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| Artes Visuales |
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Mónica Mayer El Universal Viernes 11 de abril de 2008 |
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Hoy en día las exposiciones de mujeres artistas me dan desconfianza. He visto tantas de tan mala calidad, que más que ayudar a eliminar los prejuicios que perduran en torno al trabajo del mal llamado sexo débil, los refuerzan. La mayoría no aportan nada y están hechas al aventón. No saben cuántas veces me han llamado para decirme: “Estoy organizando una expo de mujeres artistas, mándame lo que tengas”. Mi queja generalmente va en el sentido de que el eje curatorial de estas exposiciones son los genitales de los expositores, lo cual es tan ilógico como suena. Ni siquiera abordan el género como tema, lo cual puede ser una línea curatorial interesante, aunque en ese caso no habría por qué excluir a los hombres. Así la cosa, llegué a la exposición Historia de mujeres. Artistas en México del siglo XX en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, cuya curaduría estuvo a cargo de Germaine Gómez Haro y Miguel Cervantes. Como acostumbro, primero recorrí la muestra para detectar su narrativa. Después regresé a disfrutar obras específicas. Mi primera lectura de la exposición me llevó a concluir que estaba frente a una visión de la historia del arte en México del siglo XX, que en sí misma habla de las narrativas que ha seguido esta historia. La primera mitad de la exposición muestra el arte posrevolucionario, el surrealismo, los abstraccionismos y el neomexicanismo. La fotografía estaba en una sala aparte, como ente independiente. Hasta ahí la exposición seguía el guión clásico de la historia del arte nacional que se centra en la pintura y la escultura. La segunda mitad de la exposición evidenciaba el pluralismo que empezó a gestarse en los años 70 y nos avasalló en los 90. A ésta producción le corresponde una nueva visión de la historia que empieza a tomar fuerza en años recientes y que por un lado refleja la gran diversidad de materiales y/o estrategias artísticas que hoy conforman el main stream y, por otro, plantea una revisión de la historia que incluye a los no-objetualismos. Acabé mi primer recorrido rápido porque había visto varias piezas espléndidas y quería disfrutarlas con calma. De entrada volví a Conejo con plantas (1933), un extraño cuadro de María de la O —a quien no conocía— y a Casa roja (1926), el mejor cuadro de Rosario Cabrera. Después me detuve ante tres maravillosos tapices de Lola Cueto de los años 20 y ante Niña de la Muñeca (1943) de Rosa Rolanda, que muestran el vínculo que existía en la primera mitad del siglo entre el arte culto y el popular. El recorrido fue lento. Había obras excelentes de artistas que me interesan, desde Celia Calderón hasta Mónica Castillo, aunque, como en cualquier selección de este tipo, sentí ausencias. El siglo XX marca el ingreso masivo de las mujeres al arte, por lo que el tema da para muchas exposiciones. Terminé mi recorrido satisfecha. Historia de Mujeres no es una buena exposición de mujeres artistas o de arte mexicano: es una buena exposición. Golosa como soy, en el mismo museo visité Revolución y Revelación en la Sala México, espacio dedicado a la producción nacional. Curada por Guillermo Sepúlveda, esta muestra aborda los movimientos artísticos de la primera mitad del siglo XX. ¡La única mujer incluida es María Izquierdo! Salí del Marco pensando que, aunque no me gusta, las exposiciones de mujeres artistas siguen siendo necesarias para visibilizar su trabajo. Así, quizá algún día ninguna curaduría olvide que hay excelentes mujeres artistas y que, como muestra Historia de Mujeres, la historia la hemos hecho entre todos. pintomiraya@yahoo.com
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