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| Itinerario Político |
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Ricardo Alemán El Universal Lunes 28 de abril de 2008 |
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A los ojos de muchos, los partidos políticos que se aliaron al PRD para impulsar la candidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador y que luego se aglutinaron en eso que el “legítimo” bautizó como Frente Amplio Progresista, son algo así como apóstoles de esa santísima trinidad —PRD-PT-Convergencia— que nació para defender al México bueno, al de los pobres. Pero algunos no saben —y otros no se quieren acordar— el origen nada claro de los partidos del Trabajo y Convergencia, que no son otra cosa que groseros negocios familiares que se venden al mejor postor; que así como hoy aparecen como “respetables fuerzas políticas de izquierda” —claro, para el consumo popular—, ayer vivieron de las siglas del PRI y mañana hasta podrían estar con el gobierno de Calderón. ¿Qué son el PT y Convergencia? ¿Quién los recuerda a partir de su ideología? El primero, el PT, es una franquicia partidista que nació de una idea original de los hermanos Carlos y Raúl Salinas de Gortari —quienes en sus mocedades abrazaron los ideales de izquierda—, y que con dinero público y con todo el peso del Estado le dieron registro, dirigente y hasta militancia. Desde entonces —la segunda mitad de los años 80—, el amigo pobre del clan Salinas, Alberto Anaya, se convirtió en dueño del partido, administrador del dinero público, el que da y quita, pone y retira dirigentes y candidatos a puestos de elección popular. En el PT sólo existe una voz, la de su dueño. El del Partido del Trabajo —como el de casi todos los partidos— es el reino de la antidemocracia, el autoritarismo y la opacidad en el manejo de los dineros públicos. El PT de Alberto Anaya se ha aliado lo mismo con el PRI, con el PAN, que con el PRD. Y ese ha sido el secreto de larga vida. En 2006, ya sin el PRI en el poder, el PT se alió al que creyó sería el seguro ganador. Mañana, agotadas las posibilidades de AMLO, Alberto Anaya buscará otro tanque de oxígeno. Pero el caso más simpático —por decirlo en forma amable— es el Partido Convergencia. ¿Alguien sabe cuál es su ideología? Algunos dicen que se orienta por la doctrina socialdemócrata. Pero la realidad es otra. ¿Se acuerdan del jingle: “¡Naranja, naranja..! ¡Naranja, naranja!?”. Sí, aunque parezca broma de mal gusto, el color naranja es su ideología. En realidad es otra empresa familiar, creada por el reputado priísta del salinismo Dante Delgado —a quien Salinas hizo gobernador de Veracruz—, y a quien por presuntas corruptelas el presidente Zedillo llevó a prisión, de donde salió con la idea y el dinero suficientes para hacer un partido político. Según la ideología de Dante Delgado, el partido no sólo es el mejor negocio del mundo, al que todos nutrimos con nuestro dinero, sino que es el mejor escudo para mantener la impunidad. En prisión Dante Delgado entendió el verdadero valor de la política: ser dueño de un partido. Es decir, tener un río de dinero público que termina en su casa, y un escudo protector que lo hace intocable. Dante Delgado, igual que Alberto Anaya, nada tienen de izquierdistas, pero se presentan como los modernos próceres de los pobres. Y estarán en ese bando en tanto sus franquicias reciban el dinero público. En el momento que vean que el PRD y su “legítimo” les signifiquen restar votos o perder la franquicia, saltarán en busca de sangre fresca. Pero si el caso del senador Dante Delgado Rannauro es un símbolo de la corrupción política —existen testimonios de que vende las candidaturas a cargos de elección popular—, el de su par en la Cámara de Diputados es una verdadera perla. En San Lázaro el coordinador parlamentario es un maestro universitario de nombre Alejandro Chanona, de refinado gusto por el dinero público, que al tiempo que cobra su salario como diputado federal y jefe de la bandada “naranja”, también cobra su salario de profesor titular a tiempo completo en la UNAM ya que goza de un poco claro sabático de tres años. Pero eso es lo de menos. Resulta que desde su posición de privilegio en San Lázaro —y como cabeza de los diputados que asaltaron el Congreso—, Alejandro Chanona intentó, sin suerte, meter a uno de sus leales, Roberto Peña, a la terna para dirigir la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM —lo que hoy anunciará la Junta de Gobierno—, en tanto que dio forma a un cerco nada ético de beneficios entre el quehacer universitario y la actividad parlamentaria. El diputado Chanona no sólo mantiene el control de la Fundación por la Socialdemocracia de las Américas —que recibe beneficios económicos del Congreso—, sino que maneja a su antojo espacios universitarios como el Centro de Relaciones Internacionales y el Centro de Estudios Europeos, a través de sus hombres en la UNAM, Roberto Peña y Dámaso Morales. Eso no tendría nada de extraño, salvo que mediante el socorrido “dobleteo salarial”, Dámaso Morales no sólo trabaja en la UNAM como académico, sino también en San Lázaro. Despacha como coordinador de asesores del grupo parlamentario “naranja”. Tampoco aquí termina la trama. Resulta que un hijo de Roberto Peña también forma parte del grupo de asesores de Chanona en el Congreso. La historia es muy larga, pero el espacio no. En el camino ¿Se acuerdan cómo se les llama, en las películas de terror, a los muertos vivientes? Bueno, pues dicen los que saben que el señor Juan Camilo Mouriño, aún secretario de Gobernación, parece salido de esas películas. Políticamente hablando —claro, según el clásico—, Juan Camilo Mouriño es un muerto viviente. Y dicen que nadie le hace caso, ni en el PAN... Por cierto, el PAN arrancó el pasado sábado lo que será su campaña electoral para 2009. Y no, no se vayan con la finta de que los azules se abrieron a la sociedad. En realidad construyeron reglas para el ingreso de notables, y para mantener el control de los gobiernos azules. aleman2@prodigy.net.mx
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