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Armando Ramírez
El Universal Jueves 15 de mayo de 2008 |
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La neta del gis y el pizarrón, pizarrón ¿eh?, no pizarrín, como que los maestros de ahora están chafeando: ¿dónde están los magíster que se la rifaban por los chavos de los barrios? Ahora, al profe lo ningunean, ¿dónde quedaron los maestros como los de la escuela Luis G. León, en Peralvillo 54, esquina con Matamoros, en la orillita de Tepito, casi mirando a la unidad habitacional de Tlatelolco, a un paso del Paseo de la Reforma? Antes, en los años sesenta, enfrente de la escuela estaba el célebre restaurant el Correo Español, ahí se asomaba un viejito de camisa blanca y un puro en la boca, le decían señor Hevía; a su lado estaba un jovencito de mirada corta, lentes de fondo de botella y mirada pícara, parecía su hijo.
El director de la Luis G. León decía que ahí llegaban políticos y periodistas, y uno le creía, se decía que el director escribía en EL UNIVERSAL, no lo sé, ya ni de su apellido me acuerdo; se llamaba como su servilleta, Armando, y al lado de la escuela está la galería José María Velasco. Había exposiciones de pintores jóvenes, me acuerdo que ahí el maestro Julio Castillo, leyenda del teatro nacional, ensayaba con su grupo teatral.
Alguna vez llegó a ir a esa galería el maestro Emilio Carballido, enorme escritor teatral, autor de Rosa de dos aromas, o las pequeñas obras de teatro sobre el Distrito Federal. Don Emilio dicen vivía a unas calles de Peralvillo, a veces, lo llegué a ver por la calle de Argentina arribando al barrio, en un auto pequeño, manejado por otra persona, también por acá vivió el maestro Luis Nishizawa, gran pintor.
Bueno, todo esto lo cuento porque en los años sesenta en Tepis se vivía rodeado de grandes maestros como don Panchito Olvera, un genio de la herrería, construía grandes ruedas de la fortuna o había testimonios de grandes maestros, como la casa de Jesús Carranza, donde vivió el famoso maestro José Guadalupe Posada.
O las pláticas de aquel bailarín de la compañía de Ballet Nacional que vendía discos de 33 revoluciones de música para ballet a las puertas del zaguán de su vecindad. Quién sabe por qué perdió sus piernas, se trasladaba en un carrito de madera, y nos contaba sus aventuras en Bellas Artes.
O qué decir del gran maestro del zapato, don Luis Arévalo, o los maestros de la sastrería que de un traje usado lo hacían nuevo, volviéndolo a coser pero ahora por su revés.
Y claro, mi maestro Bertoldo, de tercer año de primaria, nos enseñó a pronunciar a Shakespeare, Shekspier, y no como lo decíamos, Chicaspiare, y nos regaló los célebre libros de José Vasconcelos, libros de pasta verde y siempre nos decía: “Querer es poder”, si se tienen ganas se puede, si no hay ganas vale gorro todo, digo, maestros, qué tanto es tantito.
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