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Jacobo Zabludovsky
El Universal Lunes 07 de abril de 2008 |
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Se cumplen 10 años de la muerte de Octavio Paz. Poco tiempo para ubicar en forma definitiva su extensa y profunda obra. Suficiente para confirmarlo como una de las presencias más enriquecedoras de la cultura mexicana. Por diversas razones, entre ellas una descalificación grotesca por parte de algunos diputados, se mantiene Paz en la actualidad periodística. La década de su ausencia es razón de este recuerdo a vuelapluma. Fue en 1962, en Nueva Delhi, cuando Octavio Paz abrió la puerta y no había motivo para la sorpresa. A él iba a buscar, pero la emoción se hizo silencio antes de contestar su saludo y la invitación a entrar. Era el autor de El laberinto de la soledad, libro de cabecera de los universitarios de la época, tema de conversaciones y polémicas. Otras obras suyas, prolífico maestro de todos los géneros: poemas, exámenes de la realidad nacional e internacional, ensayos sobre lo mexicano, definiciones personales ante los grandes y complejos problemas sociales del siglo XX. Era la figura más sólida de la inteligencia mexicana. José Pagés Llergo lo había descrito con sencillez mitológica: “El que ocupa el trono de Zeus”. Octavio Paz llegó como embajador de México a la India en vísperas de una visita del presidente Adolfo López Mateos. Por alguna razón, la residencia diplomática no estaba disponible y se había instalado en el hotel Ashoka. El embajador recibió al periodista y comenzaba lo que durante las décadas siguientes habría de ser una relación respetuosa. Tiempo después, Octavio aceptó participar en mi programa 24 horas. Él así lo evoca: “Colaboré en el noticiero de Zabludovsky hace más de 15 años, con un comentario semanal sobre asuntos de actualidad. En aquellos años, aunque parezca increíble, se había vuelto difícil para mí publicar en la prensa diaria. Colaboré en ese programa como antes y después lo he hecho en diarios y revistas. Gocé de plena libertad y no reniego de una sola palabra de lo que dije. Varios de esos comentarios han sido recogidos en mis ensayos”. Cuando los más de los medios le cerraron la puerta, abrimos esa a un hombre cuya efigie fue quemada junto al Ángel y frente a la embajada de EU en un acto vergonzoso que define a sus autores, fanáticos intolerantes que no le perdonaban su repudio a los genocidios fríos del comunismo, crímenes de Stalin, represión del pensamiento disidente y exterminio de los fundadores de la supuesta dictadura del proletariado que lo fue de un solo déspota. Otros decepcionados antes que él, André Gide, Arthur Koestler y Howard Fast, habían denunciado las purgas, los “reacomodos” de millones de campesinos muertos literalmente de hambre, el fracaso de un sistema tan frustrante al final, como esperanzador en sus orígenes. Pablo Neruda no admitió duda ni cambio de sus convicciones cuando le pregunté si la revelación reciente (1971) de los crímenes de Estado en la Unión Soviética debilitaba su convicción comunista. “Nunca, me dijo, la URSS es la primera patria de obreros y campesinos en la historia de la humanidad”. Hace poco, una comisión de la Cámara de Diputados votó que Octavio Paz no reunía las cualidades para que su nombre fuera puesto en letras de oro en el muro del recinto legislativo. La indignación ha sido tan grande como garrafal el disparate. “Odiamos siempre al que nos arrebata las ilusiones, escribió Paz. Pero no fui yo, sino la historia, la que desvaneció esas ilusiones. El sistema comunista fracasó no por una derrota militar, como el nazismo, sino por sus contradicciones internas. No era viable y, además había sido criminal. La izquierda mexicana debería haber hecho un análisis —un verdadero examen de conciencia— acerca de las causas del derrumbe del sistema. No lo ha hecho y por esto necesita chivos expiatorios”. En posterior ocasión, al recibir el Premio Nobel, advirtió de los riesgos del otro extremo de la posibilidad política y económica, el neoliberalismo. Su cuerpo fue expuesto en Bellas Artes y se le rindió un homenaje cuya austeridad Octavio había presagiado: “En México había sido visto con sospecha y recelo; desde entonces la desconfianza empezó a transformarse en enemistad más y más abierta e intensa. Pero en aquellos días (década de los 1950) yo no me imaginaba que los vituperios iban a acompañarme años y años, hasta ahora”. Hasta el día de su muerte y hasta 10 años después, agregó. Paz merece una rectificación por parte de los diputados. De otra manera, ambos, Paz y el grupo inquisidor pasarán a la historia por opuestas razones. Es una buena oportunidad de enmendar un entuerto absurdo cuya pertinacia contribuye a confirmar el tamaño del error. Compartí su tristeza insondable sobre las cenizas de la biblioteca, Guadalquivir y Paseo de la Reforma, cuando entre ruinas y tinieblas recobrábamos algún libro, página, fragmentos de óleos y dibujos, basura de manuscritos, hasta que una lágrima causada seguramente por el humo de lo irremediable y no por otra causa, le impidió seguir su trabajo de gambusino. Si la India fue tiempo dichoso, el incendio de su casa, dolor abismal. Mi recuerdo preferido es el de aquella tarde en el campo de batalla del 68 parisino, rue de l’Université, cuando nos abrazamos y reímos por el encuentro casual y Marie Jose, mi esposa, él y yo caminamos hacia el Sena en uno de esos instantes que, aunque no lo sean, persisten para siempre como la última vez.
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