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Juan Domingo Argüelles El Universal Domingo 25 de mayo de 2008 |
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En la primera década del siglo XX, al referirse a la crítica literaria (a sus propósitos, sus alcances y su utilidad), el joven ensayista y poeta estadounidense Ezra Pound (1885-1972), aconsejaba del siguiente modo a sus colegas tan jóvenes o más jóvenes que él: “Aprende todo el oficio posible a través de un contacto directo con los maestros, y no hagas caso a las sugerencias de aquellos que no hayan producido una obra notable”. Era 1913, Pound tenía 28 años y ya sabía o intuía que la crítica no podía convertirse en una labor de consejeros, ejercida por quienes aún no habían emprendido una obra sobre el género en el que aconsejaban a los demás o bien la habían realizado con escasa o nula fortuna, y aún así se atrevían a aconsejar a los otros cómo escribir mejor o a descalificar la obra de quienes los rebasaban en talento. Por ello, Pound, al igual que otros escritores inteligentes, sabía que la crítica siempre sería mejor si era ejercida por los mismos escritores y no por los que, exclusivamente, hacían “crítica”, pues esto equivalía a que un crítico musical, que nunca hubiese intentado la música o que hubiese fracasado en ella, le dijera a otros músicos cómo componer, cómo interpretar, cómo dirigir, etcétera. La vanidad y la arrogancia de cierta “crítica” rabiosa e intolerante se fundamentan sobre todo en la frustración y el fracaso del crítico como artista. Desde luego, la crítica es un género de la literatura, pero un género ancilar precisamente de los otros géneros. Es un género que, para que cobre sentido, tiene que ejercerse desde la experiencia de la escritura de algún otro género y no exclusivamente desde la sola experiencia de la lectura. En todo caso, el mejor sentido de la crítica es acompañar al lector y señalarle algún tipo de lectura o vía no tan obvia. En uno de sus ensayos sobre los defectos de la crítica, el poeta italiano Giuseppe Ungaretti (1888-1970), contemporáneo de Pound, señala algo importante: “Si la inteligencia juega malas pasadas, se las juega sobre todo a la crítica; a la crítica que, después de examinar una novela o un poema, sale del paso con un significado ideológico, dejando a la novela o al poema con un palmo de narices”. Para Ungaretti (valdría leer o releer sus Ensayos literarios, publicados por la Coordinación de Humanidades de la UNAM, en 2000, con selección, traducción y notas de Guillermo Fernández y prólogo de Carlos Bo), para Ungaretti, decimos, “la crítica no debería tener otra tarea —muy humilde y muy alta, muy difícil y delicada— que ésta: sencillamente la de aprender y enseñar a leer”. Qué difícil resulta, para un crítico que en realidad no practica otro género que no sea la crítica misma, el asumir la humildad de esta tarea, sobre todo cuando cree, como dijo en cierta ocasión Jean Paulhan (citado también por Ungaretti), que su “crítica”, es decir que su quehacer de interpretación es más singular y digna de atención que la misma obra que critica. “Es necesario —acota Paulhan— desconfiar de un juicio que se presta a tal ilusión y a tal contrasentido”. La crítica, por sí misma, no puede aspirar a relevar la obra que critica, y menos aún la crítica de quien habla de una obra escrita en un género que el crítico jamás ha intentado o, si lo ha hecho —peor para él—, ha fracasado rotundamente. Cuando la crítica asume su papel humilde de acompañar la lectura, de divulgarla y de “situarla”, adquiere su verdadero sentido de utilidad. De otro modo no sirve para mucho, sino para que el crítico muestre que odia las obras que él no ha sido capaz de escribir.
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