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| El mundo según Guerra |
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Gabriel Guerra Castellanos El Universal Viernes 20 de junio de 2008 |
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El cese al fuego acordado por Israel y Hamas en la Franja de Gaza es sin duda una buena noticia, como lo es toda aquella que signifique un alto a las hostilidades en cualquier conflicto armado, pero también representa para ambas partes el reconocimiento de su propia incapacidad para derrotar a su enemigo. Ahí radica tal vez —paradójicamente- lo esperanzador del acuerdo. Como es ya costumbre cada vez que se anuncia algo bueno en Medio Oriente, la primera reacción es el escepticismo. Y con razón, pues a lo largo de su historia —la reciente, para no meternos hoy en mayores honduras— el conflicto, el encono y el resentimiento van de la mano de la sospecha, la recriminación y el agravio. Con algunas honrosísimas y memorables excepciones, como la de los acuerdos de Campo David en que Israel y Egipto sellaron la paz, la región ha vivido en un estado permanente de tensión y amenaza. En el caso de la Franja de Gaza la situación reciente ha sido particularmente difícil para israelíes y palestinos. Después de su victoria en elecciones parlamentarias, el grupo radical Hamas se fue fortaleciendo y consolidando en el poder a la vez que desplazaba al mucho más moderado Fatah del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abbas. Hace un año las cosas tronaron y los militantes de Hamas expulsaron violentamente a los representantes de Fatah de Gaza, haciéndose con ello del poder absoluto en esa mitad del territorio virtual de los palestinos, siendo la otra la así llamada Ribera Occidental, mejor conocida en español como Cisjordania, en la que Fatah y Abbas mantienen el poder y el control, además de recibir la recaudación fiscal y la ayuda internacional que le son negadas a Hamas por su uso recurrente de la violencia y su negativa a reconocer el derecho de Israel a existir. Desde hace un año Hamas quiso combinar dos actividades que son incompatibles desde cualquier punto de vista, tratando de ser gobierno y autoridad en Gaza, a la vez que se comporta como un movimiento de resistencia armada contra Israel. Esa fallida dicotomía del guerrillero/gobernante condujo a un estado de cosas insostenible en el que efectivos de Hamas lanzaban cotidianamente ataques con cohetes rudimentarios contra objetivos militares y civiles en Israel y ese país a su vez respondía con un bloqueo físico y económico que fue ahorcando gradualmente a los habitantes de Gaza. No obstante la popularidad de Hamas entre la población de Gaza y la percepción generalizada de que su gestión gubernamental es mucho más eficaz y muchísimo menos corrupta que la de Fatah, cada vez se encontraban más lejos de ser un verdadero factor de influencia y peso en la región, convirtiéndose en lugar de eso en un irritante para todas las partes involucradas. A lo largo de un año de tensión creciente ambas partes fracasaron rotundamente: Israel no fue capaz de detener los ataques ni con incursiones militares ni con el bloqueo, mientras que Hamas vio disminuir su influencia en la región a la vez que las condiciones de vida de sus allegados empeoraban día con día, sin que por ello se acercaran a su objetivo de apresurar la creación de un Estado palestino. La imagen internacional de ambas partes se vio negativamente afectada. El cese al fuego representa el reconocimiento tácito de ambos de que las cosas tienen que cambiar. Es significativo que estos dos enemigos mortales hayan aceptado la mediación de Egipto y que en las primeras horas la tregua haya aguantado. Nadie se atreve a predecir cuanto pueda durar, pero el mero hecho de que se haya dado un alto a las hostilidades es motivo de esperanza. Por una rara ocasión, el fracaso de ambos puede significar una victoria para la región. El tiempo dirá.
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