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Artesano de la literatura

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Sandra Licona
El Universal
Miércoles 12 de julio de 2006

Desde que escribió su novela Luces artificiales (2002), luego vino Ritmo delta y ahora La duración de los empeños simples, Daniel Sada dijo adiós a la prosa medida y optó también por una literatura más urbana, aunque no necesariamente de la ciudad de México, donde radica desde hace varios años.

-¿En qué proceso literario está?

-Después de Porque parece mentira la verdad nunca se sabe yo necesitaba escribir de la urbe, tenía ocho libros dedicados al norte y no quería reciclarme todo el tiempo. Todavìa me cuesta trabajo, yo necesito extrañar las cosas, configurarlas en el tiempo, y la gran ciudad me asalta, no puedo llegar a escribir lo que me pasó en la mañana. No tengo esa urgencia, siento que más que dibujar la realidad en mis libros, lo que yo quiero es descubrir los enigmas de la misma.

-¿Dejar de medir la prosa le dio otro ritmo a su literatura?

-Escribo mucho más rápido, los libros que eran con métrica me costaban más trabajo y además nadie los aprecia, necesita uno gente muy entrenada en los ritmos. Yo inventé un sistema de puntuación para que estos ritmos se apreciaran, pero muy poca gente lo puede detectar.

-¿Sus libros dejaron de ser un reto para el lector?

-Todos mis libros siguen siendo un reto, no sé cómo ser complaciente con los lectores, no puedo prever de antemano los apetitos de los lectores, no sé cómo hacer para que me lean sin que signifique ningún esfuerzo, no sé si mis libros se puedan leer en el Metro, en una cafetería ruidosa, pero lo que sí sé es que yo exijo absoluta atención del lector, màs allá de la métrica o de los ritmos, porque busco los lados oscuros de la realidad, no es una realidad evidenciada a las primeras de cambio, hay que explorar en las situaciones, en los movimientos anecdóticos y en el lenguaje. A mí no me gusta leer lo que vivo, en términos estrictamente literarios, y creo que a los lectores tampoco. Voy a fracasar o a triunfar haciendo la literatura que hago, sin imitar a nadie.

-¿Cuál es la exigencia literaria a la que usted se enfrenta con mayor frecuencia?

-Me cuesta cuatro horas escribir una cuartilla, quisiera tener más agilidad, pero soy terriblemente perfeccionista, quiero meter el mejor combustible a mi literatura, siempre, luego me entra mucha culpa cuando hago las cosas superficialmente, me siento muy mal y quisiera romperlo todo.

 
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