Bucareli
Jacobo Zabludovsky
El Universal

Lunes 02 de junio de 2008



Tolerancia

José Pagés Llergo decía que no deseaba tener amigos políticos, porque la amistad le impedía escribir con libertad sobre ellos, opinar acerca del desempeño de sus cargos públicos, denunciar sus tropelías, exhibir sus torpezas.

Él, que era un devoto de la amistad, anteponía ésta al deber periodístico, a la tentación profesional de ganar una exclusiva a costa de la relación personal cultivada con el cuidado de un tejido de encaje. Durante los muchos años de trabajar en su revista observé cómo, sin dudar un instante, evitaba escribir el mínimo ataque a un amigo, aunque nunca dejó de publicarlo si lo firmaba algún colaborador, cuyos trabajos eran respetados como dogmas.

Practico el ejemplo de Pagés y cuido de no molestar a los pocos amigos que me quedan, pero nunca he sabido reaccionar sin dificultad cuando me encuentro de pronto con alguien a quien no traté con dulzura en alguno de mis comentarios periodísticos. En esos casos procuro parecer frío, actuar con naturalidad, disimular que estoy alerta en espera de algún reproche.

Me ocurrió eso el martes en el aeropuerto Kennedy. Huí a Nueva York al enterarme de que un grupo de conspiradores preparaba un fiestón para celebrar mi cumpleaños número 80. Al abordar el avión de regreso tropecé literalmente con el licenciado Santiago Creel. El instinto de conservación puso en mi memoria el archivo de los despropósitos de que fue mi víctima, desde sus tiempos de secretario de Gobernación hasta los actuales de líder del Senado, pasando por la época fugaz de su precandidatura a la Presidencia de la República. El saludo sin problemas me recordó el estilo de las revistas españolas del corazón cuando hablan de los divorciados: muestran un trato civilizado. Lo peor, que resultó lo mejor, fue que ocupamos asientos de la fila 1, pasillo de por medio. El licenciado Creel sacó su libro y no volví a saber de él. Subrayaba frases enteras, palabras sueltas, al margen escribía notas y signos misteriosos, en carpeta aparte dejaba párrafos más largos. Le pregunté qué leía cuando al aterrizar cerró su libro. Cien años de confusión: México en el siglo XX, de Macario Schettino. Lo elogió con la pasión de un lector entregado, repitiendo algunos conceptos sobre constituciones y episodios de la historia de México. Me interesé, pregunté. Prometió mandarme el libro. Ninguna escena, ningún llanto, simplemente fue un adiós inteligente de los dos.

Al llegar a mi casa, disfrutando aún el milagro de la tolerancia, encontré una carta con el membrete de Vicente Fox Quesada y Marta Sahagún de Fox. Los buenos deseos normales, pero con un agregado manuscrito: junto a “un fuerte abrazo” las firmas de Fox y de su esposa. Después de los Bucareli a ellos dedicados y de las veces que han sido víctimas de mis comentarios radiofónicos, no me esperaba su carta y menos tan afectuosa.

Tampoco la de Felipe Calderón Hinojosa que junto a la anterior estaba. No he sido su rapsoda y sabe que no voté por él. Sin embargo, se presenta con un “Estimado Jacobo” que se agradece como introducción a un párrafo amable con su firma sobre el nombre y Presidente de los Estados Unidos Mexicanos. En el pasado quedaban mis artículos sobre los primeros meses de su presidencia, el proyecto petrolero y los miembros de su gabinete.

Superado también el contenido de la columna sobre el fallo de la Suprema Corte en la controversia de Lydia Cacho con el gobierno de Puebla.

Con la elegancia de los bien educados, el ministro Guillermo Ortiz Mayagoitia, presidente de la SCJN y del Consejo de la Judicatura Federal, a quien por sus cargos estuvieron dirigidos mis dardos, demostró que no le hicieron el menor daño, por lo menos en su ánimo, porque su carta, rematada con un “cordialmente”, borra la preocupación de que algo pudiera enturbiar esa amistad que en mucho aprecio.

Bajo el tambache esperaba otra carta que hube de leer varias veces porque no la podía creer, después de lo que he dicho y escrito de su remitente. Sobre el “Estimado licenciado Zabludovsky” un don Jacobo manuscrito, como para abundar en el respeto. Y al calce, bajo la firma de Juan Camilo Mouriño Terrazo, secretario de Gobernación, de su puño y letra: “Un fuerte abrazo!” Nota: el signo de admiración viene en el original.

Muchas moralejas podrían extraerse de estas cartas, pero me regocijo con una que tiene valor de lección cívica. Cualquiera de los mencionados, personajes que ocupan algunos de los cargos públicos más importantes del país, hubieran podido no enviar carta alguna si se dejaran guiar por el rencor. Obedecieron a un impulso voluntario, lejano a cualquiera obligación, para decir sin palabras a qué grado respetan la opinión ajena, las críticas de un periodista sin más intención que decir su verdad en un México nuevo de opiniones plurales de todo género, textura, matiz y fondo.

Espero que no cambien. Yo no cambiaré. Por lo pronto, a los mencionados en este Bucareli los invito a echarnos un taco y, si quieren, algo menos sólido para celebrar mi fiesta.

Yo pago.



© Queda expresamente prohibida la republicación o redistribución, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL