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| Cofeco, entre el dogma y la mentira La respuesta de Cofeco a nuestras críticas es de agradecerse porque exhibe claramente una vez más algunas de las trampas y mentiras con las que han enredado a algunas personas, incluyendo a un presidente, señala Alberto Ruy Sánchez
Alberto Ruy Sánchez* 1. ¿De verdad nos invita a argumentar Cofeco? ¿Por qué entonces en reuniones privadas se negó a examinar la evidencia que se le presentó sobre cómo en los países donde se ha aplicado una ley semejante, el precio de los libros estuvo por abajo de la inflación? (Alemania, Francia y España entre otros). Y las comisiones de competencia de esos países lo aprobaron. En un reporte de la Unesco sobre el tema se sostiene que, “en términos generales, el precio del libro en los países con este tipo de controles se mantuvo hasta un 50% por debajo de la inflación. Lo contrario sucedió en los países donde no había control de precios”. Para no ir tan lejos, aquí en México, lo mismo sucede con las revistas, donde se practica actualmente una política generalizada de precio único y los precios al público son benéficos para el lector y por debajo de la inflación. Señor Cofeco, sus trampas mentales no son argumentos. Y no hay uno sólo de los que ha presentado que se sostenga. 2. Dice el estudioso de la mentalidad fundamentalista, L. Kolakowski, que la primera operación del inquisidor en sus textos de condena es acusar falsamente al candidato a la hoguera de atacar un bien que incluso pueda ser el más apreciado por el acusado. Es el método seguido por Calvino para quemar a Servent. Los funcionarios actuales de Cofeco han logrado incinerar esta ley en el cenicero presidencial, acusándola precisamente de actuar en contra de de lo que la ley defiende: el libro y el lector. Y de paso han levantado la enorme y caricaturesca falsedad de que a los avaros editores se les ha ocurrido la peregrina idea de atacar a los lectores para obtener un beneficio. Como si hubiera un solo editor tan incapaz como para no darse cuenta de que, sin lectores, no hay industria editorial. ¿En qué mentalidad cabe semejante aberración? ¿A quién se le ocurre que alguien con dos dedos de frente pueda desear un mundo editorial sin lectores y sólo con editores? Por lo visto, al Presidente, pero se le perdona porque fue orientado por la sabia opinión de Cofeco, cuyos funcionarios no creemos que puedan ser tan ingenuos como para creer eso, simplemente lo usan como argumento inquisitorial: el argumento de la hoguera. *Escritor y editor
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