necesidad de conocer, imaginar, reír, comunicarnos, pensar o conmovernos. Formar lectores quiere decir saciar y despertar esas necesidades al mismo tiempo. Ese es el sentido de invertir en un País de lectores. El factor precio sin duda es importante en el sistema del libro. Todos los editores lo reconocemos. Si es muy alto, el riesgo es que los libros se queden en el almacén (y a que la ganancia teórica nunca llegue). Si es bajo, el peligro es vender toda la edición y no recuperar siquiera lo invertido. En ese sentido es el propio mercado el que lo regula, no la ambición de los editores. Pero el factor precio no es el único determinante para formar lectores. Mucha gente con dinero no compra libros. Otros están dispuestos a pagar más de lo razonable por acercarse tal o cual libro, sencillamente porque la gente que valora los libros está dispuesta a pagar por ellos. De ahí que el primer objetivo de una política cultural coherente sea justamente hacer que haya más gente que los valore. Es decir, facilitar que haya más verdaderas experiencias de lectura y ámbitos propicios para progresar en ella. No hay ninguna receta mágica para lograrlo. Pero los especialistas coinciden en algunas condiciones: una oferta variada y asequible a precios razonables, y alguien que la presente de una manera inteligente. El precio único estimula que suceda eso de manera integrada. Sanborns ha hecho mucho por ampliar la difusión del libro. En muchas ciudades son los únicos o mejores puntos de venta. Pero Sanborns impone que los libros tengan dos años de publicados. Si todas las librerías funcionaran con ese criterio muchos clásicos habrían acabado en la guillotina. La duración del tiempo de exposición de los libros es un factor que incide en los costos y los costos en los precios. También las tiendas de autoservicio y otros negocios han multiplicado los puntos de venta. Pero su incursión ha debilitado la cadena, no porque vendan más libros, sino porque sólo venden los más comerciales a menudo abatiendo sus márgenes casi a cero. No les afecta pues sus utilidades provienen de otros productos. Si la decisión editorial se valora sólo por un criterio comercial, la oferta tiende a homologarse. Los libros son intercambiables, el trabajo de los autores pierde sentido. La mitad del tiraje termina en pulpa para hacer más papel para hacer más libros prescindibles. A la larga el mercado decrece pues aunque se venda libros no se forman lectores. La experiencia internacional ha demostrado que el precio único es un dispositivo que afecta positivamente en varios sentidos: reduce el precio de todos los libros, no sólo de unos cuantos; facilita que haya más librerías, mejor distribuidas y las incita a competir por la calidad de los servicios y lo adecuado de la oferta. También porque estimula la bibliodiversidad. El precio único no es la panacea para crear un país de lectores. Tampoco lo sería una rebaja generalizada del precio de los libros, ni siquiera su obsequio. Es preciso un esfuerzo múltiple y sostenido, pero sobre todo una visión del sistema. A eso apuntaba la ley que ahora los legisladores tienen que resucitar.
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