Galaxia editorial
Juan Domingo Argüelles
El Universal

Domingo 13 de abril de 2008



Hace 10 años, el 19 de abril de 1998, en Coyoacán, en la ciudad de México, murió Octavio Paz, el más extraordinario poeta en la historia de la literatura mexicana y uno de los hombres de letras más completos. Fue ensayista lúcido no sólo en el ámbito de la literatura, sino también en el de la crítica estética (pintura, escultura, arte prehispánico y contemporáneo), política, sociología y, en general, la crítica cultural.

Nació el 31 de marzo de 1914, en la ciudad de México, concretamente en Mixcoac, de ahí que escribiera: “Mixcoac fue mi pueblo: tres sílabas nocturnas,/ un antifaz de sombra sobre un rostro solar./ Vino Nuestra Señora, la Tolvanera Madre./ Vino y se lo comió. Yo andaba por el mundo./ Mi casa fueron mis palabras, mi tumba el aire”.

En su calidad de gran poeta y ensayista, Octavio Paz mereció, en 1990, el Premio Nobel de Literatura. Pensador singular, y uno de los escritores más destacados del siglo XX en cualquier idioma, en su conferencia de Estocolmo, en diciembre de 1990, expresó: “La búsqueda de la modernidad nos llevó a descubrir nuestra antigüedad, el rostro oculto de la nación. Inesperada lección histórica que no sé si todos han aprendido: entre tradición y modernidad hay un puente. Aisladas, las tradiciones se petrifican y las modernidades se volatilizan; en conjunción, una anima a la otra y la otra le responde dándole peso y gravedad. [...] Mi búsqueda no fue quimérica [...]. Un día descubrí que no avanzaba sino que volvía al punto de partida: la búsqueda de la modernidad era un descenso a los orígenes. La modernidad me condujo a mi comienzo, a mi antigüedad. La ruptura se volvió reconciliación. Supe así que el poeta es un latido en el río de las generaciones”.

“Un latido en el río de las generaciones”. Eso fue Octavio Paz. Pero un latido enormemente vital para la poesía en lengua española y para el pensamiento, la reflexión y aun la polémica que buscó y suscitó dándonos más luz para entender nuestro tiempo y el tiempo pasado, y acaso para vislumbrar lo que hoy es nuestro presente y que él avizoró como nuestro futuro inmediato.

Sin la obra de Octavio Paz no puede entenderse cabalmente la poesía y el pensamiento del siglo pasado, ese siglo de transformaciones y veleidades ante el cual él estuvo siempre atento para advertirnos de los peligros de los absolutismos y las falsas utopías que relegan siempre la crítica y la autocrítica en aras de una ideología que se impone como toda verdad.

En 1989, en una carta, le escribió a su amigo catalán, el también poeta y ensayista Pere Gimferrer: “Toda mi vida ha sido una larga pelea con los demonios que han chupado la sangre y sorbido el tuétano de los hombres de nuestro siglo”. Se refería a los demonios de la ideología y a las tentaciones y ostentaciones del poder a las que sucumben muchos escritores.

En uno de sus últimos poemas, en su libro Árbol adentro, escribió el siguiente homenaje a Claudio Ptolomeo que es, de algún modo, su epitafio (Hermandad): “Soy hombre: duro poco/ y es enorme la noche./ Pero miro hacia arriba:/ las estrellas escriben./ Sin entender comprendo:/ también soy escritura/ y en este mismo instante/ alguien me deletrea”.

Para Octavio Paz —como lo afirmó y lo reafirmó en su Carta de creencia, el último gran poema extenso que escribió— “las palabras son puentes”. Por esos puentes de la palabra la obra de poeta sigue al alcance de nuestro sentidos y nos ofrece la fuerza de su inteligencia y de su emoción. Han pasado 10 años de la muerte de Octavio Paz, pero su presencia sigue viva, al igual que su palabra que cada día nos revive.



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