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| Artes Visuales |
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Mónica Mayer El Universal Viernes 04 de abril de 2008 |
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Lo escribió Erik Castillo (México, 1974) y lo editó Libros de la Meseta, que pertenece a Casa Vecina, el espacio cultural de la Fundación del Centro Histórico que abrió hace un par de años y dirige Antonio Calero. Es un libro chiquitito, de apenas 63 páginas, aunque su contenido es de altos vuelos: a la crítica de arte la pone como trapeador y al final usa esa misma jerga para limpiar el parabrisas a través del cual la hemos entendido, mostrándonos que el paisaje que ahora tenemos ante nosotros es más amplio de lo que jamás había existido. El título —15 minutos de flama— es espléndido. Juega con la famosa frase de Andy Warhol que afirmaba que todos tenemos derecho a 15 minutos de fama, pero acaba siendo un diagnóstico del compromiso con el que se ejerce lo que alguna vez fue la crítica de arte y hoy son diversas formas de escribir sobre el fenómeno artístico. Esta fina publicación, y lo digo tanto por su diseño como por su contenido, no es fácil de leer. Más aún, si usted no sabe de arte ni conoce los intersticios del sistema artístico mexicano para entender las alusiones directas y las soterradas que plantea, mejor ni lo lea. Si no le gusta la mezcla de erudición con confesión personal o un estilo desbordado que remata la reflexión filosófica con frases dicharacheras, tampoco. Pero si quiere leer un ensayo que carcome los distintos tipos de crítica de arte que existen con un colmillo muy irónico, no se lo debe perder. El libro 15 minutos de flama parte del argumento que la crítica de arte calificadora, clasificadora y legitimadora ya no existe. Como quien dice, esa flama se apagó, aunque en su lugar surgieron muchos infiernitos. El primer golpe se lo atestó la visión sistémica que nos dio la historia social del arte orillando a muchos críticos a mirar más allá del objeto. El segundo, la versión actual de lo que consideramos arte: cuando todo puede ser arte, todo puede ser crítica. Me llamaron la atención muchas ideas de este libro, pero algunas me sedujeron. Por ejemplo, Castillo plantea un “modelo de concentración obsesiva” que sería una crítica de arte mimetizada con el objeto de estudio que “hable en el lenguaje de su tema”. Para el autor, este acercamiento sólo surge de la obsesión por el objeto de estudio y cuando quien escribe “juega a lo mismo que el artista”. Pero, como es exigente, a esa flama inicial le exige otra mayor: yuxtaponer estas reflexiones sobre “problemáticas de mayor urgencia política”. A este librito le interesa plantear y detonar preguntas más que dar respuestas, pero encontré un par de ellas que me gustaron. Una es que “la salida más decorosa en una era sin paradigmas estéticos, en un país con políticas culturales pobres y con déficit económico, parece ser la defensa proactiva de la existencia de las prácticas estéticas que nos importan, haciendo ver a los competidores, letigimados o no, en forma energética y no intransigente, que sus propuestas siendo válidas no son las únicas”. Otra, la que afirma que “revisar las estrategias de elaboración y las cualidades de apariencia concreta de las obras no agota la escritura”, invitando a quienes escriben de arte a darle vuelo a la hilacha elaborando “caracterizaciones expositivas, ensayos visuales, narraciones, transcripciones de debates y entrevistas, confesiones, rarezas textuales con licencia imaginativa, cartografías: no importa si los discursos parezcan arte o cualquier otra cosa”. Ante estas ideas, me pregunto si será mera coincidencia que Castillo también haya estudiado artes visuales. Aunque desde un principio se supo crítico, creo que el virus del arte lo contagió. pintomiraya@yahoo.com
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