Estamos de acuerdo
Lilia Merodio
El Universal

Jueves 15 de mayo de 2008



A dónde queremos ir

 Visitar una cárcel es una experiencia devastadora; también observar ese mundo deja  muchas lecciones. Poco queda del sistema creado con la aportación intelectual de gente como el doctor Sergio García Ramírez, que dio origen a los reclusorios norte, sur y oriente del DF.


 Lo primero que uno supone es  que ahí hay personas antisociales incapaces de apegarse a normas de convivencia, pero cuando me entero que los internos viven sujetos a un reglamento y a leyes no escritas de los mismos prisioneros, cumpliéndolas en gran medida porque quien las viola no queda impune, concluyo que sí hay capacidad de apegarse a normas.


Prisioneros de alta escuela comentan que “allá afuera las cosas han cambiado”. Antes robar una cartera sin que su dueño se diera cuenta daba estatus. Un robo bancario limpio era señal de saber “trabajar”. Las armas se usaban como último recurso y casi siempre frente a frente, me comentan esos sentenciados.


Ahora hay en internet blogs con videos y fotos de nuevas generaciones de delincuentes disparando orgullosos armas de alto calibre, pero lo que importa  no es la astucia para burlar la ley, sino la ventaja y la traición contra el bando enemigo. El poder del dinero ha sido sustituido por el poder para atemorizar al rival o a un policía; asesinarlo o dañar a su familia. Así no se compite en la vida, ni siquiera en esos terrenos.


Si espiritualmente  el perdón viene junto al arrepentimiento, en un Estado laico, con un sistema penitenciario humanista como el nuestro que cree en la readaptación, la reinserción social requiere un tratamiento que ya debe cumplirse en las prisiones, pero además de la voluntad del individuo para sujetarse a normas (ya vimos que esa capacidad sí existe), no degradarse al grado de mancharse las manos con sangre. ¿Qué orgullo hay en asesinar con ventaja? Hasta en las guerras hay códigos de honor para no usar más fuerza que la necesaria; las victorias frente a frente dan gloria, y los ataques a traición dan vergüenza.


El Estado mexicano no sólo debe pregonar  su superioridad frente a cualquier poder de facto, también  dbe demostrarlo y generar condiciones de desarrollo para que nadie se justifique de no quedarle de otra y  delinquir. Y la sociedad debe mantenerse unida a rechazar la anticultura de la violencia que hace héroes a seres impotentes de darle tranquilidad  a sus propias familias. Trátese de narcos o de guerrilleros.


En cada sociedad hay de todo, pero no hay que exagerar, porque se rompe el fin último que nos hace humanos y por el que luchamos todos: que es el derecho a convivir en paz y armonía.
A curarnos todos de esa enfermedad de la violencia, la verbal y la de hechos. No hay que autodestruirnos como sociedad y como país admirado, justo cuando  cumpliremos el bicentenario de ser libres e independientes; 200  años de llamarnos México.

*Diputada federal
lilia.merodio@gmail.com



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