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La gran aversiónEscribí esas palabras hace tres años en la introducción de mi colección de columnas, "La Gran Aclaración". Parecía una posibilidad remota en ese entonces: Bagdad acababa de caer ante las tropas estadounidenses y el presidente Bush gozaba de una tasa de aprobación de 70%. Hoy, la gran aversión ha llegado. La encuesta más reciente de Fox News señala que la tasa de aprobación del presidente es de solamente 33%. De acuerdo con la firma de encuestas Survey USA, solamente hay cuatro estados en los que el número de personas que aprueban el desempeño de Bush supera significativamente al número que lo desaprueba: Utah, Idaho, Wyoming y Nebraska. Si definimos como republicanos a los estados en los que la gente apoya a Bush, el Estados Unidos republicano tiene actualmente una población menor a la ciudad de Nueva York. Las principales causas del desplome de Bush en las encuestas son conocidas: su "gran trabajo" al responder al huracán Katrina, la debacle por la prestación de medicamentos con receta y, sobre todo, el atolladero en Irak. Pero centrarse demasiado en dichas causas hace que la caída en desgracia de Bush parezca un accidente, o el resultado de errores específicos. Las cosas son al revés. De hecho, las altas tasas de aprobación que temporalmente tuvo Bush fueron la aberración; el público nunca apoyó su verdadera agenda de políticas públicas. Recuerde que, en el año 2000, Bush ganó apretadamente la Casa Blanca sólo por pretender ser un moderado. En 2004 contendió con base en estrategias de difamación y de temor, además de la premisa de que la victoria en Irak estaba a la vuelta de la esquina. (Siempre he pensado que el momento clave de la campaña de 2004 fue la visita en septiembre de 2004 del primer ministro iraquí, Ayad Allawi, una figura decorativa designada por la administración Bush que recompensó a sus patrocinadores presentando un panorama falsamente optimista de la situación en Irak). La agenda conservadora realmente fue puesta a prueba luego de la elección de 2004, cuando Bush trató de "vender" la privatización parcial del Seguro Social. El Seguro Social era para los conservadores económicos lo que Irak era para los neoconservadores, es decir, un objetivo fácil que creyeron allanaría el camino para mayores conquistas. Y no podía existir un mejor momento para la privatización que el invierno de 2004-05: a Bush le encantaba afirmar que tenía ese "mandato", pues había surgido de la elección; los republicanos contaban con mayorías firmes y disciplinadas en ambas cámaras del Congreso, y varios comentaristas políticos importantes estaban a favor de las cuentas privadas. Sin embargo, la propuesta de Bush sobre el Seguro Social se topó con un sólido muro de oposición pública, y se derrumbó en el transcurso de unos cuantos meses. Y si el Seguro Social no pudo ser parcialmente privatizado bajo esas condiciones, el sueño conservador de desmantelar el estado benefactor no es más que una fantasía. ¿Entonces qué queda de la agenda conservadora? No mucho. No es un pronóstico para las elecciones intermedias. Es casi seguro que los demócratas obtengan ganancias, pero el sistema electoral está arreglado en su contra. Los menos de ocho millones de residentes de lo que queda del Estados Unidos republicano están representados por ocho senadores estadounidenses; los más de ocho millones de residentes de la ciudad de Nueva York deben de compartir dos senadores con el resto del estado. Mientras tanto, una combinación de accidente y diseño dejó a los probables votantes demócratas agrupados -estoy tentado a decir confinados en un "gueto"- en una minoría de distritos congresionales, mientras que los probables votantes republicanos están distribuidos más ampliamente. Como resultado, los demócratas necesitarían una victoria arrolladora en el voto popular -algo así como una ventaja de 8 a 10 puntos porcentuales sobre los republicanos- para tomar el control de la Cámara de Representantes. Esa es una posibilidad real, dadas las encuestas actuales, pero de ninguna manera una certeza. Y está también, claro, la posibilidad real de que Bush cambie el tema bombardeando a Irán. De todos modos, a largo plazo quizá no tenga tanta importancia. Si los demócratas sí obtienen el control de cualquiera de las cámaras del Congreso, y con ello la capacidad de emitir citaciones, en los últimos años de la administración Bush se pondrán al descubierto una serie de escándalos. Pero incluso si los republicanos se aferran a su capacidad para poner obstáculos, es difícil ver cómo podrían revivir su agenda. Entonces, en retrospectiva, la elección de 2004 al parecer fue el punto más alto de una ola conservadora que ahora está retrocediendo.
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