Itinerario Político
Ricardo Alemán
El Universal

Lunes 14 de abril de 2008



Democracia maldita

No podemos creer a ciegas en AN, PRI o el “legítimo”

En democracia dicta quien tiene mayoría, no la fuerza

E l de la reforma petrolera es uno de los ejemplos más puntuales de la incultura democrática que ataca a una amplia mayoría de mexicanos, sean políticos, gobernantes, dirigentes de partidos o ciudadanos de a pie.

Y en efecto, el debate público por la reforma deja ver preocupantes signos de que esa incultura democrática es casi generalizada y que con frecuencia aplasta al que se atreve a disentir, a pensar distinto, a expresar otra opinión, a pedir congruencia, autocrítica, responsabilidad en la victoria política y en la derrota electoral y, de manera especial, al que pide a los políticos hablar con verdad y bajo reglas éticas.

En esa incultura democrática el otro, el que piensa distinto, el que defiende otro credo, otra idea, otro partido político, o el enamorado de otro líder, no merece el respeto elemental. Al que piensa distinto se le endilgan adjetivos como “traidor”, “vendido”, “corrupto”, “desleal” y otros que exhiben una profunda intolerancia; carencia absoluta de respeto a lo que piensa y cree el otro y que deja ver una cultura conservadora del pensamiento único, el credo único, la verdad única y absoluta, sometimiento al iluminado en turno, a un solo líder, partido o doctrina.

En esa incultura democrática no existen matices, no hay claroscuros y menos lugar para los grises; no caben dudas, opiniones distintas. Todo se reduce a buenos y malos, a buenos contra malos, a salvadores de la patria y traidores a la patria, al México de los buenos y los malos, ricos y pobres, puros y sucios, bien nacidos y/o malnacidos.

En esa incultura democrática no hay errores políticos, estrategias electorales equivocadas, fórmulas discursivas erróneas, fallas de cálculo político. Lo que existe son poderes perversos, complots, fraudes, infernales confabulaciones de los malos contra los buenos; sólo existen mentes que promueven todo lo malo para fastidiar a los pobres, y que se apropian de todo lo bueno para engordar sus fortunas. Y por eso, en esa incultura democrática, en ese caldo de polarización entre buenos y malos, germinan frondosos el odio, el resentimiento, la sed de venganza, el comportamiento político inmoral, nada ético y menos democrático.

En ese potaje se cocina la reforma petrolera y en esa nausea unos y otros defienden su iluminismo. Para muchos “democracia” es una palabra maldita.

Dicen el presidente Calderón, su partido y sus socios del PRI, que la penta-reforma petrolera no significa que Pemex se privatiza. ¿Les podemos creer? Sin la influencia del amor y la pasión política o partidista, el sentido común nos dice que no —porque en efecto, existen dudas sobre casos como el de Mouriño, por los antecedentes del gobierno de Fox—, y por tanto primero debemos conocer las reformas, escuchar la opinión de especialistas y, en su caso, protestar a través de los medios legítimos.

Si el gobierno de Calderón, su partido y sus socios del PRI nos engañan con esa reforma, los ciudadanos tenemos la sanción en la mano o si se quiere en el voto. ¿Qué no fue así, mediante el voto, como los ciudadanos sacamos al PRI de Los Pinos?. ¿No es así como llegó el PRD a distintos gobiernos?. ¿No fue así como el PRI recuperó otros gobiernos?

Los azules, los enamorados de Calderón defienden la pentarreforma a ciegas y sordas. Pueden estar en lo correcto, pero también es cierto que pueden estar equivocados. Hoy nadie sabe bien a bien quien tiene la verdad y quien miente. Pero tarde o temprano se sabrá la verdad.

Dice el “legítimo” —le decimos “legítimo” porque AMLO se autoproclamó así, como “legítimo”—, que el gobierno “espurio” de Calderón, el PAN y sus socios del PRI son un puñado de perversos que quieren privatizar Pemex para enriquecer a sus familias, y que la penta-reforma es una privatización simulada. ¿Podemos creerle al “legítimo”?. Es posible que tenga razón, que en efecto él sea el bueno y los otros los malos.

Pero también es posible que el “legítimo” esté mintiendo otra vez. El sentido común aconseja que no podemos creerle a ciegas y sordas, a pesar de que seguidores y fanáticos que lo consideran el salvador de la patria, montan ofrendas en su nombre y organizan comandos de resistencia para dar la vida, si es necesario, por la salvación del petróleo. No podemos creer en quien organiza un golpe de Estado contra el Congreso, “clausura” la casa del parlamento, censura la expresión de las ideas políticas y la libertad de expresión.

La sensatez dicta que igual que no podemos creer en las promesas de Calderón, del PAN y de sus socios del PRI, tampoco debemos creer en un mesías que ha demostrado no respetar nada y a nadie. Alejados de la pasión y el fanatismo, y a la luz de la cultura golpista y fascista de AMLO, de su talante nada democrático, de sus mentiras sobre el supuesto fraude, del engaño en la asignación de las obras de los segundos pisos —cuya auditoria se escondió por 10 años—, de su nada clara sociedad mafiosa con los Bejarano y Ponce, y ante el cochinero que promovió en la reciente elección del PRD —del que es responsable en buena medida— no podemos creer en un político como López Obrador. Sin embargo, los que creen en él tienen todo el derecho de sostener y defender su creencia, totalmente respetable.

¿Y entonces? ¿Qué vamos a hacer como ciudadanos si unos creen en un político y un proyecto, y otros en otro político y otro proyecto?

Bueno, para eso se inventó la democracia. El dilema que enfrentamos hoy los mexicanos en torno a las reformas petroleras, es el mismo dilema que dio origen a la democracia.

Sí, en democracia un dilema como el petrolero debe resolverse como lo dicta la mayoría, porque esas son las reglas que todos dimos. Y sí, al que no le guste, que consiga su mayoría y cambie las reglas.

Pero una minoría de amarillos ambiciosos de poder no respeta las reglas democráticas, quieren sus propias reglas y las quieren imponer por la fuerza. ¿Cómo, cómo se llama eso…? Golpe de Estado.

aleman2@prodigy.net.mx



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