![]() | |||
| Agenda del debate |
|
José Carreño Carlón
El Universal Jueves 10 de abril de 2008 |
|
|
|
Súbita reacción de un presidente acotado y acosado; AMLO: dos derrotas en 2008 PRI: otra holgada victoria; su reproche del ‘no poder’ como nostalgia de la autocracia Con la presentación, anteayer, de su iniciativa para la reestructuración de Pemex y el mensaje con el que anteanoche la hizo inequívocamente suya, Felipe Calderón parece haber tomado la decisión de devolverle al Ejecutivo el lugar que le corresponde en el régimen presidencial trazado por la Constitución. Porque los tumbos dados en lo que va de este año apuntaban, hasta la noche del martes, a que el Presidente continuaría en la ruta seguida durante la segunda mitad del año pasado para la gestión de las reformas electorales, la decapitación del IFE y la conversión de este órgano regulador de partidos y procesos electorales en regulador, además, de los contenidos políticos de los medios. Todo ello, de la mano de una pálida adecuación fiscal. Fue aquel un tránsito en el que Calderón parecía haber aceptado en los hechos el proyecto de desdibujar el sistema presidencial agregándole rasgos supuestamente provenientes del sistema parlamentario, pero más claramente orientados a transitar de la autocracia presidencialista a la partidocracia. La Presidencia se percibió en aquellos meses oculta en una embozada gestión parlamentaria que remató en una serie de forzados acuerdos de su partido con el PRI, el que a su vez sumaba al paquete al PRD, con altos beneficios para estos últimos y altísimos costos para la Presidencia y el PAN. Ya en este 2008 parecía próxima a ceder la última línea de resistencia del Ejecutivo a formalizar en la ley el desvanecimiento de la institución presidencial, erigiendo un sistema de gobierno de gabinete, con un jefe de Gobierno aprobado por Poder Legislativo, como se lo reclamaba el PRI. Y éste, adicionalmente, había creado la percepción de que el Presidente se dejaría arrebatar también el manejo de la política social por los partidos que controlan el Congreso, con una fórmula parecida a aquella con la que decidieron controlar al IFE. Así, nuevos cambios en el sistema político mexicano parecían forjarse en un escenario de corto plazo, ante los nuevos límites que aparentemente aceptaba, sin chistar, el liderazgo presidencial. De esta manera fueron interpretados los titubeos para la presentación de la reforma de Pemex. Y fueron estos titubeos los que hicieron pensar que el Ejecutivo había visto estrecharse sus espacios incluso para abanderar —por sí mismo— proyectos de cambio de alguna trascendencia, como los relacionados con la industria petrolera, lo mismo frente a barreras ideológicas, que frente a competidores políticos y grupos de interés atrincherados en el Congreso, que a sus brazos de acción directa movilizados en las calles. Otro púlpito, otro predicador Como lo hemos recordado anteriormente en este espacio, ante los obstáculos que el Congreso —y el lobby de los grupos monopólicos de interés— levantaban hace un siglo contra su gobierno, Theodore Roosvelt bautizó como bully pulpit (algo así como un púlpito soberbio) a la Presidencia de Estados Unidos, asumiéndola como una plataforma formidable de prédica a través de los medios a fin de obtener el apoyo público para su propia agenda. El modelo de aquel Roosvelt ha sido seguido en su país y en muchas partes del mundo hasta nuestros días, con desiguales resultados, como lo constata el colapso reciente de los púlpitos de los presidentes George W. Bush en el norte y Vicente Fox entre nosotros. Haya sido a la vista del fracaso de su antecesor en sus campañas supuestamente dirigidas a abrirle paso a su programa de gobierno —en el caso de que hubiera tenido alguno con cierta congruencia— o por una decisión adoptada por el actual Ejecutivo contra la pared, que lo condujo poner la suerte de su agenda en un mercadeo desventajoso con el Congreso, o por un cálculo discutible que lo hubiera llevado a pensar que al bajarle a su exposición pública directa desalentaría la polarización impulsada por Andrés Manuel López Obrador, el caso es que Felipe Calderón fue percibido por interminables semanas como un presidente que desertaba del púlpito presidencial y decidía silenciar la prédica a favor de su agenda de gobierno. En esa perspectiva fue que se analizó, incluso, su decisión de aceptar el retiro, bajo la presión priísta, de un mensaje televisado que había mostrado eficacia en los estudios de opinión, con altos porcentajes de atención y retención de sus contenidos. El problema inicial para el Presidente en funciones fue que todo el tiempo que se mantuvo bajado de su púlpito —antes de decidirse a mandar al Congreso su propuesta petrolera— le dejó el campo libre a la prédica del autollamado presidente legítimo, desde otro púlpito, o desde otro bully pulpit, esta vez en la acepción más conocida de la voz inglesa bully: abusivo, atrabiliario, intimidante… o buscapleitos, como ha sido llamado AMLO en su propio partido. Mientras que, por otra parte, el problema sucesivo para el legítimo fue la inesperada reacción del martes de un Presidente constitucional acotado por las nuevas normas y realidades, y acosado por los amagos de AMLO. Porque esa reacción no sólo consistió en regresar al púlpito presidencial con una propuesta propia, sino con una propuesta ciertamente moderada y con un mensaje altamente conciliador, en forma y en contenido, frente a los cuales el discurso confrontador de AMLO parecería condenado al vacío social, independientemente del éxito que seguramente mantendrá con sus seguidores más cercanos. Contra violencia, debate Adicionalmente, una nueva derrota para López Obrador parece perfilarse en el hecho de que legisladores importantes de su propio partido —junto a los intelectuales que lo respaldan— estén optando por el debate de la iniciativa presidencial, tanto en el plano parlamentario como en el mediático, por encima de las acciones extraparlamentarias organizadas por AMLO para violentar el funcionamiento institucional y los movimientos de los particulares. Con esta derrota y con la que obtuvo al tratar de imponer en su partido a un dirigente a su servicio, al costo de acabar con la organización, ya serían dos las derrotas consecutivas en los primeros meses de este año. Y a ellas hay que agregar el desplome en la aceptación social y el aumento de sus índices de rechazo acumulados a lo largo del año pasado. El otro ganador en este episodio, el PRI, puede ahora acompañar a la iniciativa presidencial, como lo está haciendo, con la explicación de que en ella se recogieron todas las condiciones y las fórmulas aportadas por el otrora partido dominante. Además el Presidente terminó por aceptar la exigencia del líder del PRI en el Senado de presentar ya, por sí mismo, la iniciativa acordada, con la celebrada frase de que “hay gobiernos a los que desgasta el poder y hay otros a los que desgasta el no poder”. Un reproche, por lo demás, cargado de nostalgia por la cultura de la autocracia presidencialista en espera de su nueva oportunidad. jose.carreno@uia.mx
|
|
© Queda expresamente prohibida la republicación o redistribución, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL |