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| Itinerario Político |
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Ricardo Alemán El Universal Jueves 08 de mayo de 2008 |
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La década perdida, la del PRI fuera del poder Pelean “el movimiento soy yo” y “nada personal” Resulta elocuente la gráfica de primera plana que ilustra la entrevista a Carlos Salinas que EL UNIVERSAL ofreció ayer a sus lectores. Evaporados los vestigios de aquel desvalido “villano favorito”, el animal político se ha reconstruido en una suerte de potente y maquiavélico “vengador anónimo”. Bueno, “vengador” a secas. Y lo dice en una y lo repite en las otras entrevistas. No, equívoco perfecto el de aquellos que pretenden ver un asunto personal en su nueva obra. Más aún, de telenovela: “Nada personal”, dice vehemente. ¡Claro! Faltaba más: “lo que importa es el país”, aclara con florituras en el aire. Y si bien es cierto que buena parte del libro del ex presidente está dedicado a documentar —con abundancia de datos duros— lo que él llama “la década perdida”, también es cierto que sólo los ingenuos se tragarán el anzuelo. ¿El anzuelo? ¿Cuál anzuelo? Los dos personajes centrales de la obra, los sujetos de la revisión, el blanco de la crítica y la venganza, son precisamente ellos dos: Zedillo y López Obrador, los feroces adversarios del ex presidente Carlos Salinas en los tiempos en que era el “villano favorito”; tiempos de ex presidente. ¿Por qué parece que es un asunto personal todo lo que escribe Salinas sobre Ernesto Zedillo y Andrés Manuel López Obrador? La historia es larga y ya envejece. La primera parte todos la conocen. Ernesto Zedillo llegó a la candidatura presidencial del PRI como resultante del crimen de Estado cometido contra Luis Donaldo Colosio. ¿Por qué Zedillo? Eso sólo lo sabe Carlos Salinas. Pues bien, Ernesto Zedillo chocó de manera frontal con Manuel Camacho, con Pedro Aspe… y al final, en julio de 1994 ganó la elección con una de las votaciones más copiosas. Pero la guerra con Carlos Salinas apenas empezaba. Al tiempo que el Estado se sacudía por el llamado “error de diciembre”, crecían las voces sobre un eventual intento de maximato. Con la ayuda del PAN, el presidente Zedillo encarceló a Raúl Salinas, y su hermano Carlos, luego de una ridícula y populista huelga de hambre, debió salir del país para no regresar en años. Pero aun fuera, su fantasma estaba presente. En la primera mitad de 1996, cuando el PRD disputaba la renovación de su dirigencia nacional, uno de los aspirantes, el respetado político, líder social y científico Heberto Castillo, denunció desde su espacio editorial en el semanario Proceso que su contrincante, Andrés Manuel López Obrador, había pactado con el presidente Zedillo un acuerdo político entonces inconfesable. En alusión al carácter entreguista con los gobiernos del PRI del viejo líder obrero Vicente Lombardo Toledano, Heberto Castillo motejó como “lombardista” a López Obrador quien, a su vez —y aunque no lo crean los fanáticos del “legítimo”—, llamaba desde la plaza pública a cerrar filas en torno al presidente Zedillo, todo ello ante las horribles amenazas externas de derrocarlo. En pocas palabras, el señor López Obrador decidió pactar con Zedillo, legitimar su gobierno —al que Cárdenas acusaba de ilegal—, y con ello recibir los favores del poder. ¿De dónde venían las horribles amenazas contra el gobierno de Zedillo y que pretendían derrocarlo? Adivinen de dónde y de quién. Pues sí, según AMLO, venían de Salinas. ¿Qué creen que pactó AMLO con Zedillo? Sí —otra vez, aunque no lo crean—, pactó la dirigencia del PRD, los primeros gobiernos para el amarillo —el DF, Tlaxcala y Zacatecas—, y por supuesto que la reforma electoral de ese 1996. Breve. Zedillo y López Obrador —entre otros, como Carlos Castillo y Felipe Calderón— negociaron en lo oscurito lo que luego se conoció como la transición político-electoral pactada, como la reforma electoral de 1996. Ya dijimos que el PRD ganó a cambio los primeros gobiernos, sobre todo el DF, pero en el fondo AMLO se ganó la candidatura para el GDF, a pesar de que no cumplía con los requisitos. Es decir, su primer gran triunfo electoral fue ilegal. Sí, aunque no lo crean los fanáticos, y a riesgo de toda clase de insultos. Un apretado resumen nos dice que Zedillo, Castillo Peraza, Felipe Calderón y López Obrador —entre otros— pactaron la caída del PRI en el año 2000. Y claro, las reformas electorales fueron diseñadas para la caída del PRI, pero no para garantizar el arribo de los amarillos o los azules. Nadie imaginó en ese tiempo que la sociedad en general se enamoraría y votaría a favor de un bulto político como Vicente Fox. En esos años, por cierto, aquí cuestionamos con severidad las torpezas de Vicente Fox —antes, durante y después de llegar a Los Pinos—, lo que nos valió el insulto irracional idéntico al que hoy nos mandan por cuestionar a ese otro bulto que es “el movimiento soy yo”. A esa oculta alianza entre Zedillo y AMLO —en la que por cierto, también participaron otros priístas— es a la que se refiere Carlos Salinas en su “década perdida”. Pero según Salinas, la verdadera década perdida es la que lleva el PRI fuera del poder. Y es que el regreso de “nada personal” a la vida pública y a la esgrima política no es una casualidad. Es parte de la trama que se teje en torno de los nuevos liderazgos del PRI para preparar lo que el tricolor llama el regreso al poder presidencial. De esa manera, mientras que la primitiva claque de “el movimiento soy yo” se exhibe en su grosero estalinismo al promover la expulsión de la diputada Zavaleta del partido amarillo, para con ello “quitarla del camino presidencial”, el PRI se fortalece y reagrupa como no lo había hecho en décadas, y uno de sus prohombres del nuevo siglo, el otrora “villano favorito”, viene por la venganza contra Ernesto Zedillo, pero sobre todo contra “el movimiento soy yo”. En julio de 2009 y en julio de 2012 veremos una linda pelea política entre dos símbolos: “el movimiento soy yo” y “nada personal”. Y eso, sin duda, sacará chispas. Al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx
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