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Cultura
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´Hacienda nos trata como a vendedores de zapatos´

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Alberto Ruy Sánchez*
El Universal
Lunes 11 de septiembre de 2006

España, a diferencia de México, estableció desde hace años una política favorable a la actividad que incluye entre otras cosas tarifas de transporte internacional de la tercera parte. El mismo viaje de libros que a nosotros nos cuesta 100 a ellos 30. Ya ahí tienen una ventaja competitiva que nos impide poner un pie en su mercado y a ellos les facilita dominar el nuestro y el de todo el continente. Además, hay un porcentaje de exención de impuestos sobre la renta para los libros que se exporten de España. Y ahí de nuevo nos aniquilan como competidores desde que el gobierno de Fox (¿debería decir de Gil?) retiró paulatinamente la exención parcial que tenían los libros en México. Al mismo ritmo nuestra industria se ha ido poniendo de rodillas.

Como si todo eso fuera poco para darle fuerza a su industria editorial, el gobierno español se dio cuenta de que era básico tener para sus libros un mercado interno fuerte y, examinando las legislaciones y mecanismos en el mundo que lo hacen posible, instrumentó una ley de precio único en toda España que hizo que se redujera el precio de los libros para los lectores, y que se multiplicara la oferta de títulos y de puntos de venta. España se afianzó entonces como un país de lectores. Y su industria editorial representa una aportación considerable a su producto interno bruto. Y, casi la mitad de sus ingresos se deben al mercado latinoamericano, a nuestra pérdida de competitividad internacional y nacional; y sobre todo por la enorme desventaja con la que participamos en el mercado. En vez de preocuparnos por ello perdemos el tiempo tratando de que los fundamentalistas anticulturales no nos aniquilen, ya no digamos que nos ayuden a pensar en medidas que fortalezcan a México editorialmente. Sabemos que eso es demasiado pedir, que su idea de un México mejor no incluye la cultura. La consideran un lastre. Y los libros que no son best-sellers como un anacronismo, un desperdicio, "un ego trip de los artistas", como me han dicho los fundamentalistas en ataques escritos.

Los Ayatolas del Zapato no pueden entender la naturaleza del libro. No sólo porque la cultura les produce ictericia (son muy sensibles a ella), sino porque el libro viene desde un modo de producción donde imperaba la economía del Potlach, del don. La economía del libro tiene que ver con el exceso. Para los fundamentalistas es un fósil. En poesía, en pensamiento, en filosofía, en temas culturales, no se puede producir solamente para lo que ya se sabe que se va a vender rápidamente. Tiene que haber una oferta de verdad incierta, excedida, que luego encontrará su mercado, tal vez. El tiempo de la cultura escrita es lento y por lo tanto, en términos comerciales "modernos" según, la lógica de supermercado del fundamentalismo, los libros lentos no deberían existir.

Por eso nos está haciendo tanto daño a algunos editores eminentemente culturales una reciente disposición de Hacienda que nos obliga a adelantarle el pago de los impuestos, pudiendo ahora deducir los costos hasta que se vendan los libros y ya no cuando se produzcan, como es más lógico. Perjudicial sobre todo para aquellos que imprimimos libros muy caros para vender hasta en cinco años porque hacer pocos ejemplares es más caro por unidad y después será todavía más caro producirlos. Hacienda nos trata como si fuéramos vendedores de best-sellers hechos en mal papel con mala imprenta -o de zapatos-; y si yo decido imprimir un libro que es de altísima calidad e importante para los lectores pero que seguro se venderá un poco más lentamente que un manualito de dietas que no me interesa editar porque no es mi línea, es la de otros, entonces me encontraré con que, a las dificultades ya grandes para editar ese libro importante y lento -no invendible sino lento- se suma el pie fiscal que nos mete Hacienda a los pequeños editores culturales. Muchos hemos tenido que dejar de lado proyectos rentables pero lentos y estamos realmente con problemas de flujo por esta disposición de Hacienda que trata al libro como salchicha o zapato.

Para esta concepción de la vida, la cultura es una especie de tradicionalismo aberrante: es pensar la vida equivocadamente como una calle donde caminan personas, muy lentamente, a pie al lado de casas a escala humana cuando su sueño urbano es que todo, absolutamente todo, sean segundos pisos para automóviles privados y veloces. Es importante señalar, como lo indica mi ejemplo, que el fundamentalismo anticultural se aloja en todos los partidos. Gil trabajó con presidentes anteriores de otras tendencias partidarias. Presidentes que frenaron sus sueños de forjar el mundo de acuerdo con su dogma. Pero él y su equipo y sus similares fundamentalistas hubieran comenzado sus destrozos desde antes. Y seguramente seguirán en posiciones que se los permitan. El fundamentalismo anticultural encontró en Fox un hombre débil culturalmente, a pesar de estar tal vez bien intencionado incluso en ese tema, que otorga a los neosectarios una credibilidad similar a la que en otros países se tiene en las palabras de fuego de un Imam dogmático. Su veto a la Ley del Libro es prueba de ello.

Desgraciadamente, lo que parece ya historia pasada no lo es. Por ejemplo, el subsecretario aquel que me afirmaba públicamente que un libro es un zapato, figura poderosamente entre los nombres de candidatos a secretario de Hacienda del próximo gobierno.

Y mientras los periódicos y el medio cultural se pregunta quién podría ser designado presidente de Conaculta, lo importante y definitivo para la cultura mexicana será saber con qué mano libre, con qué poder e influencia ejercerán sus dogmas los fundamentalistas anticulturales desde Hacienda y Comercio. Y, sobre todo, ¿qué carácter y convicción podrá tener el próximo Presidente para frenar la barbarie anticultural de los "teólogo-economistas" de su gobierno? Suponiendo que inevitablemente los habrá. Y, repito, están presentes en todos los partidos. Por lo mismo, será muy importante saber qué posiciones ocupan los fundamentalistas anticulturales en las dos cámaras. Quien sea designado presidente de Conaculta tendrá que ser alguien que pueda pedirle con autoridad moral al Presidente del país y al secretario de Educación que le ponga un freno a los fundamentalistas.

¿Por qué sube el precio sin Ley de Precio Único? La situación del libro en México es crítica y angustiante además por las inercias de concentración de capitales que los fundamentalistas defienden. La tendencia contra el libro es mundial, como lo explica claramente André Schiffrin en dos libros básicos que explican esto: La edición sin editores y El control de la palabra, ediciones Era. Menos librerías cada vez, menos editoriales pequeñas. Las que había antes son todas compradas por grandes consorcios cuya actividad principal no es la edición y que exigen de los libros cada vez un mayor rendimiento económico. El resultado, como en México, es que cada vez hay menos variedad de títulos, menos librerías, más ventas en las tiendas llamadas grandes, superficies que monopolizan los best-sellers y que, como para dar grandes descuentos al público, exigen del editor que es su proveedor grandes descuentos, el editor se ve obligado a multiplicar el costo varias veces fijando precios más altos. Con la tendencia actual del comercio de libros, gracias a las tiendas de grandes descuentos, y a la concentración de empresas editoriales, los precios de los libros han aumentado considerablemente. Hace 20 años el costo se multiplicaba por cuatro o por tres. Ahora la mayoría de las editoriales comerciales lo multiplican por ocho, nueve o 10, por lo menos, para obtener las ganancias que su grupo empresarial les exige y dar a las grandes superficies los descuentos inflados que exigen. Libros más caros, menos librerías y menos variedad de títulos. Esa es la autopista de segundo piso que los fundamentalistas sueñan para el libro y lo están logrando.

Por eso, buscando hacer algo urgente y positivo para los lectores y el libro, un amplio grupo ciudadano preocupado por esta tendencia, convocado por Raúl Zorrila, nos reunimos desde hace tres años en un Grupo de Reflexión apartidista, para estudiar las medidas que se han tomado en el mundo y pensar cuáles serían útiles para México. Los más activos se reunieron cada semana desde entonces. Hubo congresos nacionales e internacionales donde se discutió el tema. El proyecto de ley que después se convertiría en la ley discutida y aprobada en las dos cámaras es ejemplar como iniciativa ciudadana y producto de investigación y reflexión.

Su opuesto: la pereza, la falta de investigación y el dogmatismo con el que fue atacada por la Cofeco (Comisión Federal de Competencia), es ejemplar también para la historia que se está escribiendo de este fundamentalismo anticultural. Pusimos a su disposición toda la información y se negaron expresamente a verla. La patología personal, revanchista, incapaz de escuchar razones que demuestren lo simplista de su dogma económico, tendrá que figurar en esa historia del fundamentalismo. Como figura ya la de los originales Ayatolas e Imams en la historia de otros fundamentalismos. Lo absurdo y facilón de los argumentos "cofeco" incluyen mentiras como por ejemplo, que se trata de una ley en contra de librerías como Ghandi. Y algunos voceros perezosos de Cofeco la llamaron "ley antiGhandi", incapaces de investigar por lo menos el punto de vista de los propietarios de Librerías Ghandi que, como es lógico, aprueban, sostienen e impulsan la ley. Como lo ha declarado en múltiples ocasiones León Achar, sabiendo los beneficios que el llamado precio único traería para el público al reordenar el mercado y para reducir el precio finalmente evitando los precios inflados del sistema de descuentos actual. Y lo aprueban precisamente porque más allá del descuento, la competencia, ya con la ley, se centraría en ver quién da mejor servicio librero y variedad y ya no en el precio.

Otro argumento perezoso, tramposo y absurdo de Profeco fue comparar en Amazon el precio de un Quijote en Japón y en Estados Unidos, sin tomar en cuenta todos los factores que entran en esos precios, la poca representatividad de su muestra y otras barbaridades. Un argumento "engañapresidente" o bueno, sólo para convencer a los que ya están de acuerdo con el dogma.

La Ley de Fomento al Libro y la Lectura tiene objetivos muy claros (ver recuadro adjunto) y no fue pensada en contra de nadie sino en favor de los lectores. Pero resultó demasiado preocupada porque la cultura no sucumbiera en el engranaje del mercado de grandes capitales como para no despertar la alergia fundamentalista.

El artículo obviamente más atacado de la ley es el capítulo cuarto, que propone aplicar en México ese mecanismo de límite de descuentos artificiales o de precio único, que ha sido tan benéfico para los lectores en otros países. Y no se trata de países populistas sino capitalistas de primer mundo, pero con una preocupación cultural mayor en sus gobiernos que la de Inglaterra y Estados Unidos. En Francia, España y Alemania, por ejemplo, los precios de los libros, gracias al sistema de precio único, se mantuvieron por debajo de la inflación. Y los puntos de venta se multiplicaron. En Francia, donde había un proceso agudo de desaparición de las pequeñas librerías, cuando se empezó a aplicar la política de precio único había menos de mil. Actualmente hay cerca de 4 mil. Lo contrario sucedió en la industria del disco, donde no se logró implantar el precio único y todas, absolutamente todas las pequeñas tiendas de discos desaparecieron dejando solos a los grandes almacenes en el mercado. En Finlandia, que tenía sistema de precio único para los libros, éste fue retirado brutalmente por sus propios fundamentalistas y muy rápidamente pasaron de 750 librerías a 450 únicamente. En Inglaterra, en cinco años desaparecieron 400 librerías. En México, según la Asociación de Libreros Mexicanos, en tres años ha desaparecido 43% de las librerías mexicanas.

La desaparición de librerías va directamente en contra de los lectores. La Ley de Fomento a la Lectura y al Libro, con su política de precio único ayuda a democratizar el acceso a los libros, lo que significa el acceso a la información y a la educación, al pensamiento tanto como al placer. Es una ley para democratizar al libro en la escala social al reducir el precio a la larga, pero también lo democratiza regionalmente al propiciar la creación de librerías en toda la República con una mejor distribución de puntos de venta que la que tenemos ahora, altamente centralizada.

Los Ayatolas del Zapato, con su afán de polarizar, merecerían estar en el Zócalo gritando mentiras que no se ajustan a la evidencia, negándose a la experiencia. No les importa México, ni los lectores, sino su victoria. Los fundamentalismos se juntan. Y los "cofecos" se han refocilado, en su actitud de "a mí éstos no me van a ganar, los voy a llenar de mentiras". Pero ellos gritan en cambio al oído del Presidente. Y éste los escucha.

Próximamente vamos a ver qué tanto se les escucha en las nuevas cámaras de senadores y diputados, que decidirán si pasa la ley o vence el fundamentalismo.

*Escritor y editor

 
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